El mito del docente misionero y la vocación de escaparate

De un tiempo a esta parte, basta con darse una vuelta por el escaparate de las redes sociales para constatar una deriva grotesca. Se ha instalado en el sector una especie de competición masoquista por ver quién padece más por su trabajo, una pasarela de vanidades donde ciertos perfiles presumen de una mística pedagógica que roza el delirio. Hemos llegado al esperpento de leer a personajes que afirman, sin pestañear, corregir decenas de miles de exámenes al año o no dormir por diseñar el enésimo material interactivo de cartulina. Vender que los docentes somos seres de luz sobrehumanos que trabajamos catorce horas al día no nos ayuda en absoluto. Al contrario… nos desconecta de la realidad de la calle, nos infantiliza y nos hace un daño corporativo sencillamente letal.

Hay que tener la honestidad brutal de bajar a estas cuentas del pedestal y decir la verdad desnuda. Sus hipérboles son, simple y llanamente, mentira. La enseñanza no es un sacerdocio, ni una misión mística, ni una ONG. Es un trabajo especializado de alta responsabilidad. El postureo del martirio que satura las redes no es amor al oficio; es una necesidad patológica de recibir palmaditas en la espalda en forma de likes a costa de inventarse una realidad paralela. Cada vez que un docente miente sobre su propia explotación para marcar paquete ético, está insultando la inteligencia de sus compañeros y dinamitando el respeto que la sociedad debería tener por el rigor de la tiza.

Hablo desde la experiencia de los veintimuchos años que llevo ya arrastrando la tiza y dando clase, aunque lo haya combinado con unos pocos en la zona más gris de la administración. Por mis aulas han pasado miles de alumnos; una marea humana de rostros, nombres y trayectorias. Y precisamente por eso, porque sé lo que es la trinchera a largo plazo, me produce un enorme pudor ajeno ver una de las modas recurrentes en las redes sociales. Me estoy refiriendo a colgar el pantallazo de turno con el mensaje rebosante de almíbar que un exalumno supuestamente te ha mandado para darte las gracias por cambiarle la vida.

Seamos serios. Por mucho que se compartan esos mensajes en las redes -y ya sabemos que el algoritmo premia la lágrima fácil, sea el texto inventado o real-, la cruda realidad de la estadística nos dice que esas dedicatorias de película son simples anécdotas. Bonitas, sí, pero anécdotas marginales. Pretender reducir una carrera profesional de décadas al combustible emocional de tres mensajes nostálgicos es desenfocar el oficio. No trabajamos para que nos escriban cartas de agradecimiento ni para alimentar nuestro ego en las pantallas; trabajamos para que esos miles de alumnos salgan al mundo con herramientas duras, criterio y conocimientos, nos den las gracias después o no.

Volviendo a las fábulas numéricas de las redes, hagamos un cálculo rápido de esos que se enseñan en etapas obligatorias para desmontar el burdo invento de los miles de exámenes corregidos. Para alcanzar semejante proeza folclórica, un docente tendría que evaluar decenas de exámenes al día, los trescientos sesenta y cinco días del año, incluyendo domingos, festivos, Nochebuena y los meses de julio y agosto. Es una imposibilidad física y matemática. Al lanzar estas historias ridículas, lo único que se consigue es que el ciudadano de a pie, el albañil, el fontanero o el administrativo que sudan sangre en la empresa privada, se rían en nuestra cara. Estas mentiras nos convierten en una caricatura y devalúan la queja real del profesorado que sí está saturado de trabajo burocrático verídico.

El peligro de tolerar estas narrativas mitómanas es la presión insana e injusta que ejercen sobre el resto del claustro. Se pretende instalar la idea perversa de que el buen docente es aquel que no tiene vida privada, el que destruye su salud mental por el centro y el que compra folios de su bolsillo porque «todo sea por los niños». El heroísmo impostado de unos pocos se convierte en el chantaje moral de todos. El docente que cumple su horario a rajatabla, que imparte su materia con excelencia científica y que apaga el ordenador a las cinco de la tarde para atender a sus propios hijos no es menos comprometido; es, simplemente, un profesional cuerdo y respetuoso con su salud y con su convenio laboral.

Este artículo, aunque sé que es muy controvertido, ha salido de alguien, harto de ver cómo las mentiras del sector nos pegan un tiro en el pie cada día en las redes. Que los apóstoles del sacrificio inventado y los gurús del entusiasmo obligatorio rasguen sus vestiduras en los comentarios; la trinchera real de los centros educativos se defiende con los pies en la tierra, derechos claros y la cabeza fría.

La escuela no necesita cuentistas en el altar de las redes sociales; necesita profesionales competentes que exijan respeto a su labor y a sus horarios. Me gustaría un poco menos de folclore emocional de escaparate y más crudo realismo profesional. El futuro de la educación no se levanta sobre las mentiras de quienes dicen corregir miles de exámenes ni sobre el postureo de los mensajes lacrimógenos, sino sobre la dignidad diaria de quienes enseñan con rigor dentro de su jornada laboral.

Finalmente, y como siempre os digo, ya puede empezar la crítica…

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3 comentarios

  1. Yo soy docente de secundaria. Trabajo 4 horas al día, que son las horas lectivas que tengo. El resto de horas de permanencia en el centro me las paso escuchando música o con el móvil.
    Las programaciones las copio del año anterior. Solo cambio las fechas y pongo mi nombre. No hago informes ni demás tonterías. Y si no tengo escapatoria, hago lo más breve y rápido posible.
    Hago tres exámenes por curso, uno por trimestre y además les doy la posibilidad de hacerlo en parejas. Así que ahorro una barbaridad de tiempo al corregir. Los exámenes suelen ser fáciles y les regalo antes del examen alguna pregunta. Y además no me permito que el tiempo de corrección y puntuación por examen supere el minuto. En las evaluaciones no digo nada si no me preguntan.
    La educación se ha convertido en el refugio de los pobres en un país donde el sector privado es un infierno. Así encontramos los institutos llenos de ingenieros de todo tipo, arquitectos, músicos, artistas…un desastre.
    Si el sector privado funcionara decentemente, 8 de cada 10 profesores dejarían la docencia y tendrían que importar los profesores de china.
    Así que cuando te levantas 2500 euros al mes con más de 3 meses de vacaciones al año por 4 horas al día de trabajo, dejas la vocación y la dignidad a un lado, te tapas la nariz y básicamente…te prostituyes.

  2. Así que para evaluar miles de exámenes al año, » un docente tendría que evaluar decenas de exámenes al día, los trescientos sesenta y cinco días del año, incluyendo domingos, festivos, Nochebuena y los meses de julio y agosto. Es una imposibilidad física y matemática». A ver, seamos buenos y pongamos que «decenas» son lo mínimo imprescindible para usar ese plural: 20. Si, como dice, incluimos todos los días del año: 365*20 = 7300. O sea, que no, hace falta menos de una tercera parte de lo que dice. Sería factible corrigiendo solo la mitad de eso (10/día) durante solo 2/3 partes del año: salen 2433 (es decir, aún sería factible rebajando eso). Así que parece que es perfectamente factible tener miles de exámenes que corregir al año sin ser ninguna imposibilidad

  3. No puedo estar más de acuerdo, compañero.
    Soy ingeniero, y no estoy en esta profesión por necesidad, a diferencia de otros colegas, podría ganarme la vida en otra cosa, pero me interesaron las condiciones.
    Al igual que mis compañeros que optaron por opositar a los cuerpos facultativos de las adminitraciones, soy funcionario y hago mi horario. Por supuesto que no compro los folios, como tampoco un mosso o un guardia compran ellos las balas, y procuro no mezclar sentimentalismo alguno con el trabajo.
    Durante un tiempo compatibilicé con el ejercicio libre de la profesión, y he procurado ser eficiente en mi trabajo de «la mañana».
    Otro de los «mitos» que nos hacen mucho daño es la «formación continua». Estoy seguro que la mayoría de los PES de la pública no la necesitamos. El día que cambie la Ley de Ohm o el módulo de Young seremos de los primeros en enterarnos; mientras tanto, a otra cosa.
    ¿O formación es que venga un pedagorro a decirnos cómo enseñar a integrar sin saber él mismo derivar?
    ¿O formación es que venga un orientador a enseñarnos a trabajar por proyectos a PES de Tecnología ingenieros?
    Llama la atención que los endiosados médicos, que se supone que trabajan 7 horas en la pública y toda la tarde en la privada, tienen aún tiempo para la formación ¿¿¿=????

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