El despropósito de las infraestructuras educativas… la privada levanta un campus en seis meses mientras la pública se cae a pedazos
Me vais a disculpar, pero es que hay cosas que hacen que a uno le hierva la sangre y ya no sabe si reír por no llorar o pedir directamente la hoja de reclamaciones en la puerta del ministerio o la administración educativa de turno. Especialmente cuando ves lo que se hace con esos impuestos que, siendo cada vez mayores en cuanto a necesidad de pago por parte de todos, acaban siendo gestionados de forma totalmente nefasta por los gobiernos de cualquier color.
Paso a diario por delante de las obras de mi zona. Y de verdad os lo digo… no me entra en la cabeza. Llevamos décadas viendo cómo para levantar un triste instituto público de Educación Secundaria, las administraciones educativas necesitan, como poco, un lustro de papeleos, dos licitaciones que quedan desiertas por incompetencia, tres modificados de proyecto para inflar el presupuesto, la quiebra sospechosa de la constructora de turno y una inauguración de traca con políticos cortando la cinta mientras las paredes aún huelen a pintura fresca y los barracones siguen aparcados en el patio por si acaso.
Y mientras tanto, a escasos dos kilómetros, ves cómo un fondo de inversión o una entidad privada compra un bancal de naranjos y, en seis meses contados -mientras el director de un centro educativo público está esperando a que cambien la cisterna del baño de la primera planta-, te levantan un campus universitario de tres plantas, con fachada ventilada, césped de campo de golf, aparcamiento subterráneo y un complejo deportivo que ni en las zonas de entrenamiento de los atletas olímpicos. Y todo, si te pones a echar números, por un coste por metro cuadrado que dejaría en evidencia al más pintado de los técnicos de la administración.
¿Cómo demonios es posible? ¿Tienen los privados ingenieros traídos de Marte? ¿Utilizan un hormigón mágico que fragua en diez minutos? No. Se llama gestión. Se llama no tener una burocracia elefantiásica y corrupta en sus formas, diseñada únicamente para marear la perdiz, diluir responsabilidades y repartir, en algunos casos (aunque cada vez sea más difícil y esté más controlado) mordidas o comisiones en contratos fraccionados.
Pero esperad, que lo verdaderamente sangrante no es solo cómo construyen, también cómo mantienen lo que ya está en pie.
Llevamos años escuchando el mismo mantra de las administraciones educativas de todos los colores políticos. Inversión récord en infraestructuras. Presupuestos históricos para la modernización de los centros. El papel lo aguanta todo. La realidad es que cada año hay más dinero sobre el papel y, misteriosamente, las instalaciones públicas están cada día más hechas una auténtica miseria. Es una ecuación matemática digna de estudio. A más dinero público invertido en mantenimiento, más persianas rotas que tardan ocho meses en arreglarse, más radiadores que pierden agua en enero, más aulas a 40 grados en junio y más goteras históricas que ya tienen nombre propio en los departamentos.
Y aquí hay que señalar sin contemplaciones a otra de las mayores estafas del sistema. La trampa de haber cedido el mantenimiento de los colegios a los ayuntamientos.
Que las administraciones autonómicas le pasaran el marrón de la conservación de los centros de Infantil y Primaria a los consistorios locales es el monumento definitivo a la desidia. Ver a los ayuntamientos gestionar el mantenimiento escolar da directamente pena y vergüenza ajena. Se tiran la pelota los unos a los unos a los otros mientras el colegio se cae a pedazos. Si una ventana no cierra, el ayuntamiento dice que es obra mayor y competencia de la Consejería. La Consejería responde que es mantenimiento ordinario y competencia del ayuntamiento. Y en medio de este juego de trileros, los niños pasando frío o calor y los docentes haciendo encaje de bolillos con la cinta aislante. Los ayuntamientos se gastan el dinero en fiestas patronales, luces de Navidad y rotondas absurdas, pero cuando hay que enviar a un fontanero a arreglar un lavabo atascado en un colegio público, de repente no hay partida presupuestaria.
Si en un centro público se rompe la cerradura de la puerta principal o la caldera decide pasar a mejor vida a mitad de noviembre, empieza el vía crucis. En primer lugar el equipo directivo hace el informe en la plataforma informática infame de turno. El informe pasa por la mesa del inspector, que lo deriva al departamento de infraestructuras o al concejal de turno. Se piden tres presupuestos a empresas homologadas que presupuestan el arreglo de un picaporte a precio de oro porque saben que la administración les pagará dentro de un año y medio. Se aprueba la partida cuando el curso ya ha terminado y los chavales se han comido el invierno helados.
En la universidad privada de al lado, si se funde una bombilla o se tuerce un pomo, viene un operario en dos horas y lo arregla. Porque allí entienden que un edificio no puede gestionarse como si fuera un yacimiento arqueológico abandonado.
Lo de las infraestructuras públicas no es un problema de falta de presupuesto. Es un problema de incompetencia sistémica, parasitismo institucional y un modelo de gestión podrido, pensado para que nadie sea responsable de nada pero todos cobren su nómina de cargo público. Tienen el presupuesto inflado a niveles de escándalo, pero como el dinero público no es de nadie y a muchos de los señores de los despachos les da exactamente igual y no tienen ganas de hacerlo bien porque supone mucho esfuerzo, el resultado es la decadencia que vemos cada día al entrar por la puerta.
Me gustaría que me explicaran cómo se puede ser tan alarmantemente ineficiente con los recursos de todos. Aunque, bien pensado, no en mi caso no hace falta que me lo expliquen. He vivido desde dentro la imposibilidad de gestionar nada de forma rápida y eficaz. Y eso, lo único que hace es dilapidar dinero público a chorro y tener unos servicios públicos, con cada vez más recursos y menos atención al ciudadano.
No es una crítica a la pública. Es una crítica a la gestión de los servicios públicos y hoy, específicamente, a las infraestructuras. A su construcción y a su mantenimiento. Aplicable a centros educativos, sanitarios, judiciales, etc.
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Tota la raó, Jordi. Estem fartes de la mala gestió i de la falta d’infraestructures dignes en l’escola pública… L’alumnat (i el professorat) mereix aprendre i treballar en condicions dignes, no en barracons, amb goteres o amb temperatures insuportables…
Totalmente de acuerdo. He trabajado en ambos ámbitos ( público y privado) y és así como dices. Gracias por la valentía de decirlo. Saludos cordiales.