El decálogo del sectario educativo
Una vez acabado el curso escolar siempre se saca a relucir lo peor de la moqueta de la zona gris. Los despachos ya están cocinando la enésima ocurrencia doctrinal para el mes de septiembre. No les importa el fracaso en la comprensión lectora, ni las ratios, ni que las aulas sean saunas en pleno julio. Su única obsesión es dejar su huella maloliente tomando determinadas decisiones. Y no, no discuto que entre tanta ideología haya algo de criterios técnicos pero, por motivos que nunca he llegado a entender (ni cuando he estado dentro) siempre se acaban sacando de la manga, unos y otros, decretos, normas e instrucciones que poco tienen que ver con la mejora educativa.
Para ahorrarle trabajo a la próxima hornada de advenedizos con ínfulas de poder que aterrice en el Ministerio o en las Consejerías (habiendo elecciones en algunas Comunidades y a nivel estatal en un año, además de estar conformándose algunos gobiernos en la actualidad), he decidido redactar el manual definitivo. El catecismo que siguen a pies juntillas todos esos políticos y sus adláteres que jamás quieren (volver a) pisar un aula real a las ocho de la mañana. Aquí tenéis los diez mandamientos del buen sectario educativo. Pasad, leed y comprobad cuántos de estos se cumplen en vuestros territorios.
1. Igualarás por abajo sobre todas las cosas.
El mérito y el esfuerzo son conceptos sospechosos. Si un alumno no llega al mínimo, no se le ayuda a subir; se baja el nivel de todo el grupo para que la estadística cuadre y nadie se frustre. Regalar aprobados no es justicia social; es la mayor estafa perpetrada contra los hijos de las familias más vulnerables, a los que se condena al analfabetismo funcional con un título que no vale ni el papel en el que está impreso.
2. No tomarás el nombre del conocimiento en vano.
Los contenidos rigurosos son una reliquia del pasado. Hay que sustituir la historia estructurada, la sintaxis o las matemáticas por talleres de humo emocional y dinámicas de salón que queden bien en los medios o las redes sociales. Bajo el mantra de que «los datos ya están en Google», infantilizan el aprendizaje para asegurarse una masa dócil e incapaz de ejercer la verdadera oposición al poder. Esa que da el pensamiento crítico abstracto.
3. Santificarás las fiestas (y las excursiones de escaparate).
Los centros educativos deben parecer agencias de viajes de bajo coste. Cuantas más semanas se pasen los chavales fuera de las aulas rompiendo la continuidad pedagógica y haciendo proyectos vacíos para colgar en las redes sociales del centro, más innovador y abierto al entorno será el invento. Los presupuestos de las familias con pocos recursos ya si eso los miramos otro día.
4. Honrarás al algoritmo informático frente al criterio docente.
El docente no sabe evaluar; solo sabe el Excel de la Consejería o del gurú de turno. Impondrás una ingeniería burocrática de rúbricas infinitas, algoritmos y descriptores operativos que despojen al docente de su criterio profesional. Ya no importa si el alumno sabe o no sabe; importa que el docente haya rellenado correctamente el programa informático para evitar demandas.
5. Matarás la autoridad.
Despojarás al profesor de la presunción de veracidad y de cualquier herramienta disciplinaria efectiva. Si un alumno boicotea la clase o falta al respeto, la culpa siempre es del docente por no haber diseñado una situación de aprendizaje lo suficientemente motivadora. El reglamento del centro se esconde bajo la alfombra para no dañar las estadísticas oficiales de convivencia.
6. Cometerás actos impuros con la tecnología.
Meterás pantallas, equipos informáticos y robots a granel mediante contratos millonarios, sin ningún tipo de planificación estratégica ni aval científico. Cuando los datos de los neurocientíficos te estallen en la cara, darás un giro de 180 grados en el telediario prohibiendo lo que tú mismo financiaste, obligando a los docentes a hacer cursos para «desdigitalizar» sin pedir perdón por el destrozo cognitivo.
7. Robarás el tiempo lectivo para la burocracia.
Freirás al claustro con informes kilométricos, actas de coordinación inútiles y planes de bienestar fake. El docente debe pasar más horas justificando ante la inspección lo que hace que preparando las clases o corrigiendo. Un docente sepultado en papeleo es un profesor anestesiado que no tiene tiempo ni fuerzas para protestar por sus condiciones laborales.
8. Dirás falsos testimonios sobre la inclusión.
Venderás una inclusión idílica sobre el papel mientras recortas los recursos reales, las horas de PT, AL y educadores. Meterás perfiles con desfases severos o trastornos graves de conducta en aulas masificadas de treinta alumnos y le exigirás al docente que haga magia con la atención a ese alumnado. Si la cosa estalla, la culpa es de la falta de resiliencia del trabajador.
9. Consentirás la esquizofrenia de los vaivenes normativos.
Cambiarás el nombre de las asignaturas y las siglas de las leyes (de la LOGSE a la LOMLOE) en cuanto cambie el color del gobierno y mande tu partido. Obligarás a los docentes a tragarse cursos de reciclaje lingüístico para aprender tu jerga maloliente, a sabiendas de que el siguiente trepa con ínfulas derogará tu ley para poner la suya en una rueda de hámster infinita.
10. Codiciarás los bienes ajenos.
Defenderás la escuela de todos en tus discursos y aplicarás la promoción automática en los barrios más vulnerables, pero matricularás a tus propios hijos en centros privados blindados contra tus propias ocurrencias pedagógicas. El experimento social y la devaluación del rigor se aplican siempre con los hijos de los demás.
Seguro que este decálogo es solo producto de mi imaginación calenturienta. Cómo iban a suceder las cosas que cuento y que nadie se levantara para denunciar lo que suponen tantos años de destrozo de la educación en nuestro país. Es que si sucedieran y nadie se levantara o se denunciaran masivamente significaría que tenemos una sociedad adormecida, anestesiada o, lo que es peor, muy egoísta y solo pendiente de lo suyo y los suyos aunque, si fueran inteligentes y miraran un poco más allá, verían que un sistema educativo roto acabará perjudicándole a ellos y a sus familias. Nada, no me hagáis mucho caso.
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Estoy de acuerdo con todo lo que dice. Yo estoy empezando a preparar oposiciones para secundaria, ya que no encuentro otro trabajo salvo alguno que otro de carácter temporal. Siempre he tenido vocación docente hasta que fui comprobando como estaba primaria (¡madre mía!) y también secundaria, ya que mi hijo tiene catorce años.
me reconforta saber que no soy el único que ha pensado en estas cosas alguna vez. Gran artículo.