¿Vale la pena ser docente en 2026?
Afrontamos el tramo final de otro curso y las facultades de Educación se preparan para soltar a una nueva hornada de aspirantes a la tarima. Chavales inocentes, preñados de un romanticismo pedagógico casi tierno, que se creen que su futuro laboral consistirá en emular El club de los poetas muertos. Da hasta un poco de lástima verlos o saber de ellos en las redes sociales. Al otro lado de la trinchera, la realidad del sistema es una demolición controlada de sus expectativas. El malestar docente no es una rabieta gremial ni un bache estacional; es el estado mental crónico de un colectivo que trabaja dentro de un engranaje perverso, diseñado por burócratas para devorar la salud mental de quienes sostienen las aulas a base de ratios disparadas, burocracia defensiva y una emergencia educativa estructural que ya nadie se molesta en ocultar.
Dedicarse a la docencia hoy, especialmente en la escuela pública, se ha convertido en una profesión de alto riesgo social y psicológico. El docente ha dejado de ser la figura respetada que transmite el conocimiento duro para convertirse en el felpudo institucional y el pararrayos universal de todas las frustraciones de la sociedad. Si el alumno no comprende lo que lee, la culpa es del docente que no motiva. Si el chaval destroza el mobiliario, la culpa es del docente que no empatiza. Si el grupo suspende en masa, la culpa es del diseño de la unidad didáctica o que no se rellenó correctamente las trescientas casillas de la última aplicación informática nefasta a precio de oro. Vivimos en la era de la fiscalización permanente, donde las familias entran al centro con el abogado por delante y la administración legisla de oído, sin avalar una sola decisión en una evaluación independiente. Ser docente hoy es aceptar la humillación diaria a cambio de ver cómo se liquida el rigor intelectual en tus propias narices.
Ante este panorama tan desolador, cabe hacerse la pregunta del millón… ¿realmente compensa? Por supuesto que sí. Compensa por los privilegios faraónicos que la opinión pública, con una clarividencia envidiable, nos recuerda cada día en los comentarios de las redes sociales. Cómo no va a valer la pena entregarse a la tiza si, como todo el mundo sabe, los docentes disfrutamos de once meses de vacaciones pagadas al año. Es un sacrificio durísimo tener que asimilar tanto tiempo libre entre el crucero de lujo de julio, el retiro espiritual de agosto y las eternas jornadas de asueto que, por lo visto, se extienden mágicamente durante todo el calendario lectivo mientras las clases se dan solas gracias a la mística de las tablets.
Y luego está, cómo no, el sueldo millonario. Ese salario público insultante que nos permite, tras salir del instituto a las dos de la tarde sin llevarnos jamás un solo examen que corregir ni una sola sesión que preparar en el salón de casa, aparcar el deportivo corporativo en la puerta de DiverXO para disfrutar del menú degustación a diario. Es una estampa preciosa. Claustros enteros debatiendo sobre la última ocurrencia de su Consejería o del Ministerio mientras maridan buey de mar con champán francés, pagado íntegramente por los impuestos del contribuyente. Con semejante nivel de vida y ese tren de gastos cubierto por los presupuestos del Estado, resulta un misterio insondable por qué las salas de profesores se parecen cada vez más a la sala de espera de un psiquiatra y por qué las listas de bajas por depresión baten récords históricos cada trimestre.
Dejando la ironía barata a un lado para no insultar a la inteligencia de los miles de profesionales que se dejan la voz y la salud en la escuela, la cruda realidad es que el sistema educativo se sostiene hoy por un voluntarismo kamikaze que el sistema exprime hasta el tuétano. La paradoja actual es macabra. Cuanto más se desprestigia el oficio desde los medios y las familias, más se le exige al docente que haga de psicólogo, de asistente social, de policía, de administrativo y, si queda algún minuto libre antes del timbre, de transmisor de cultura.
Quien decida dedicarse ahora a la docencia debe saber que no entra a un entorno de respeto intelectual, sino a una burocracia hostil donde el conocimiento es lo de menos y el postureo estadístico lo es todo. Salvar las aulas no pasa por comprar el relato de las vacaciones de tres dígitos ni por inflar las notas para maquillar el fracaso escolar en los despachos. Pasa por recuperar el respeto a la tiza, blindar la autoridad del profesor frente al cinismo hiperprotector y entender, de una vez por todas, que si seguimos tratando a los docentes como los culpables de todo, pronto no quedará nadie con dos dedos de frente dispuesto a encender la luz del aula a las ocho de la mañana.
La inspiración del artículo de hoy me ha llegado por varios comentarios en las redes sociales de docentes que abandonan. No es una pandemia ni el número es muy alto en nuestro país, pero vemos como cada año hay menos personas, especialmente si tienen otra salida profesional, que optan a otras profesiones o buscan determinados lugares alejados de la docencia directa. Y eso es algo que debería llevarnos a reflexionar porque, al final, sin relevo cualificado, cualquier profesión, especialmente una como esta, se puede ir al garete. Se puede ir al garete la profesión y todo lo que implica para la sociedad la misma.
Finalmente, y para que no se me olvide una cuestión… no he visto en los casi treinta años de profesión, tanto dentro del aula como fuera, un odio tan brutal de la sociedad a los docentes. Ni tampoco un ataque tan brutal y generalizado, con el apoyo de sus medios de comunicación, a los mismos, desde los que gestionan el sistema educativo. Algo que no excluye que no deba revisarse y evaluarse todo el sistema educativo incluyendo, claro está, la evaluación de sus docentes.
Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.
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Después de 30 años dedicada a la educación, me pregunto muchas veces si hoy en día vale la pena ser docente. La vocación sigue estando ahí, pero también una profunda sensación de frustración y desgaste. La falta de reconocimiento, las crecientes exigencias y la dificultad de llegar a todo han ido erosionando poco a poco la ilusión con la que empecé. Como profesional y como persona, este camino ha tenido un coste importante, hasta el punto de afectar a mi salud.
Además, el alumnado de hoy poco tiene que ver con el de hace 30 o 40 años. Nos encontramos con niños y jóvenes que afrontan realidades muy diferentes, con mayores dificultades emocionales y una fragilidad que resulta preocupante. También observamos con frecuencia actitudes que reflejan una pérdida de referentes, de tolerancia al esfuerzo y de habilidades para gestionar la frustración. Todo ello supone un reto enorme para quienes trabajamos en la educación.
A pesar de todo, sigo creyendo en el valor de educar y me queda la satisfacción de haber acompañado a generaciones de alumnos en una etapa fundamental de sus vidas. Sin embargo, es necesario reconocer el desgaste que esta profesión está sufriendo y cuidar más a quienes la ejercen.
Educar nunca ha sido fácil, pero hoy resulta más difícil que nunca. Y quienes llevamos décadas en las aulas sabemos que el precio emocional y personal que estamos pagando es cada vez más alto