El verano dejó de ser vacaciones en el momento en el que lo convertimos en contenido
Hoy no pienso hablar de educación. Bastante tenemos ya durante diez meses aguantando las ocurrencias de los despachos de la administración, la burocracia basura y el colapso del sistema como para ponerme a seguir dando la matraca diariamente a finales de julio. Así que hacedme un sitio en la mesa, porque estos días de tregua estival me apetece salirme del guion y poner la lupa en otras miserias cotidianas que nos rodean. Y la de hoy sé perfectamente que la estáis sufriendo -o la vais a sufrir- en vuestras propias carnes.
Hubo una época en la que irse de vacaciones significaba algo tan ridículamente sencillo y revolucionario como desaparecer. No le debías explicaciones a nadie ni tenías que demostrarle nada a ningún conocido. Bastaba con encontrar un rincón con sombra, abrir un libro en papel, echarte una siesta de tres horas sin remordimientos y volver a tu casa con la certeza absoluta de haber desenchufado el cerebro. Era algo tan simple como lo anterior.
Ahora parece que salir a descansar sin mostrarle un show al resto del planeta es un fracaso social.
El verano se ha transformado en una competición absurda y enfermiza de postureo donde importa infinitamente menos lo que estás viviendo que lo bonito que luce encuadrado en un móvil. La experiencia ya no empieza cuando pisas el destino. Empieza semanas antes cuando reservas el vuelo, rastreas en Google el restaurante mejor valorado para ir de gourmet por la vida e hiperplanificas qué fotos vas a subir a redes para que parezcan dolorosamente espontáneas. Y todo aderezado con una IA que, según los grandes ¿expertos? te permite ahorrar un montón diseñándote un viaje que solo saca de referencias de terceros muy viralizadas.
Y ahí, en mitad de esa farsa, es donde empieza el suplicio por el que encima pagas dinero.
La primera prueba de fe suele ser el famoso billete de avión low cost. Esa oferta milagrosa de veinte euros que termina incluyéndote un madrugón criminal a las dos de la mañana, un aeropuerto colapsado de gente con exactamente tu misma brillante idea y una mochila comprimida hasta límites que desafían las leyes de la física para que la aerolínea de turno no te meta un sablazo por el equipaje. Tras varias horas sin pegar ojo, un café a precio de perfume de Chanel y un bocadillo de corcho diseñado por un departamento de ingeniería financiera, aterrizas preguntándote si esto es el descanso o una condena de trabajos forzados.
Luego llega la peregrinación obligatoria a la cala secreta que descubrieron tres millones de personas en el mismo vídeo de quince segundos en TikTok. El trayecto promete naturaleza salvaje, paz y aguas turquesas. La realidad te ofrece una procesión infame de turistas cargados con la nevera, la sombrilla y el altavoz Bluetooth escupiendo reggaetón, todos caminando en fila india hacia el mismo rincón virgen. Cuando por fin asomas a la playa, lo único verdaderamente virgen que queda es la ingenuidad con la que te creíste la recomendación de tu red social favorita.
El fenómeno tampoco perdona a la hostelería. Aquellos chiringuitos de playa de toda la vida donde lo único que importaba era una caña helada y una ración abundante de calamares fritos han sido exterminados. Ahora todo son Beach Clubs con concepto. La decoración parece un catálogo de cañizo reciclado, los camareros te atienden con la gravedad sacerdotal de un restaurante de tres estrellas Michelin y la carta, a la que solo accedes tras pelear con un código QR en un lugar con mala cobertura, consigue que pagues con absoluta normalidad cifras astronómicas por platos cuyo principal ingrediente es la nada recalentada más absoluta.
Las ciudades tampoco escapan a esta histeria. Hay monumentos frente a los que resulta físicamente imposible detenerse a contemplar la historia. La mayoría de la gente ya no observa los edificios, las plazas o la pintura. Observa la pantalla buscando el encuadre exacto que ya han fusilado quinientas mil personas antes que ellos. El viaje ha dejado de ser una experiencia cultural para convertirse en una cadena de montaje de producción fotográfica en serie.
Y cuando decides huir del gentío buscando el típico pueblo tranquilo, descubres que medio continente ha tenido exactamente la misma ocurrencia ese mismo martes. Las casas rurales se alquilan a precio de suite en el hotel más lujoso de Madrid, encontrar aparcamiento exige una fe inquebrantable y comprar una barra de pan requiere más paciencia que completar un trámite con la administración pública a mitad de agosto. La tranquilidad te la venden en el folleto. La masificación te la tragas en la realidad.
Lo verdaderamente trágico es que hemos aceptado esta estafa como algo normal. Asumimos que viajar en verano implica madrugones infernales, colas kilométricas, clavadas desorbitadas, playas abarrotadas, ciudades donde la masa te arrastra y una agenda militarizada que te deja menos tiempo libre que tu propia jornada laboral. Y a todo este infierno pagado a precio de oro, lo seguimos llamando vacaciones.
No me extraña en absoluto que mis compañeros regresen en septiembre destrozada, arruinada y necesitando urgentemente dos semanas de baja para recuperarse del descanso.
Tal vez el verdadero lujo de este siglo ya no sea encontrar el destino paradisíaco perfecto para dar envidia al vecino. Quizá consista, simplemente, en pasar unos días sin horarios, sin prisas, sin la necesidad patológica de fotografiar cada plato de comida y sin esa extraña obligación de convencer al resto del mundo de lo increíblemente felices que somos.
Porque las mejores vacaciones, nos guste o no, casi nunca son las que más publicaciones generan. Son aquellas en las que te das cuenta, al cabo de tres días, de que ni siquiera sabes en qué cajón has dejado el teléfono móvil ni qué día de la semana es.
Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.
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Bravo. Artículo magistral. Es imposible describirlo mejor. Tienes mucho talento para escribir. Sigue haciéndolo. Gracias.
Leo ahora tu artículo desde un rincón de Europa del Este, rodeado de una naturaleza impresionante de bosques y lagos infinitos y la sencillez y calma de las gentes del lugar, donde no existen los horarios. Un día puedes hacer la comida a las 13h y al día siguiente a las 17h. Donde no hay masificaciones ni turistas, donde la comida sabe a huerto, donde el tiempo pasa lento, donde la temperatura de todo el mes de julio se ha movido entre 15 y 25 grados, donde reina el silencio y el canto de los pájaros. Donde la desconexión es muy profunda. Un auténtico paraíso y vacaciones de verdad. Llevo todo el mes aquí, como buen profesor con unas vacaciones largas. No he colgado ni una sola foto en redes sociales (tampoco tengo), y apenas he compartido alguna con la familia más cercana. Me he centrado en sentir, descansar, experimentar y disfrutar de lo auténtico, de lo real junto a mi esposa y mis hijos.Y lo recomiendo a todo el mundo.
La verdad es que todavía hay sitios en los que se puede desconectar, poco masificados y que permiten, como bien dices, disfrutar del concepto de vacaciones. Cada vez quedan menos pero, cuando uno los encuentra, se puede decir que es un afortunado. Disfruta de las mismas. Un saludo.
Hola. I a la tornada, encara et fan sentir malament si dius que no has anat a cap lloc paradisíac, que t’has quedat al menjador sota l’aire acondicionat mirant pel-lícules i séries a les diferents plataformes.
I has sortit a sopar als bars del poble de tota la vida (això sí, gestionats per noves persones).
Moltes gràcies.
Les vacances no tenen obligació de ser mediàtiques ni paradisíaques. N’hi ha prou amb poder desconnectar i disfrutar de les persones que tens més prop. O, simplement, d’un mateix. No cal aspirar a més i és, amb l’experiència dels dos tipus de vacances, la millor opció. Gràcies a tu per passar-te per aquí.
Tranquilo, que aún quedan lugares sin masificar. Lo que pasa es que hay que perderse sin buscar nada en concreto y de repente aparece en el rincón más inesperado y desconocido algo espectacular o que al menos a ti te lo parece, que con eso basta. Eso si, no lo publiques más que a tus allegados para decirles que sigues vivo.
Te olvidaste de los que estropean las fotos suyas y las delos demás, porque no hay forma de que se quiten de en medio, haciéndose un selfie para que los veas a ellos en vez del paisaje o el monumento.
Si lo publicas dejan de ser, en poco tiempo, lugares sin masificar. No, no me olvido de ellos. Lo de priorizar la fotografía y la publicación -o envío- de la misma a lo que se está viendo es otra de las grandes lacras de nuestra sociedad. No pasa solo con las vacaciones. Pasa también en conciertos y actuaciones al aire libre. Un saludo y gracias por comentar.