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Si hubiéramos tenido móvil a los 17 años también habríamos sido los gilipollas del TikTok

Cada mes de junio, este país cumple escrupulosamente con uno de sus ritos folclóricos más hipócritas. Me estoy refiriendo a la fiscalización pública de los adolescentes que acaban de terminar la Selectividad. En cuanto se publican las notas, los informativos de televisión, las columnas de opinión y las redes sociales se llenan de analistas de salón aplaudiendo o crucificando las decisiones de «el alumnado con mejores notas en la PAU». Si el chaval con un catorce elige una carrera humanística, los tecnócratas se tiran de los pelos lamentando el desperdicio de talento; si elige Medicina o una ingeniería, los idealistas claman contra el pragmatismo mercantilista de la juventud. Es un espectáculo paternalista donde los adultos proyectan sus propias frustraciones sobre las espaldas de unos menores que lo único que quieren es pasar el verano en paz.

El nivel de superioridad moral con la que juzgamos lo que deciden estudiar estos chavales es de una densidad insoportable. Pero el colmo del puritanismo llega cuando esa misma masa de adultos escandalizados activamos los resortes de la indignación al ver la proliferación de vídeos en Instagram o TikTok de alumnos reaccionando en directo a sus notas de las PAU. Esos vídeos donde se graban gritando, llorando, hiperventilando o abrazándose a sus padres al ver la nota de Historia o de Matemáticas. Automáticamente, las redes se inundan de comentarios tachando a la generación actual de narcisista, infantil, egocéntrica y estúpida. Qué memoria tan corta y qué complejo de superioridad tan barato.

Bajemos del pedestal de una vez. Estos chavales no son más gilipollas que nosotros a su edad; simplemente tienen más tecnología. Si nuestra generación hubiera tenido un smartphone en el bolsillo con una cámara de alta definición y una red social con alcance global a los diecisiete años, habríamos hecho exactamente lo mismo. Nos habríamos grabado celebrando que no nos tocaba repetir el examen, haciendo el idiota en la puerta del instituto, llorando de alivio tras meses de presión asfixiante o subiendo contenido absurdo para buscar la validación del grupo. La única diferencia entre ellos y nosotros es que nuestras vergüenzas adolescentes se evaporaron en el aire o quedaron sepultadas en fotos analógicas que nadie ve, mientras que las suyas se quedan indexadas en un servidor, donde todo el mundo puede verlas, para siempre.

Juzgar la salud mental o la madurez de un adolescente basándose en que utiliza los códigos de comunicación de su época es no entender absolutamente nada de la condición humana. Tienen diecisiete o dieciocho años. Llevan meses escuchando que se juegan la vida en tres días de exámenes infames, soportando ratios disparadas y un sistema educativo en permanente estado de emergencia. Están celebrando el fin del cautiverio académico más duro de su biografía. Tienen todo el derecho del mundo a montar el circo que les dé la gana en sus perfiles, a ser intensos, a gritar y a ser ridículos. La adolescencia siempre ha sido ridícula; lo que pasa es que ahora tiene banda sonora y filtros de luz.

El problema real no está en las pantallas de los alumnos, sino en la incapacidad de los adultos para asumir que el mundo avanza sin pedirles permiso y que su nostalgia selectiva no es un argumento pedagógico. Debemos de dejar de utilizar las PAU como un safari sociológico para dar lecciones de dignidad laboral o de templanza emocional.

Muchos de los que hoy critican un vídeo de quince segundos en TikTok demuestran bastante menos empatía y bastante más infantilismo que los propios adolescentes a los que pretenden juzgar. A veces a mí también me ha pasado y debo reconocer que, cuando vi las primeras «reacciones», me pareció algo totalmente lamentable. Pero hoy creo que debemos de fiscalizar menos los expedientes ajenos y dejar que los chavales disfruten del verano. Felicidades a los del 14, a los del 5 y a los que, simplemente, se han quitado de encima la pesadilla.

Finalmente, antes de que se me olvide, sí que hay algo a lo que deberíamos prestar más atención y deberíamos tratar. Sé que lo he comentado en varias ocasiones, pero no voy a perder la oportunidad de hacerlo otra vez. En lo que sí que tenemos un problema es en la gestión de la frustración de nuestros adolescentes. Y eso sí que es grave. No lo que elijan o si se graban vídeos, en momentos como este, para las redes sociales.

Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.

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