Bulimia educativa

Ni en un millón de años es posible leerse todo lo que comparten algunos en las redes sociales en un solo día. Existe un trastorno que hace que, por desgracia, algunos acudan a la ingesta masiva de artículos, libros, podcasts o webinars relacionados con la educación, sin dar tiempo a aposentar todo aquello que, supuestamente están ingiriendo. Y ya no digamos lo nulo que es lo anterior para el aprendizaje porque, vamos a ser sinceros, para saber de algo lo importante es aprender y no deglutir sobre ello. Sorprende todavía más cuando la mayoría de los que ingieren desesperadamente productos educativos, son los primeros que hablan de hacer menos para conseguir más. O, simplemente, hablan del concepto de educación bulímica para referirse a ese modelo que, para ellos es totalmente trasnochado. Otra incoherencia, dentro de las muchas, que existen en educación.

En el día de ayer (sí, estoy hablando solo de un día) y a lo largo de un ratillo que me pasé por Twitter (sí, me pasé un rato porque, sinceramente, con la pandemia pocas alternativas te dejan), pude leer más de diez tuits acerca de podcasts con referentes educativos, un porrón más de prácticas educativas que comparten algunos, vídeos de los flippeds, enlaces a las maravillosas actividades de Google -junto con sus insignias pertinentes-, convocatoria de webinars con otros “grandes” del mundillo o para explicar determinadas herramientas, anuncio de futuros libros de alumnos “rebeldes”, de horizontes imposibles o, simplemente, de gilipolleces educativas de diferente calado de algunos que, por lo visto han encontrado negocio en el asunto, amén de frases descontextualizadas y debates estériles acerca de pedagogías que, ni existen ni han existido. Todo aderezado con la lucha entre seres de la luz y de la oscuridad.

Reconozco que hay docentes con pocas aficiones, cuya vida se restringe a lo que pueden hacer o vender en las redes sociales. Puedo comprender que haya docentes a los que el sueldo, por sus múltiples gastos extra, se les quede corto. Puedo entender a aquellos que, como yo, nos tomemos esto de la educación como un hobby sin más. Es como aquellos que pasan horas limpiando sus coches los fines de semana. La misma pérdida de tiempo. Eso sí, los que limpian el coche obtienen un mayor rendimiento de las horas que dedican a ello. Bueno, salvo que se ponga a llover ese día. Y que además lo haga en forma de barro. Es una ley universal contra la que no se puede luchar. Es como lo de la tostada con mermelada. Siempre cae del mismo lado. Pero tampoco nos pongamos exquisitos, lo que no mata, alimenta.

¿Sirve para algo hablar tanto de educación en las redes sociales? ¿Sirve para algo compartir tanta metodología infalible o ponerse a rebuznar, en un sentido o en otro, acerca de la misma? ¿Sirve para algo participar en un webinar? ¿Incluso en un macrocongreso de temática educativa? ¿Sirve para algo escuchar el podcast del que piensa como tú para reafirmarte en tus ideas? Pues lo mismo que ir a Misa. Para nada. Ni mejora la educación, ni mejora -en caso de que seas docente de aula- tu praxis educativa, ni ayuda a que seas un mejor profesional. Los mejores profesionales son los que hacen y no los que dicen que hacen. Y ya no digamos los que escuchan a los que dicen que hacen cosas. Como dice alguien cada mañana en los últimos tiempos… “a hacer cosas”.

Hace unos años algunos pensábamos que todo esto del “diogenismo” educativo iba a explotar. Que nos hartaríamos de hacer el panoli, perdiendo el tiempo. El problema es que, habiendo el modelo mediático que nos está vendiendo que uno es el mejor profesional según el número de seguidores y se mira la cantidad de lo que uno vende/comparte/lee a peso para decidir quién es top o menos top, el globo de mierdas educativas no deja de crecer. Además, no nos olvidemos que algunos sacan mucha tajada de ese globo, otros no tienen sentido común para cuestionárselo y, como digo siempre, es más cómodo ir donde va la gente que buscar un lugar diferente. Las playas masificadas en verano molan. Mucho más que esa pequeña cala desconocida donde uno no puede lucir tipo ni moreno.

Al final, de tanto hablar de educación nos estamos olvidando de la educación. Pero, ¿eso le importa a alguien? Pues cada vez a menos personas porque, al final, uno se pone las gafas de ver lo que quiere, se equipa de un rastrillo para arramblar lo que pueda o, simplemente, está cansado de Netflix,… y esta es otra alternativa más. ¿Productivo? No, pero la cantidad de risas que nos echamos algunos es importante 😉

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