Cumplir 51 no te hace más sabio, pero sí más consciente de todas las veces que la has pifiado
Hoy cumplo 51 años. Y no, no he alcanzado ninguna iluminación pedagógica, ni tengo una teoría definitiva sobre cómo enseñar mejor, ni he descubierto la herramienta que lo arregla todo. Lo único que tengo es una colección bastante respetable de errores. Algunos pequeños. Otros memorables. Y unos cuantos cometidos con entusiasmo, que siempre son los que más duelen cuando los recuerdas.
También me he equivocado en X (quizás por ser la red social que más he usado). Más de lo que me gustaría admitir. He escrito cosas demasiado rotundas, me he subido a debates con la convicción del que cree tener razón y, con el tiempo, he tenido que bajarme de ellos con cierta sensación de ridículo. Las redes tienen ese efecto perverso. Muchas veces te empujan a opinar rápido, a simplificar lo complejo y a sonar seguro incluso cuando no lo estás tanto.
Luego vuelves al aula. Y el aula pone todo en su sitio.
Porque si algo te enseña dar clase es que la realidad no cabe en un hilo, ni en una ponencia inspiradora, ni en una metodología con nombre atractivo. He abrazado pedagogías. Claro que sí. Algunas con auténtica fe. He asistido a formaciones convencido de que aquello iba a cambiarlo todo. Que ahora sí. Que por fin.
Después entrabas en clase un lunes cualquiera y descubrías que no. Que había cosas valiosas, sí, pero también mucha adaptación, mucho ensayo y error, y bastante más sentido común del que venía en los materiales del curso, o en la ponencia en la que todo sonaba muy bien.
Con la tecnología me ha pasado tres cuartos de lo mismo. He defendido herramientas que parecían imprescindibles y que hoy apenas recuerdo. He pensado que digitalizar iba a transformar el aprendizaje casi por inercia. Y lo único que transformaba, en algunos casos, era el número de incidencias técnicas y contraseñas olvidadas.
La tecnología no cambia nada si detrás no hay tiempo, criterio y alguien que sepa para qué la usa. Y tiempo, precisamente, es lo que nunca sobra en educación.
A los 51 lo que uno entiende es que aprender no es ese proceso limpio y bonito que a veces describimos. Aprender es incómodo. Es lento. Exige revisar lo que dabas por bueno. Y eso cuesta mucho cuando no tienes horas infinitas para parar y repensarlo todo. Es más fácil seguir como estás. Muchísimo más.
Pero entonces ya no aprendes. Solo repites.
Lo verdaderamente difícil no es formarse, ni leer, ni asistir a cursos. Lo difícil es aceptar que estabas equivocado. Que aquello que defendías con tanta seguridad necesitaba matices. O directamente no funcionaba. Y eso pasa constantemente, aunque no nos guste reconocerlo.
Y no hablo solo de lo profesional. La vida fuera del aula también viene con su propio currículo oculto, lleno de decisiones mejorables, prioridades mal ajustadas y certezas que se caen con los años.
Supongo que la diferencia entre los 23 -que es cuando entré por primera vez en un aula- y los 51… no es que ahora sepa más. Es que ahora soy más consciente de lo mucho que no sabía cuando creía que sí. Además he tenido la gran suerte de poder verlo desde dentro y desde donde se toman ciertas decisiones. Y todo es mucho más complejo de lo que, a simple vista, uno piensa.
Desconfío bastante de quien nunca duda, de quien nunca rectifica y de quien siempre tiene una respuesta clara para problemas complejos. No porque piense que haya mala fe, sino porque la experiencia, la de verdad, la que se construye día a día en contextos reales, suele dejar más preguntas que eslóganes.
Después de tantos años, lo único que tengo claro es que esto va de seguir ajustando. De seguir aprendiendo incluso cuando ya no apetece tanto. De asumir que los errores no desaparecen con la edad. Se acumulan, pero también enseñan.
Cumplir años no te vuelve infalible. Te vuelve más humano. Y, si hay suerte, un poco más dispuesto a reconocer que aprender nunca fue fácil.
Ni lo será.
Dedico el artículo de hoy a toda la gente que me ha rodeado estos años, tanto a nivel personal como profesional. A aquellas personas que siguen conmigo. A aquellas que se han ido. Y a aquellas que han aparecido y que siguen apareciendo. Y, cómo no, a aquella familia que tengo, pequeña, pero a la que quiero con locura.
Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.
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Como me siento.
Lo que soy:
Tengo 56 años y llevo 28 años enseñando física y química. No soy alguien que «da clases». Soy profesor, con todo lo que eso significa. La enseñanza no es lo que hago, es una parte importante de lo que soy. Y eso, que durante muchos años ha sido mi motor, últimamente también es mi mayor fuente de dolor.
Como me siento ahora
Estoy cansado. No del trabajo en si, sino del esfuerzo constante de mantener un estándar en un entorno que ha normalizado abandonarlo.
Hay días en que siento que nado a contracorriente sin parar: contra alumnos que no quieren, contra padres que solo exigen que sus hijos aprueben sin importarles si aprenden, contra compañeros que han optado por el camino fácil de no ensenar nada y vivir sin estrés, contra una administración que no apoya a los profesores que sí se implican.
Sé que estoy mejorando. Trabajo mi frustración y noto los cambios. Antes explotaba sin avisar. Ahora veo llegar la tormenta, intento frenarla, y a veces lo consigo. Cuando no lo consigo, me duele mas que antes, precisamente porque soy consciente del esfuerzo que estoy haciendo.
Últimamente tengo un pensamiento que me incomoda: quiero jubilarme. Quiero liberarme. Y eso me parece injusto, porque yo no quiero dejar de ensenar. Lo que quiero es dejar de pelear contra todo lo demás.
Lo que me desgasta del sistema:
Me desgasta la sensación de injusticia. Ver que quien se esfuerza menos, quien exige menos, quien permite que sus alumnos bajen puntos en selectividad sin que le quite el sueno, recibe exactamente el mismo trato que quien se parte el lomo cada día.
Me desgasta una administración educativa que habla de calidad pero que en la practica no protege a los profesores que la defienden. Que propone soluciones cosméticas, como meter a un segundo profesor en el aula, cuando el problema es estructural.
Me desgasta la falta de compañerismo real. No el de la sala de profesores, sino el de las trincheras: el de quien comparte tu forma de entender esta profesión, quien también cree que los alumnos se merecen que les exijamos porque eso es respetarlos. Ese compañerismo escasea.
Me desgasta que como colectivo no nos valoremos a nosotros mismos. Que hayamos interiorizado, en parte, la mirada de una sociedad que nos considera poco mas que funcionarios con muchas vacaciones. Somos profesionales de la educación, con formación, con vocación, con años de experiencia, y actuamos a veces como si no lo fuéramos.
Y me desgasta la soledad de mantener el tipo. Porque es mas fácil abandonar. Y yo no quiero abandonar. Pero sostener esa decisión cada día tiene un coste real que muy poca gente comprende.
Lo que me sostiene y me da sentido:
Me sostiene la física y la química. El momento en que un concepto difícil encaja en la cabeza de un alumno. La practica de laboratorio cuando sale bien. El alumno que te pregunta algo que va mas allá del temario porque le ha picado la curiosidad. Esos momentos siguen existiendo, y cuando ocurren, recuerdo exactamente por que elegí esto.
Me sostiene saber que hago las cosas bien. No perfectas, pero bien. Y que cada día intento hacerlas un poco mejor. Esa autoexigencia que a veces me pesa también es parte de lo que me define y me da dignidad.
Me sostiene el trabajo que estoy haciendo conmigo mismo. Haberme dado cuenta de que necesitaba cambiar y haberlo buscado, estar aprendiendo a gestionar lo que siento en lugar de dejarlo explotar. Es un proceso lento y a veces frustrante, pero es real y es mío.
Me sostiene tener personas cercanas con quienes puedo ser honesto sobre todo esto. Poder decir «hoy no puedo mas» sin que eso signifique rendirse.
Lo que quiero para mi futuro:
Quiero llegar al final de mi carrera habiendo sido fiel a lo que soy. Sin haber optado por el camino fácil. Sin haber traicionado a los alumnos que se merecen un profesor que de verdad les ensene.
Quiero seguir mejorando en la gestión de mis emociones, no para convertirme en alguien frio o indiferente, sino para que mi energía no se consuma en la rabia y pueda canalizarse hacia lo que de verdad importa.
Quiero que cuando me jubile, sea una decisión libre y serena, no una huida. Que pueda mirar atrás y ver 30 años de trabajo honesto, exigente y vocacional. Que la jubilación sea un descanso merecido, no un rescate.
Y quiero, ojala, que algo de lo que he hecho durante todos estos años haya dejado huella en alguien. Que algún alumno, años después, recuerde que hubo un profesor de física y química que le exigía porque creía en él.
Eso es suficiente.
«Es mas fácil abandonar y pasar el día sin enseñar nada, sin estrés. Yo no quiero eso. Y esa decisión, aunque nadie la vea, también es una forma de dignidad.»
¡Felicidades! No quiero fastidiarte el cumpleaños, pero cumplir 51 significa que lo mismo tienes que sufrir todavía en activo la próxima reforma educativa que perprete el PSOE … 😉 😉