Las soluciones a los problemas de la educación son simples, pero políticamente incorrectas

Hay una verdad incómoda que nadie en un despacho, ni en un medio de comunicación, ni en una facultad de educación te va a reconocer… que las soluciones a los grandes males de la escuela son asombrosamente simples, pero políticamente incorrectas.

Y como decir la verdad no da votos, ni permite vender ciertas cosas, ni justifica las dietas de las infinitas comisiones de expertos o mantener el statu quo de algunos, hemos decidido montar un teatro nacional. Todo el mundo finge no saber qué está pasando. Pasamos décadas diagnosticando mal el problema a propósito, hablando en círculos y perdiendo el tiempo en un bucle infinito de burocracia y postureo.

Es el arte de no querer ver. Llevamos años instalados en un cinismo sistémico. ¿Que los resultados en comprensión lectora caen en picado? La solución simple es recuperar el rigor, fomentar el silencio, priorizar el papel sobre la pantalla y volver a la lectura mecánica y profunda. Pero claro, eso molesta a las tecnológicas y rompe el mantra de la innovación.

¿Qué hacemos entonces? En lugar de aplicar la medicina, inventamos un nuevo término, montamos un observatorio para hacer no se sabe qué y perdemos cinco años discutiendo rúbricas de percepción emocional. Es fascinante. Preferimos diagnosticar el cadáver durante años antes que admitir que la causa de la muerte fue el abandono del sentido común.

Fijaos en el ridículo que vivimos en el día a día de los centros, donde se prefiere la cosmética al realismo. Y voy a poneros unos ejemplos muy simples…

  1. En cuanto a la disciplina la solución es muy simple. El que la hace, la paga. Límites claros y consecuencias reales que protejan el derecho a aprender de la mayoría. ¿La respuesta oficial? Mediación. Y ya sabéis el resultado. El que revienta la clase se siente empoderado y el docente se queda desarmado rellenando protocolos de convivencia que no sirven de nada.
  2. En cuanto al nivel académico, también tiene solución sencilla. La solución es el rigor y la memoria como base necesaria del pensamiento. ¿La respuesta oficial y de la pedagogía más poco pedagógica? No hace falta saber datos porque todo está en la nube. Como resultado, nos encontramos alumnos que saben hacer un PowerPoint precioso pero que son incapaces de situar el siglo XIX en una línea del tiempo o de entender una regla de tres.
  3. En cuanto a la salud mental, la solución sería bajar las ratios y devolver la calma al aula. ¿La respuesta? Inventarse la figura del Coordinador de Bienestar para que gestione el caos a base de cosas que nadie sabe para qué sirven.

Es de traca observar a los gurús de moqueta. Se sientan en sus congresos con sus gráficos de colores a diagnosticar problemas que cualquier docente de a pie te explica en la cola de la fotocopiadora en diez segundos. Pero la realidad de la trinchera es demasiado bruta para sus informes. Y, especialmente, es nociva para sus ingresos recurrentes vendiendo soluciones mágicas que no funcionan y que, cuando no funcionan, se achaca la culpa al docente de no saber aplicarlas.

Prefieren hablar del aprendizaje basado en el juego para no tener que reconocer que han erradicado la cultura del esfuerzo. Hablan en círculos porque saben que si van directos al grano, los chiringuitos de asesores, observatorios y expertos se quedan sin excusa para existir. El objetivo no es resolver nada; el objetivo es que el proceso de resolución dure lo suficiente como para jubilarse en el intento.

Basta de teatro. El problema no es que no sepamos qué pasa; el problema es que la verdad no es fotogénica y no cabe en una nota de prensa. La educación no se rescata con eslóganes, se rescata con currículos sólidos, ratios humanas, autoridad real y la valentía de decir que no a la última tontería pedagógica del mes.

Pero como eso no es cool, seguiremos diagnosticando el problema hasta que no quede nada que salvar. O empezamos a ser políticamente incorrectos hoy mismo, o seguiremos pagando a los mismos que nos han llevado al abismo para que nos expliquen, muy profesionalmente, cómo ha sido la caída.

Los que más tiempo pasan analizando por qué la escuela no funciona suelen ser, casualmente, los que más cobran para que nada cambie.

Llevo décadas diciendo estas cosas. Llevo años intentando, en los lugares en los que he trabajado (tanto los veintimuchos años que estado dentro, como los pocos que he estado fuera del aula) intentando dejar las absurdeces del sistema de lado y ser productivo, tanto para el alumnado como para los docentes. El problema es que eso no vende. El problema es que hay gente más interesada en perder el tiempo con chorradas que hacer cosas, en muchos casos bastante simples, para arreglar el desastre educativo. Además, seamos sinceros, intentar arreglar algo en educación es herir muchas sensibilidades y negocios… y eso es algo que no gusta.

Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.

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Un comentario

  1. Molt bé. La meua solidaritat per lo que hauràs hagut de passar per pensar lliurement i dir-ho.
    Llàstima que en la Conselleria s’assustaren.
    Continua avant, per favor.

    Daniel Climent Giner
    Catedràtic d’institut de Ciències de la Natura.
    Durant 9 anys assessor i director del CEP d’Alacant (del CEP, no del CEFIRE, abans que foren colonitzats pels polítics i els qui volien col·locar-hi).
    Ara ja jubilat.

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