A dar clase se aprende dando clase

Lamentablemente, no hay ninguna formación que permita a nadie estar capacitado para trabajar. Uno puede ser el más brillante en su carrera universitaria, titulación profesional e, incluso, ser capaz de atesorar miles y miles de horas de cursos sobre temas relacionados con su futura profesión, y llega la hora de incorporarse el primer día a su trabajo y ser incapaz de, poco menos que temblar intentando no cagarla. Los estudios capacitan a nivel teórico, pero la teoría siempre se queda vacía cuando uno entra en el mundo laboral. Y, por ello, siempre es recomendable que, en cualquier profesión, uno vaya aprendiendo poco a poco a ser profesional de la misma.

Voy a barrer para casa y a usar la argumentación anterior en mi rama profesional: la docencia. Uno no sabe dar clase ni cuando sale de las Facultades de Magisterio ni cuando le han “timado” con un máster después de una carrera universitaria que, legalmente, permite dar clase en Secundaria (léase Secundaria como ESO, Bachillerato y FP, incluyendo EOI y adultos). No, no está mejor preparado un maestro que un profesor de Secundaria el primer día que pisa solo el aula. Eso sí, la concepción diferente de sus estudios hace que sea, al menos para los maestros, algo más fácil adaptarse a la rutina (entiéndase como lo que es y no como el concepto en sí mismo) de su situación laboral. Quizás porque lo suyo sea más vocacional. Quizás porque a lo largo de su carrera ya sabían cuál era su objetivo último. Quizás porque, seamos sinceros, no es lo mismo estudiar algo compartiendo pupitre con futuros compañeros de profesión, que algo que hace que la futura dispersión profesional haga que sean una minoría los que se dedican, por ejemplo, a la docencia en etapas obligatorias.

La verdad es que no hay nadie que nazca enseñado. Uno debe adaptarse al medio, aprender a lo largo de los primeros años e, intentar seguir unas pautas porque desconoce el terreno pantanoso en el que se mueve. Muchos hemos intentando cambiar las cosas los primeros años de aterrizar en el aula pero no teníamos, ni la experiencia ni las tablas, suficientes para poder hacerlo. Uno sólo puede experimentar teniendo muy claro el funcionamiento de su profesión. Al igual que un médico cuando empieza su residencia, las cosas tienen sus ritmos. A nadie se le obliga a realizar una operación cuando acaba de aterrizar en un quirófano. No es falta de confianza en su capacidad teórica, es tener sentido común ante su falta de experiencia. La experiencia, por mucho que ahora algunos la denosten, en educación es un grado. Y, en la mayoría de ocasiones, uno puede empezar a realizar experimentos cuando ya lleva tiempo ejerciendo.

Entrar en el aula y querer cambiar el mundo tiene mucho de utópico hasta que uno se topa con la realidad. Una realidad que hace que, incluso con experiencia contrastada, muchas de las cosas que se plantean pueden salir mal. Así pues, imaginémonos el grado de frustración que pueden desencadenar experimentos que, seguro otros han intentado cuando empezaron (la ilusión y las ganas de cambiar el mundo es lo que tienen) sin tener la experiencia necesaria para ello. Y sí, reconozco que todos hemos pasado por ese estado de euforia inicial y nos hemos hostiado ante todas nuestros intentos de probar cosas que, seguro, teníamos claro que funcionarían. Pues no todo funciona en educación. Menos aún sin saber dar clase porque, las licencias que uno puede permitirse dependerán, en mucho, de los años que se lleven dando clase, del aprendizaje autoformativo (¡una pena!) que uno haya consolidado y de las ganas de mejora profesional.

No me gusta el desprecio a la experiencia. No me gusta tampoco que la experiencia sea algo que, al final, justifique ciertas cosas. Eso sí, reconozco que, por mucho que se intente, el cambio en prácticas educativas, la soltura y la posibilidad de “cambiar el mundo” va a depender de todo el bagaje profesional que lleve uno. La virginidad educativa es lo que tiene… ganas de comerse el mundo pero, lamentablemente, demasiadas cosas para aprender que impiden que esa clase maravillosa en nuestra cabeza, pueda plasmarse en nuestras aulas. Ya, lo mismo que un mueble de Ikea cuando uno va a comprarlo y se fija en cómo queda una vez montado. Quizás al décimo que montemos ya podamos decir que no nos han sobrado piezas.

Llevo veinticuatro años en esto y llevo unos cuantos probando cosas. Sí, también intenté hacer piruetas cuando empecé pero, sinceramente, creo que no era el momento de hacerlas. Ahora, con experiencia acumulada, tengo algo más claro qué puedo hacer y qué no. Eso sí, también tengo muy claro que, en ocasiones -y no pocas-, toda esa experiencia puede no suplir algunos inventos que se están llevando a cabo en determinadas aulas porque, seamos claros… lo que importa es el alumno y su aprendizaje, y no lo que queramos hacer nosotros. Algo que, a veces, también se olvida.

Como estoy haciendo en los últimos artículos, os recomiendo mi nuevo libro sobre educación para mayores de dieciocho, “Educación 6.9: fábrica de gurús”. Lo podéis adquirir aquí (en versión digital o papel) o en ese pop-up tan molesto que os sale. Y sí, me haría mucha ilusión que fuera uno de los diez libros más vendidos sobre educación este curso. 😉

  • Recuerdo mi profe de física y química de preu con título universitario, que era una eminencia pero como docente una nulidad.
    Gracias por su punto de vista

  • No sólo dando clase y no solo (o sola).
    Y otro factor importante que influye en nuestras creencias, y, por tanto, en lo que decimos y hacemos (y del que no siempre se es consciente): cómo hemos aprendido (o, si lo prefieres, cómo nos han enseñado). Porque quien llega a ser profe/a ha tenido éxito (cierto, al menos) en su proceso.

  • You May Also Like