Cordón sanitario contra el sentido común en educación
Hay algo que le quita el sueño a la aristocracia de la nueva pedagogía de diseño… que el realismo empiece a ser contagioso. Existe un miedo atroz, casi patológico, a que determinadas visiones educativas -esas que hablan de rigor, de conocimiento, de esfuerzo y de límites- lleguen a la sociedad sin el filtro de la censura oficialista o de la ideología dominante en la mayoría de medios de comunicación. Y no, el pánico no nace de una discrepancia académica. El pánico nace de una verdad que les arruina el discurso. El pánico nace de una visión mucho más humana, más eficaz y, sobre todo, mucho más honesta que la utopía de gominola que ellos necesitan vender para mantener el chiringuito o seguir defendiendo determinadas pedagogías.
Ellos prefieren levantar muros ideológicos y repartir etiquetas de reaccionario o facha antes que admitir que su modelo de balneario pedagógico está dejando a los alumnos más vulnerables a los pies de los caballos. Porque, seamos claros, la pedagogía de la facilidad es un lujo que solo pueden permitirse los que ya vienen con la mochila llena de casa. Al resto, a los que solo tienen la escuela para prosperar, los están condenando a una irrelevancia envuelta en papel de regalo digital.
Es fascinante observar cómo funciona este mecanismo de exclusión. Si eres un docente que reivindica que la memoria es la arquitectura del pensamiento, o una familia que exige silencio para que su hijo pueda aprender, el sistema activa automáticamente el correctivo. Te mandan al rincón de pensar. Intentan que nadie se atreva a decir que la emperatriz de la innovación va desnuda, no sea que el tinglado de aparatos tecnológicos, conferencias de moqueta y asesorías de mil euros la hora se venga abajo. Les aterra que la sociedad descubra que el rigor no es elitismo, sino la única escalera mecánica que le queda al hijo de un trabajador. El realismo educativo es peligroso porque le devuelve el poder al conocimiento y la autoridad al docente; dos cosas que los gestores de Canva no pueden controlar con una rúbrica o una aplicación.
Muchos de los que hoy dictan las líneas editoriales de la educación viven en una burbuja de cristal tan gruesa que ya ni oyen el ruido de los centros. Para ellos, el aula no es un lugar donde se transmite un legado cultural, sino un laboratorio de ingeniería social donde experimentar con los hijos de los demás. Por eso, cuando el realismo del día a día les estalla en la cara en forma de caída de resultados, caos en la convivencia o ese analfabetismo funcional que ya ni se oculta, su respuesta nunca es la autocrítica. Es el ataque personal. Es la ceguera voluntaria del que ha hecho de la ideología su modo de vida. Si el alumno no aprende con su metodología disruptiva, la culpa será del entorno, de la familia o del docente que no enseña a su manera, pero jamás de un modelo que desprecia el esfuerzo y santifica la ocurrencia.
A pesar de sus cordones sanitarios, el realismo está volviendo. Y vuelve porque la realidad es muy tozuda y no entiende de dogmas. O sabes interpretar un texto o no sabes. No hay más. Pero ojo, que yo no me he limitado en estos casi veinte años de blog a señalar el incendio; he dado y se dan propuestas reales, tangibles y ejecutables para quien quiera bajar de la nube y empezar a trabajar de verdad. Propuestas que pasan por recuperar la soberanía intelectual del docente y el derecho del alumnado a ser instruido con seriedad, no a ser entretenido digitalmente.
Para consolidar esta vuelta al rigor, lo primero que tenemos que hacer es perderle el miedo al adjetivo. Si defender el saber y la exigencia me hace antiguo o carca, que me pongan el primero de la lista; las etiquetas son las medallas que nos ponen los que se han quedado sin argumentos. Hay que empezar a decir no a las ocurrencias que vienen de lugares donde no se sabe lo que es una ratio de treinta y empezar a explicar a las familias que la escuela divertida es, demasiado a menudo, una escuela vacía.
La educación no se rescata con eslóganes, se rescata con la verdad por delante y la crítica contra la incompetencia. O abrimos las ventanas para que entre el aire fresco del rigor y el oficio, o terminaremos en un parque temático educativo muy inclusivo, muy resiliente y muy moderno, pero donde nadie sabrá explicar por qué el mundo funciona como funciona. Y eso, señores, no es innovación; es una estafa social sin precedentes.
A menudo, los que nos acusan de querer volver al pasado son los mismos que están destruyendo el futuro del alumnado para no tener que reconocer su propio fracaso.
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¿Sabes que leemos tus entradas en un colegio público de Colombia? Así es. A veces imprimo algunas copias de tus escritos y los reparto entre mis alumnos. Lo curioso es que la gran mayoría de ellos concuerda en gran parte con tus ideas (que compaginan con las mías). ¿Adolescentes que concuerdan con maestros? Así como lo oyes. Eso le quita fuerza a los discursos descafeinados de los que alzan las banderas de la falsa pedagogía, de esa que se crea desde los escritorios de los tecnocratas. Un saludo desde Villavicencio, Meta.
Magnífico!