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En primer lugar os recomiendo que, antes de empezar a cuestionar/criticar lo que escribo, lleguéis hasta el final de este post. Y que, una vez leído, si tenéis alguna duda de lo que quiero expresar, me lo preguntéis. Va, os dejo que me pongáis a caldo incluso sin leer/entender el post porque, sinceramente, ya os digo de antemano que alguno no va a entender, por incapacidad o por falta de ganas de hacerlo, lo que os voy a intentar explicar en las líneas que vienen a continuación.

Fuente: Freepick

Ayer escribí un post reflexionando acerca de por qué tantos docentes pasan de las herramientas que les suministra su administración educativa, para caer en brazos de multinacionales que ofrecen servicios “gratuitos” (ya sabemos que gratis, en este mundo no hay nada y, mucho menos viniendo de una empresa privada) o pagan con su dinero herramientas para usar con su alumnado. Algunos me han respondido que lo han hecho por culpa de la mala calidad de las herramientas suministradas por la administración educativa o, simplemente porque “les es más fácil” usar otra herramienta que la que les ofrece una administración de la que, recuerdo, formamos parte los docentes. La verdad es que sigo sin entender cómo esto solo sucede en educación y ningún profesional de otros servicios se plantea intercambiar datos en herramientas externas. No veo a ningún policía creando una carpeta compartida en Dropbox para compartir denuncias con sus compañeros, a ningún juez consultando las sentencias en Google o, a un médico decidiendo que sus pacientes tengan el historial en su casa. Ni en la nube ni en un USB. No les veo haciendo copia informática para irla moviendo por ahí. Tampoco me cuadraría ver a un inspector de Hacienda metiendo en un documento de Microsoft Office 365 u hoja de cálculo de Google, los datos económicos de los contribuyentes. En cambio en nuestra profesión hay miles de docentes moviendo los datos de los alumnos en ficheros, compartiendo notas por internet e, incluso, enviando por correos no institucionales datos acerca de enfermedades de los alumnos. Sí, he visto -y no son casos aislados- compartir el diagnóstico de una alumna con “mononucleosis” entre los docentes que daban clase en ese grupo mediante un grupo de Whatsapp.

Hoy voy a ir un paso más allá. Voy a ampliar mi reflexión a todo lo que implica la profesión docente. La única profesión que puede permitirse el lujo de ir probando recetas sin leerse ninguna investigación, plantearse el hacer determinadas cosas en el aula “por inspiración divina” o, simplemente, evaluar sin tener ningún criterio para hacerlo (o cambiando el criterio sobre la marcha). No veo yo a un médico diciendo… pues va, hoy voy a probar de extraer el apéndice por la nariz porque me flipa la idea. Tampoco veo a un policía diciendo que hoy voy a usar la porra porque hoy me he levantado con ganas. Ni a un arquitecto decir que se va a saltar la evaluación de impacto ambiental y el estudio geológico porque no le apetece. A veces se lo saltan y todos sabemos qué pasa. Eso sí, en docencia cada uno puede hacer lo que le rote porque, al final, nadie va a pedirle explicaciones. Bueno, salvo que se castigue/suspenda a alguien cuyos padres tengan ganas de cuestionarlo.

Tampoco cabría en la cabeza en otra profesión que una persona de rango más alto pudiera ser desobedecida ni se cuestionara lo que pide. Ni tampoco que se obviara la ley ni se pudiera, de forma reiterada, pasar de hacer ciertas cosas que van dentro del contrato. Y no es cuestión de ser o no funcionario porque, en los casos anteriores con los que comparo, también se tiene un trabajo “blindado” (por suerte para el funcionario y para beneficio a la sociedad en su conjunto).

No quiero entrar en la existencia de docentes que puedan ir a escuchar determinadas charlas, hacer cursos de formación en cosas que claman al cielo o, simplemente, crean en unicornios rosa. Es que, sinceramente, no veo a un médico yendo a ver a Pàmies, a un experto en vudú. Ya sé que a algunos siempre os da rabia que comparemos a los profesionales de la educación con los profesionales sanitarios. Va, si queréis los comparamos con los profesionales de la agricultura porque, sinceramente, tampoco veo a un agricultor yéndose a charlas de “rezar a los nabos para que crezcan” ni pagar para acudir a sesiones de un coach del tomate. Creo que me explico bastante bien.

Un inciso, tampoco veo a médicos, arquitectos, policías, etc. haciendo más caso a los familiares de los pacientes, jubilados “vigilaobras” o al amigo del que estaba fumándose el canuto, que a su profesionalidad. Ni que pongan al mismo nivel las valoraciones de un compañero que la de un tertuliano.

La docencia es una profesión muy poco seria. Hay mucho docente que, con toda la ilusión y buena fe, hace ciertas cosas. Además, habiendo la ventaja de que, en ningún momento puede evaluarse nada (o las evaluaciones no existen o son sesgadas), se sigue permitiendo ese despiporre profesional.

No veo a un juez, un médico, un arquitecto, un inspector de hacienda,… ni a ningún profesional que trabaje para la administración usar recursos propios para pagarse material para dárselo a los usuarios de su servicio (o que se aprovechen indirectamente de él). Tampoco veo a ninguno de ellos autoalabándose por convertir su profesión en un credo. Ni tampoco les veo alardear con su vocación. Lo que sí que veo es que son profesiones, incluso que dentro del colectivo tengan gente divertida, simpática, introvertida, extrovertida, mucho más serias que la docente.

Ahora ya os permito que me deis collejas 2.0. Eso sí, por favor, intentad discrepar del contenido no del redactor del mismo. Sé que para algunos es difícil, pero se puede 😉

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Cada cierto tiempo me planteo si las decisiones que, a nivel profesional, he ido tomando a lo largo de los últimos años han sido las correctas. Creo que, al final, soy más de impulsos que de meditación razonada y, por ello, en ocasiones me he equivocado en ciertas cuestiones (tanto a nivel de aula como fuera de ella). Y eso me lleva, tal y como me está sucediendo últimamente, a replantearme muchas cosas.

Fuente: ShutterStock

La educación no se cambia desde dentro del aula. Por lo visto, y analizando en frío las decisiones de los políticos que la gestionan (de uno u otro signo político), tampoco desde fuera de ellas. Así pues, descartando la mayor, toca ver qué afección va a tener tu labor para alguien. La clave de todo es saber si, como mínimo, esa labor profesional te llena. O, simplemente, te hace sentir bien con lo que estás haciendo.

He tomado malas decisiones. Me he equivocado al intentar hacer ciertas cosas. Mi camino profesional, después de más de veinte años en la misma profesión (a excepción de este último en el que, a día de hoy, no tengo demasiado claras algunas cuestiones), está plagado de errores que, por suerte, se han ido difuminando una vez pasado el tiempo. Me equivoco a menudo. Tomo decisiones que, al final, me acaban afectando demasiado. Me llevo demasiados golpes por no pasar de todo y plantearme que, al final, por mucho que lo defienda públicamente, todo esto no es más que un trabajo. Algo que, por mucho que os recomiende por activa y por pasiva, debería aplicarme en primera persona.

Cuando uno se da golpes contra una pared sabe que siempre va a acabar ganando la pared. Y, aún así, intenta una y otra vez golpear contra la misma. Si uno se enfrenta a determinadas personas a nivel profesional sabe que, tarde o temprano, va a acabar teniendo frentes abiertos que, en su vida, le aportan entre poco y nada. Si uno decide optar por A, B o C, al final acaba perdiendo el sentido de todo porque, se haga lo que se haga, tiene sus contraindicaciones.

En días como hoy, en los que uno duerme mal y poco, al final toca plantear qué demonios pinta uno en su profesión, qué hace en determinados lugares y, en definitiva, planteándose aplicar el concepto de “mesinfotismo” que tantos beneficios aporta a quienes lo practican. Me estoy, como he dicho en más de una ocasión, haciendo mayor. Demasiado mayor para no ver que cada vez me queda menos para muchas cosas.

Hoy seguro que habrá gente que intentará cambiar la educación. Yo hoy me conformo en sobrevivir. Sí, hoy es de esos días en los que me toca tomar determinadas decisiones. Decisiones que, como todas las que se toman, tienen sus consecuencias.