Cuando La Colectividad acabó en los juzgados

Esto es un relato ficticio. Tan ficticio como esas dinámicas, vendidas desde determinados púlpitos pedagógicos, que todo el mundo dice no haber visto nunca en ningún aula. Aquí no hay personas reales, ni colectivos identificables, ni conversaciones que hayan sucedido. Solo una historia imaginada sobre lo que ocurriría si algunas costumbres digitales salieran del ecosistema de aplauso mutuo y aterrizaran en un lugar real… un juzgado.

La Colectividad llevaba años perfeccionando su deporte favorito. Señalar sin parecer que señalaban. Nunca insultaban -decían-, solo describían. Nunca atacaban -aseguraban-, solo contextualizaban. Nunca acosaban -repetían-, solo generaban debate. Habían construido un lenguaje acolchado donde cualquier cosa podía decirse siempre que se envolviera en tres capas de jerga pedagógica y una cita descontextualizada sumando, claro está, un montón de insultos y acoso de forma coordinada a quienes no pensaban como ellos.

El problema de este tipo de cosas es que funcionan muy bien entre convencidos. Fuera de ahí, pierden la magia.

Un día, alguien dejó de responder en redes. No hubo hilo indignado, ni contramanifiesto, ni debate público retransmitido. Hubo algo mucho más incómodo. Hubo silencio. Y después, papeles. Capturas. Fechas. Nombres. Todo ordenado sin adjetivos, sin marcos, sin metáforas.

Cuando aquello llegó al juzgado, la Colectividad intentó hacer lo que siempre hacía. Intentó explicar el contexto. Que si el ecosistema digital. Que si la crítica legítima. Que si la responsabilidad de señalar discursos dañinos y alejados de su ideología, mediante uso habitual de que todos eras fascistas salvo ellos. Que si la pedagogía también ocurre en redes.

El juzgado mostró una sorprendente falta de interés por la semántica. Donde ellos hablaban de «batalla cultural», el juzgado veía «descalificación reiterada». Donde escribían «poner en evidencia», el análisis leía «exposición pública organizada». Donde invocaban «comunidad», el expediente veía «coordinación».

La Colectividad descubrió entonces una diferencia fundamental entre las redes sociales y una sala judicial. En las redes basta con sonar convincente; en la sala hay que demostrarlo. Y las palabras, cuando se repiten lo suficiente contra alguien concreto, dejan de ser discurso y empiezan a parecer otra cosa.

Llegaron las condenas. Económicas. Secas. Sin relato. Sin pie de página. Sin debate posterior. Miles de euros que no podían pagarse con capital simbólico ni con reconocimiento entre pares. El lenguaje no servía como escudo frente a una transferencia bancaria.

Fue la primera vez que muchos entendieron que la impunidad retórica existe solo mientras el público sea el mismo que aplaude.

Manuel Rafael asistió al proceso con incredulidad. Había pasado años convencido de que cambiar las palabras cambiaba la realidad. Que si uno hablaba en tono académico, el golpe dolía menos. Que si todo se formulaba como reflexión, no había responsabilidad personal.

Aquella ficción judicial desmontó el truco. No era pedagogía, era presión. No era crítica, era señalamiento. No era comunidad, era masa.

El canal de La Colectividad se volvió irreconocible después. Los mensajes dejaron de ser largos. Desaparecieron las ironías públicas, los señalamientos y las capturas de pantalla de terceros. Nadie quería ser el siguiente pantallazo. El entusiasmo moral bajó exactamente lo mismo que subieron las cuotas del abogado.

De repente, descubrieron una idea revolucionaria. Hablar de educación sin señalar. Criticar sin organizar campañas. Discrepar sin convertir al otro en objetivo. Nada de eso era nuevo. Solo era más difícil que tuitear.

Manuel Rafael acabó en un Burger King ya que le echaron de esa Universidad en la que se había colocado, gracias a determinadas presiones de La Colectividad. Hizo su primera hamburguesa, después otra,… y así descubrió que no todo vale.

Había entendido algo que jamás apareció en ningún documento de La Colectividad. Aprendió que la ética no es un discurso sobre los demás, sino un límite sobre uno mismo.

Por supuesto, insisto, esto nunca ha pasado. Es solo ficción.

Recordad, como digo siempre que, a veces, escribo ficción educativa. Este es uno de esos casos. Con esto se cierra el apartado de La Colectividad en este blog. El resto de la ficción está sucediendo en otros lugares… y no por parte de quien escribe este blog.

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