En la escuela del siglo XXI suspender se ha vuelto sospechoso
Hubo un tiempo en el que suspender era una posibilidad normal dentro del proceso educativo. No era agradable, por supuesto. Nadie celebra un suspenso. Pero tampoco se vivía como una anomalía institucional. Era, simplemente, el resultado de una evaluación. Una evaluación que decía que en ese momento concreto, ese alumno no había alcanzado los objetivos previstos.
Hoy la sensación en muchos centros es distinta. No porque el aprendizaje haya cambiado de naturaleza ni porque los estudiantes funcionen de forma radicalmente diferente, sino porque el suspenso ha pasado de ser una consecuencia académica a convertirse, en demasiadas ocasiones, en una situación incómoda que conviene evitar si es posible.
Suspender ya no es únicamente evaluar. Suspender implica explicar. Justificar. Documentar. Anticipar posibles reclamaciones. Revisar informes. Prepararse para reuniones. A veces, incluso, defender la decisión como si fuese una medida excepcional.
No es raro escuchar comentarios que hace años apenas aparecían. Comentarios como «¿Seguro que no hay otra manera de aprobarle?», «Quizá podríamos darle una última oportunidad», «Suspender ahora mismo nos va a traer problemas». Y así, casi sin ruido, el suspenso empieza a dejar de ser una herramienta pedagógica para convertirse en una fuente potencial de conflictos.
La evaluación, en teoría, debería ser una de las partes más claras del proceso educativo. El docente observa el trabajo del alumnado, aplica criterios previamente establecidos y determina si esos criterios se han alcanzado o no. Sin embargo, en la práctica cotidiana, la evaluación cada vez está menos condicionada por la pregunta fundamental -qué ha aprendido realmente el estudiante- y más por todo lo que ocurre después de poner una calificación negativa.
Porque un suspenso activa inmediatamente una cadena de comprobaciones. ¿Está todo perfectamente registrado? ¿Se han ofrecido suficientes oportunidades de recuperación? ¿Se han aplicado todas las medidas posibles? ¿Hay riesgo de que la familia presente una reclamación? ¿Está el equipo docente preparado para sostener esa decisión?
Que existan mecanismos de revisión es lógico en cualquier sistema educativo serio. Nadie discute la necesidad de garantizar transparencia y equidad. El problema aparece cuando la presión para evitar el suspenso empieza a pesar más que el propio proceso de evaluación. Entonces la lógica se invierte. En lugar de preguntarse si el alumno ha alcanzado los objetivos previstos, el debate se desplaza hacia otra cuestión mucho más práctica… si suspender merece realmente la pena.
En paralelo, se ha ido consolidando una idea que se repite con frecuencia en determinados discursos educativos. Una idea que relaciona un suspenso con un fallo del sistema. Según esta lógica, si un alumno no alcanza los objetivos, algo se ha hecho mal en el proceso educativo.
La enseñanza, evidentemente, debe revisarse constantemente. Ningún sistema es perfecto y siempre hay margen de mejora. Pero convertir cualquier resultado negativo en un fracaso estructural tiene una consecuencia curiosa… diluye la responsabilidad individual.
Aprender exige algo más que estar presente en el aula. Requiere atención, trabajo, constancia y, en ocasiones, frustración. No siempre funciona a la primera. No siempre resulta fácil. Pero forma parte del proceso de aprendizaje.
Cuando cualquier dificultad académica se interpreta automáticamente como un fallo del sistema, se transmite un mensaje implícito bastante problemático. Se insinúa que el aprendizaje depende exclusivamente de lo que hace la escuela y no del compromiso personal del estudiante.
En este contexto empieza a aparecer otro fenómeno que muchos docentes mencionan en conversaciones informales pero que rara vez se analiza públicamente. Estoy hablando de la inflación silenciosa de aprobados. No necesariamente porque el alumnado sea mejor que antes. Tampoco porque los contenidos se hayan transformado radicalmente. Sino porque el margen real para suspender se ha ido estrechando.
Se multiplican las recuperaciones. Se amplían los plazos. Se reformulan actividades. Se abren nuevas oportunidades.
Ofrecer segundas oportunidades es razonable y pedagógicamente defendible. El problema surge cuando las oportunidades dejan de tener un límite claro y el suspenso se convierte en algo que el sistema intenta evitar por todos los medios. Cuando todo es recuperable indefinidamente, el suspenso pierde significado.
El alumnado, por supuesto, percibe rápidamente cómo funciona el sistema. Si el mensaje implícito es que suspender es cada vez menos probable, la presión por esforzarse también se modifica. No necesariamente por falta de interés, sino porque los incentivos cambian.
El esfuerzo suele estar vinculado a la percepción de consecuencias. Cuando esas consecuencias se diluyen, la motivación externa también se debilita.
Curiosamente, quienes más perjudicados pueden salir de esta dinámica, son los alumnos que sí mantienen un esfuerzo constante. Porque cuando los resultados finales tienden a igualarse independientemente del proceso, el valor visible del trabajo se reduce.
En medio de todo esto se encuentra el docente. Evaluar con rigor puede implicar enfrentarse a reclamaciones, reuniones incómodas o procesos de revisión largos. Evaluar con mayor flexibilidad suele reducir el conflicto inmediato. La tentación de elegir el camino más fácil y tranquilo existe. Y es comprensible. Nadie disfruta convirtiendo cada evaluación en un pequeño campo de batalla administrativo.
Pero esa dinámica tiene un coste silencioso. La evaluación pierde credibilidad. Cuando aprobar empieza a ser la opción más sencilla desde el punto de vista organizativo, el sistema deja de transmitir un mensaje claro sobre el aprendizaje.
Conviene recordar algo que a veces parece olvidarse en medio del debate. Suspender una asignatura no define a una persona. No determina su futuro. No es una etiqueta permanente. Es, simplemente, la constatación de que en ese momento concreto no se han alcanzado determinados objetivos.
Convertir el suspenso en un tabú no ayuda a nadie. Ni al alumnado, que necesita aprender a gestionar el error y el esfuerzo. Ni a los docents, que necesitan poder evaluar con honestidad sin sentir que cada decisión académica abre un problema institucional.
Una escuela donde suspender se vuelve sospechoso corre el riesgo de transmitir una idea peligrosa. La idea de que el aprendizaje importa menos que la apariencia de éxito. Y cuando la apariencia empieza a pesar más que la realidad, el sistema educativo pierde algo esencial… credibilidad.
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Un estudio concluye que bajar la ratio no mejora el aprendizaje, pero sí aumenta el bienestar de los profesores y reduce las clases particulares | Educación | EL PAÍS
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Sin ser ningún experto, pero si reduce las clases particulares no será porque el alumnado aprende más en clase?