TORREZNO 3PO (interludio): el descanso como acto pedagógico radical

Desapareció sin avisar.
Ni mensaje en el grupo.
Ni excusa burocrática.
Solo una foto enviada por error a un claustro de Primaria… un vaso de horchata, dos alpargatas y el mar de fondo.

TORREZNO 3PO ya había escapado.
Y no a otro centro.
No a un congreso.
A la playa de Valencia.

De incógnito.
Sin insignias.
Sin rúbricas.
Sin necesidad de justificarlo con ningún indicador del Plan de Mejora.

Al principio, no sabía qué hacer.
Nadie le pedía informes.
Nadie le preguntaba por evaluación formativa.
Nadie decía “competencias clave” en toda la arena.

Solo había tres cosas:

  1. Horchata.
  2. Sombras improvisadas con toallas del Carrefour.
  3. Conversaciones sin finalidades didácticas.

TORREZNO observaba fascinado.

Un grupo de docentes -visiblemente humanos y visiblemente quemados- hablaban entre ellos de… ¡nada!
Ninguna frase comenzaba con “en el aula”.
No había reproches al sistema.
Solo risas, ojos cerrados y protectores solares con FPS emocional.

A la hora de comer, el momento cumbre… paella.
La de verdad.
De la que si le pones chorizo, te deportan.

Un camarero comentó:

-Aquí viene mucha gente del gremio. En julio llegan arrastrándose. En agosto se van flotando.

Un docente jubilado, con la piel como el cartón de una fotocopia vieja, levantó su copa de vino blanco y dijo:

-No hay innovación que valga si llegas al verano roto.

-Lo más pedagógico que he hecho este mes es echarme la siesta.

TORREZNO anotó mentalmente: “El descanso docente no es un lujo. Es el mantenimiento preventivo de una nave emocional. El burnout no lo arregla una rúbrica. Lo arregla una tarde sin reloj y sin alumnado preguntando si pueden ir al baño.”

Por la tarde, paseó por el paseo marítimo.

Se topó con un cartel que decía:

“Jornada educativa de verano: reflexiones de playa y práctica de mindfulness evaluativo.”

Lo miró.
Y pasó de largo.

Se sentó bajo una sombrilla.
Se pidió otra horchata.
Y escuchó el mar, que no necesitaba rúbrica para ser mar.

Ya al atardecer, escribió una frase en la arena que el viento borró, pero que recordaría siempre: “Para enseñar con humanidad… hay que desconectarse de vez en cuando de la educación. Y enchufarse a uno mismo.”

Y así terminó.
En chanclas.
Comiendo fartons.
Y recordando a todo el gremio que, a veces, ser mejor docente empieza por no ser docente durante un tiempo.

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