El día en que las trolas educativas dejaron de tener gracia
Hoy es el día de los Santos Inocentes. Ese día en el que, tradicionalmente, se cuelan noticias falsas, bromas más o menos ingeniosas y alguna que otra trola con vocación de chascarrillo. O lo era. Porque uno tiene la sensación de que, en educación, ya no hay diferencia entre el día de los Inocentes y cualquier domingo cualquiera.
Las redes sociales llevan tiempo funcionando como una fábrica inagotable de falsedades educativas. Titulares que no se sostienen, datos sacados de contexto, afirmaciones rotundas sin una sola evidencia detrás y relatos construidos para confirmar lo que cada cual ya pensaba antes de abrir su aplicación favorita. Todo vale. Todo circula. Todo se comparte.
Y lo peor es que ya no sorprende.
En este contexto, hacer una broma el 28 de diciembre carece casi de sentido. ¿Cómo distinguir una inocentada de una noticia «seria» cuando llevamos meses leyendo barbaridades que se presentan con total solemnidad? ¿Cómo reírse de un bulo cuando hay quien se lo toma como verdad revelada y lo incorpora a su discurso sin pestañear?
La educación se ha convertido en un terreno especialmente fértil para este tipo de trolas. Quizá porque todo el mundo ha pasado por la escuela y cree saber cómo funciona. Quizá porque es un tema emocional. O quizá porque hay demasiada gente más interesada en ganar un relato que en entender una realidad.
Y ahora, además, está la inteligencia artificial.
La IA ha terminado de dinamitar cualquier frontera clara entre lo verdadero, lo falso y lo verosímil. Genera textos convincentes, gráficos plausibles, argumentos bien redactados y citas que suenan académicas aunque no lo sean. Ya no hace falta inventarse una mentira torpe… basta con construir algo que encaje con la ideología del destinatario. El resto lo hace el sesgo de confirmación.
En este escenario, el humor educativo se ha vuelto un terreno pantanoso. Hay cosas de las que ya no se puede bromear. No porque no deberían tener humor, sino porque hay personas tan bunkerizadas en sus ideas educativas que cualquier ironía la interpretan como ataque, cualquier matiz como traición y cualquier duda como una amenaza.
La broma deja de ser broma cuando alguien la usa como munición. La ironía muere cuando se convierte en prueba.
Y eso pasa cada vez más.
Hay quien ya no lee para entender, sino para reafirmarse. Quien no distingue una exageración de una afirmación literal. Quien no soporta que algo no encaje exactamente en su marco mental. En ese contexto, hacer humor es casi un deporte de riesgo.
Quizá por eso el día de los Santos Inocentes ha perdido su gracia. Porque vivimos instalados en una inocentada permanente. Una en la que se difunden trolas sin intención de reír, sino con voluntad de convencer. Una en la que se bromea poco y se manipula mucho.
No se trata de prohibir el humor ni de ponerse solemne. Se trata de reconocer que la conversación educativa está demasiado contaminada como para seguir fingiendo que todo es una broma inocente. Que hay palabras que pesan. Que hay personas que se toman en serio lo que leen. Y que hay debates que merecen algo más que ruido.
Tal vez el verdadero gesto subversivo hoy no sea colar una inocentada, sino parar, contrastar y pensar. Algo tan poco viral como necesario. Algo que no tiene fecha en el calendario, pero que cada día parece más urgente.
Porque cuando ya no sabes distinguir una broma de una mentira interesada, el problema no es el día de los Inocentes. El problema es todo lo demás.
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