Crear nuevos materiales educativos propios es, casi siempre, una pérdida de tiempo

Si quieres que te miren con cara de sospecha en una sala de profesores moderna, confiesa la verdad… que usas un material educativo en el aula que ya existe. Que no te has pasado el domingo diseñando una unidad didáctica con estética de Instagram. Que, simplemente, usas el conocimiento estructurado que otros ya han validado. En la era de la innovación de escaparate, hemos caído en una trampa narcisista… la creencia de que si el material no lo he parido yo, no es bueno. Pero la realidad es tozuda. Una realidad que nos indica que crear nuevos materiales educativos es, el 90% de las veces, una pérdida de tiempo absoluta.

Llevamos años quemando el talento y el tiempo de los docentes en una carrera absurda por la originalidad estética, mientras el rigor académico se desangra por la herida de la improvisación.

Nos han convencido -y nos hemos creído- de que un buen profesor es aquel que personaliza hasta la última coma. El resultado es un ejército de docentes agotados, robándole horas al sueño y a la preparación real de sus clases para jugar a ser diseñadores gráficos. Se pierden mañanas enteras eligiendo la tipografía cuqui de un material que, en esencia, contiene lo mismo que cualquier manual serio desde hace décadas o de miles de materiales que pululan por la red desde hace décadas.

Es el triunfo de la cosmética sobre la didáctica. ¿De qué sirve que el material sea visual y gamificado si el contenido se ha diluido tanto que el alumno termina la ficha sin haber aprendido nada que no supiera ya? Estamos sustituyendo la profundidad del saber por la brillantez del envoltorio. Un docente debería estar analizando cómo explicar mejor la fotosíntesis o cómo corregir un desfase de comprensión lectora, no decidiendo si el degradado del encabezado combina con el logo del centro.

Lo más absurdo de esta fiebre del material propio es la ineficiencia sistémica. Tienes a miles de profesores de Geografía e Historia diseñando, cada uno por su cuenta, un material sobre el relieve de la Península Ibérica. Miles de horas de trabajo individual para producir miles de variaciones de lo mismo. Es una locura.

En lugar de usar materiales sólidos, curados y probados por el tiempo, preferimos el material de autor que, a menudo, carece de la revisión y el rigor de los materiales estructurados. Nos han vendido que el libro de texto o el manual clásico es una cárcel, cuando en realidad es una liberación. Te libera, si está bien elegido, del trabajo administrativo y técnico para que puedas dedicarte a lo único que las máquinas no pueden hacer… enseñar.

No nos engañemos. Detrás de la fiebre de algunos por crear materiales también hay una buena dosis de ego. El docente ya no solo quiere enseñar; quiere ser creador de contenido. Quiere que su material se comparta en redes, que sea visualmente reconocible, que tenga su marca. Y cuando no es para visibilizarse, se hace porque, por desgracia, nos hemos tragado que si los contenidos no son nuestros no son buenos. Y esto no es así. Ni tenemos tiempo, ni sabemos generar/maquetar materiales salvo, claro está, que dediquemos toda nuestra vida personal, fuera de un trabajo cada vez más burocrático y absorbente, a ello.

Esta deriva nos aleja de la esencia de la educación. La escuela no debería ser un mercado de materiales artesanales de dudosa calidad científica, sino un lugar donde el conocimiento se transmite de la forma más clara y eficaz posible. El tiempo que un docente pasa recortando cartulinas o alineando cajas de texto en una pantalla es tiempo que no pasa leyendo, formándose en su materia o atendiendo a ese alumnado que se está quedando atrás.

La solución es simple, pero requiere bajarse del pedestal de la innovación mal entendida. Debemos recuperar la cordura. Debemos de usar lo que funciona, sea de quien sea. Reivindicar el material estructurado, el manual serio y el recurso compartido no es falta de creatividad; es respeto por el propio tiempo y por el aprendizaje del alumnado.

El valor de un docente no reside en su capacidad para maquetar PDFs, sino en su capacidad para explicar, para motivar, para corregir y para transmitir un saber que ya está escrito. Deberíamos perder menos el tiempo inventando ruedas que ya giran perfectamente y más dedicar ese tiempo a lo que de verdad importa… que el alumno aprenda. Y sí. Insisto mucho en esto desde décadas porque es la clave del objetivo del sistema educativo, por mucho que quieran convertirlo en otra cosa.

A menudo, los que más presumen de materiales innovadores son los que menos tiempo tienen para mirar a la cara a sus alumnos. Y los que no presumen de ello pero se pasan horas y horas haciéndolos, acaban agotados físicamente y con incapacidad de dedicarse a lo que verdad importa. Que, por cierto, tiene poco que ver con crear una infografía con Canva.

Recuperar el sentido común en educación pasa por dejar de hacer ciertas cosas. Y pensar, aunque nos tilden de reaccionarios a los que decimos ciertas cosas, en lo que necesita realmente el alumnado. Especialmente ese alumnado más vulnerable al que una ficha, más o menos molona, no le va a ayudar en nada.

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Un comentario

  1. ¡¡Cuánta razón!! A mí me cuesta mucho encontrar buen material para enseñar ciertas cosas de Biología porque, últimamente, lo que circula por internet son réplicas de materiales creados por profesores instagramers. Materiales que, de lejos, parece que van a ser increíbles, pero cuando te acercas te encuentras con algo ñoño y sin mucho sentido didáctico. Contagiada por este «crea o muere», y en parte también porque no encontraba recursos, yo misma he dedicado horas a hacer materiales…hasta que encontré unos libros del siglo pasado con unos esquemas y unas imágenes sencillas y preciosas y ejercicios bien estructurados. Desde entonces, apuesto por la sencillez, y funciona mucho mejor.

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