El cementerio de los motivados

Ayer leía un hilo de Esteban en X que me dejó mal cuerpo porque resumía a la perfección una trayectoria vital que he visto repetirse mil veces en las salas de profesores. El compañero hablaba de esa inercia de la mediocridad instalada en los claustros, del linchamiento silencioso al que se atreve a destacar. Y es que, si lo piensas, la carrera de un docente con vocación en este país no se mide en años de servicio; se mide en fases de descomposición anímica.

Todos empezamos igual… queriendo comernos el mundo. Llegas al centro con el título bajo el brazo, la cabeza llena de ideas, dinámicas y proyectos, y unas ganas locas de cambiarle la vida a tus alumnos. Te dejas la piel, echas más horas que un reloj, preparas materiales los domingos y entras al aula con una sonrisa de oreja a oreja. Te crees el club de los poetas muertos. Sientes que tu esfuerzo tiene un sentido y que vas a revolucionar el cotarro.

Pero la realidad de la trinchera es tozuda, y no tardas en chocar contra el muro. Entonces llega la indignación. Te das cuenta de que el sistema no solo no premia el esfuerzo, sino que algunos de tus propios compañeros te miran de reojo. Empiezan los cuchicheos en la máquina de café, el vacío en los pasillos y las frases condescendientes: «Ya se le pasará la tontería». Te indignas al ver cómo se permite la desidia de algunos, cómo se sabotean las buenas iniciativas por pura pereza corporativa y cómo se castiga al que intenta hacer bien su trabajo para no dejar en evidencia las vergüenzas de los demás. No te callas. Protestas en las reuniones de departamento y en los claustros, exiges cambios, pides que se hagan las cosas con un mínimo de seriedad.

¿Y qué obtienes? Absolutamente nada. Ni una sola respuesta, ni un solo apoyo. Te encuentras gritando en el desierto. La dirección mira para otro lado para no buscarse problemas, la inspección está ocupada pidiendo papeles inútiles y el resto del claustro baja la cabeza, esperando a que termine la reunión. Nadie se moja. Nadie te respalda en público, aunque luego alguno te susurre en el pasillo un cobarde «tienes razón, pero es que no vale la pena». Te das cuenta de que estás completamente solo.

Ahí es donde te devora la frustración. Esa impotencia rabiosa que se te agarra al estómago cuando ves que dar el 200% solo sirve para que te carguen con más trabajo, para que te pongan zancadillas y para desgastarte la salud de forma gratuita. Te quema ver que al vago se le consiente todo y al implicado se le exige el triple. Te vas a casa amargado, dándole vueltas a la cabeza, preguntándote en qué momento decidiste complicarte la vida en lugar de mimetizarte con el paisaje.

De la frustración se pasa, de forma inevitable, a la resignación. Un día dejas de protestar. En la siguiente reunión de departamento, cuando proponen otra chapuza burocrática, te muerdes la lengua. Te limitas a hacer lo tuyo dentro de las cuatro paredes de tu aula, intentando que el ruido exterior no te afecte, pero ya sin el brillo en los ojos. Aceptas las reglas de este juego perverso. Asumes que el sistema está roto y que tú no vas a ser el héroe que lo arregle. Es la fase de la rendición honrosa.

Y finalmente, como última defensa psicológica para no volverte loco, llega la indiferencia. El desapego absoluto. Das tu clase lo mejor que sabes, cumples el expediente y te marchas a tu hora sin mirar atrás. Te da exactamente igual lo que hagan los demás, las reformas educativas que se inventen o las puñaladas traperas de algunos compañeros, de tu dirección o de la propia administración. Has aprendido a blindarte. El sistema ha ganado. Ha cogido a un profesional brillante y apasionado y lo ha convertido en un funcionario gris que solo cuenta los días que faltan para la jubilación o las próximas vacaciones.

Es el triunfo absoluto de la mediocridad. Y lo peor de todo es que, viendo cómo funciona el patio, es imposible culpar a nadie por terminar ahí.

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Un comentario

  1. Jordi, el que descrius ho vaig viure jo amb 32 anys de docència. No sé si és extrapolable arreu perquè només vaig estar en tres centres, però per les converses amb companys d’ arreu , em sospito que sí. Un punt clau és la total inutilitat de la tasca dels inspectors: una simple guingueta o » Chiringuito».

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