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Ya sé que es mucho más cómodo criticar y reflexionar frente a una máquina de café, un tuit o un comentario en Facebook. Entiendo que, en ocasiones, la inmediatez nos arrastre o que, por determinados motivos más o menos justificables, creamos que lo que decimos como docentes (estemos o no en el aula) no tiene ningún valor. Quizás sea por ello por lo que, conforme ha ido pasando el tiempo, cada vez hayan ido apareciendo más “cuentas en las redes sociales” de docentes, escudadas bajo el anonimato, para intentar zaherir al contrario, se hayan abandonado cientos de blogs de reflexión educativa, y muchos otros se hayan convertido en una manera de hacer negocio para algunos. Esto de tener un blog educativo en el que “vendes tus servicios o te ofreces para dar charlas de todo” no es tener un blog de reflexión educativa. Es tener un chiringuito en el que, en ocasiones, hablas sobre temas educativos. Y creo que esa no es la idea del asunto.

Fuente: Pixabay

No hay reflexión docente que no importe. No hay ningún sesgo en las mismas que pueda ser criticable por realizarse. Claro que se puede criticar el fondo de todo lo que se propone pero, sin proponer o reflexionar acerca de nada y basar tu vida digital en cuestionar lo que dicen los demás, estamos entrando en un terreno abonado para el despropósito. Claro que es más bonito criticarme a mí o a otros que escriben sobre educación y dan, libremente, sus puntos de vista pero, ¿no os dais cuenta que lo lógico sería, aparte de cuestionar sus puntos de vista, que vosotros reflexionarais, más allá de las redes sociales, de los mismos? Es tan importante lo que podáis decir como lo que pueda decir alguien con miles de seguidores en las redes sociales. A mí sí que me importa qué podáis decir. Eso no significa que esté de acuerdo con lo que digáis pero, si no decís nada, el procomún queda muy cojo de aportaciones. Hay personas que quieren escuchar qué es lo que tenéis que decir. Además, siendo docentes, que trabajáis directa o indirectamente con el alumnado, el valor de lo que decís es mucho mayor que los resultados de cualquier encuesta de esas que últimamente están haciendo algunos. Contestar sí o no es lo fácil. Articular vuestras reflexiones cuesta pero, sinceramente, aporta mucho más a la educación. Hay falta de reflexión educativa. No hay reflexión pequeña ni inútil.

Siempre he defendido que, dentro del kit digital docente, algo imprescindible, más allá de crear materiales como si no hubiera un mañana, asistir a webinars, leerse libros de teorías pedagógicas inverosímiles o centrarse en lo que sucede en su pequeño ámbito laboral (por ejemplo su aula), es importante no perder ese conocimiento e ideas que se tienen. Algo que si no se plasma en ningún lugar va a desaparecer porque, si algo no se escribe más allá de algo tan efímero como es una publicación en las redes sociales, llega un momento en el que, cuando desaparece la persona de la profesión, acaba desapareciendo.

Estoy convencido de que no se trata de escribir más o menos bien. Se trata de reflexionar en un lugar que perdure y que, si dicha perduración se comparte con terceros, ayuda a mejorar como conjunto a la profesión docente. E, incluso que uno escriba para sí mismo, ya está haciendo mucho más para mejorar como docente que el simple hecho de dar clase. No sé si me explico pero, a veces, hay conceptos que resultan difíciles de plasmar en un post. Eso sí, lo importante es plasmarlos porque, al final, la gente que tiene ganas de aprender de los inputs de los demás, mejorar profesionalmente o ver la educación, no como un aquí y ahora, sino como algo a medio o largo plazo, necesita escribir y reflexionar sobre ello. Sin reflexión no hay mejora individual. Sin reflexión abierta no hay mejora colectiva.

Si eres docente… ¡TÚ OPINIÓN SÍ QUE IMPORTA! Vale también para esas propuestas con la finalidad de mejorar la educación que, seguramente tenéis y que jamás os habéis planteado en compartir o enviar a la administración.

La estupidez no tiene límites. Cada vez más, cuando uno escribe un post en su blog o dice algo en sus redes sociales, uno debe estar más preocupado por no ofender a nadie que por, simplemente, expresar sus ideas acerca de cualquier tema. Y ya no hablemos del humor. Reírse o ser sarcástico siempre tiene, por desgracia, aquel típico paladín de lo políticamente correcto, que te afea tu conducta. Es que ya en este país no se hace humor. Humor del que uno puede pasar si no le gusta el chiste pero, no por ello deja de tener su público.

Fuente: Facebook

Lo anterior sucede últimamente también en el ámbito educativo. No es solo la crítica de algunos medios con titulares sesgados en los que afirman que los docentes nos reímos de los alumnos en Twitter (que, por qué vamos a negarlo, a veces lo hacemos). Es la necesidad de no entrar en enfrentamiento con quienes venden pseudoterapias e, incluso, la necesidad de soportar estoicamente determinados pamplineros que, a las redes sociales me remito, hacen suyo un discurso de falsedades absolutas acerca de metodologías fantásticas o, incluso hablan de la existencia de seres divinos y poderosos, para justificar determinadas de sus afirmaciones. Y que uno no pueda cachondearse del personal que cree en unicornios azules envueltos en mantilla ya es de traca. Lo mismo que preocuparse de un niño de tres años vestido de legionario, otros simulando al Ku Klux Klan o, quizás, un tercer grupo en el que algún tipejo que se autodenomina docente, les hace padecer mindfulness. Ya está bien. Prefiero mil veces el humor malo que el humor inexistente. Prefiero las posibilidades de crítica a todo y a todos que eso que se ha manipulado para llamar etiqueta digital (netetiqueta en versión cool). Y más cuando se aplica a docentes. Parece que por ser docente uno no deba poder decir ciertas cosas. Pues va a ser que no.

Había pensado en empezar a cachondearme de veganos, budistas, gemelos, morenos, tatuados en el ojete o, simplemente, asistentes a un congreso en el que participan alguno de esos gurús educativos tan conocidos. Sería interesante ver la cantidad de defensores de determinados personajes, metodologías o maneras de ser que pueden aparecer en el pack de ofendidos que exigen que no se les cuestione cuando uno osa (sí, he dicho osa) meterse con sus opiniones. Pues va a ser que creo que las opiniones de todo el mundo pueden ser respetables pero eso incluye que las mías también lo sean. Si me apetece decir que algo es una chorrada puedo decirlo. Si me apetece tomarme con humor que uno se pase media vida haciendo rúbricas para evaluar a los alumnos, diga que el iPad es el dispositivo no va más para el aula o, simplemente, que otro me cite como grandes docentes a determinados nombres cuyo único mérito ha sido fugarse cuanto antes del aula, voy a seguir haciéndolo. Hasta los mismísimos de las cortapisas de lo que puede o no puede decirse.

Los límites del humor últimamente se están recortando en exceso. También los de opinión. Eso sí, por lo que algunos estamos observando, parece que los límites de la estupidez tienden a infinito. Pongamos que no estoy solo hablando del ámbito educativo pero, por motivos obvios debidos a mi profesión y por gustarme naufragar en las redes sociales, de esos me estoy dando más cuenta últimamente.

Un detalle… mi opinión, como digo siempre, es tan buena o mala como la de cualquiera. Eso sí, por favor, no seáis políticamente correctos al decir lo que pensáis porque, por suerte aunque parezca que visto lo visto no sea así, estamos en el siglo XXI. Bueno, esa es una pequeña mentirijilla porque, en no pocas ocasiones, parece que nos esté quedando un siglo XIX bastante interesante.

No, la verdad es que la ecuanimidad no es una virtud de quien diserta, desde posiciones más o menos cercanas a la profesión docente, acerca de temas educativos. Ser ecuánime implicaría aislarse de ideologías propias y, más allá de casos particulares o suposiciones acerca de qué debe ser lo correcto, basarse en datos reales y concretos tomados al margen de cualquier interés exógeno. Ya veis que tampoco sirven, por ello, las pruebas externalizadas para pulsar el sistema al estar ya viciadas por la propia organización que las diseña y ejecuta. La ceguera parcial es habitual y, por mucho que alguien afirme con rotundidad A, B o C, se verá obligado a replantearse dicha afirmación si intenta aislarse de ideas preconcebidas o valores absolutos. Además, seamos sinceros, ¿a alguien le interesa ser ecuánime cuando habla sobre temas educativos?

Fuente: ShutterStock

Las ópticas siempre son divergentes al tratar de situaciones sociales y, es por ello que la Educación -conformada por una relaciones sociales sin parangón- siempre va a ser analizada de forma parcial. Ya no es sólo el planteamiento previo de uno que hacer ver diferentes colores en función de la inclinación de los rayos solares. Se trata de la necesidad imperiosa de sentirse formando parte de un grupo que piense como él. No hay realidad. Hay falta de ecuanimidad y suposiciones que, en ocasiones, hacen que la habilidad para modificarlas en función de guiones nada prediseñados, sea la clave de la opinión. Sí, todo es opinión y por tanto todo es opinable. Bueno, más que opinable… defendible. Las argumentaciones educativas permiten siempre defender una cosa y su contraria. Además, curiosamente, con argumentos igualmente sólidos y basados en investigaciones supuestamente realizadas científicamente.

Cuesta encontrar verdades educativas. Bueno, dudo que las haya. Eso sí, la facilidad que tenemos algunos de indignarnos cuando vemos a ciertos personajes que se atribuyen la ecuanimidad absoluta en sus palabras, el buenismo o, yendo aún más lejos, sus postulados ideológicos impolutos que les permiten defender a ultranza lo que digan los “suyos”, es algo preocupante porque debería importarnos más bien poco. Conversaciones ecuánimes para demostrar que no lo son. Planteamientos absolutistas que lo único que tienen de absoluto es la falacia argumental de los mismos. Estrategias fantásticas que se desmontan al poco de pisar un aula y, que tienen muy poco que ver con cuestiones científicas y mucho con realidades de contexto, nos lleva a algunos por el camino de la amargura.

Supongo que me estoy haciendo mayor. Que la realidad siempre me complica y me impide justificar ficciones educativas más o menos bien elaboradas. No, quizás no llega uno al estado de implosión pero, hay ocasiones en las que a uno le gustaría tener la falsa ecuanimidad de la que hacen gala cada vez más farsantes del vodevil educativo.

Hola responsables de la administración educativa y políticos que gestionáis el sistema educativo en este país, os recuerdo que en las aulas estamos trabajando unos cientos de miles de docentes que también querríamos expresar nuestra opinión sobre un futuro Pacto Educativo. Sí, a veces nos sentimos ninguneados cuando vemos que en todas las reuniones que mediatizáis tanto sólo existen docentes que pisaron las aulas cuando aún la televisión era en blanco y negro, organizaciones religiosas, sindicatos y, alguno de esos profesores de Universidad que, más allá de lo interesantes que puedan ser sus opiniones, desconoce lo que sucede en el día a día en una de esas aulas donde hay alumnos de enseñanza obligatoria. Por favor, que somos unos cuantos los que podemos decir qué necesitamos o daros una perspectiva única de lo que está sucediendo. Que ya está bien que la opinión de los padres sea más importante que la de aquellos profesionales del sector. Y no, no es una crítica por tener en cuenta ese tipo de opiniones, simplemente la constatación de que para los políticos los que estamos en el aula pintamos entre poco y nada en la toma de decisiones educativas. Algo que es un auténtico despropósito.

Fuente: http://logomurcia.blogspot.com.es/
Fuente: http://logomurcia.blogspot.com.es/

Esta semana pasada se han celebrado reuniones a alto nivel donde teólogos, sociólogos, organizaciones religiosas y sindicatos han dado su opinión acerca de lo que debería hacerse para mejorar el sistema educativo. Coño, ¿dónde están mis compañeros? Bueno, supongo que acabando con ese infumable papeleo que toca realizar al acabar el curso con los alumnos. No sólo eso, ya estamos planteándonos las “larguísimas” vacaciones, esperando y temiéndonos al volver encontrarnos alguna medida “estrella” de nuestra administración educativa para la que no nos habrán consultado nada. Lo de siempre. Los grandes ninguneados del sistema. Sí, los docentes de aula, por desgracia, somos los grandes olvidados del sistema. Un sistema que sólo se preocupa por lo que le dicen personas que nunca han pisado un aula o que han salido de la misma ya hace unos cuantos años para “asesorar” a los políticos en la toma de decisiones. Manda huevos. Sí, manda carallo como dirían mis compañeros gallegos.

Recuerdo a los políticos en este artículo que en las aulas tenemos a los profesionales, que algo sabemos del tema, para que os podamos ayudar en la toma de decisiones educativas. Os recuerdo que, más allá de que no quede muy bien para salir en titulares, dejaros ayudar por Juan, Pedro, Rosa, Lucía o Jordi, ya que son quienes más saben del tema y de las necesidades que tienen los alumnos. No, quizás no vende tanto como consultar a un cocinero con estrellas michelín o a un futbolista para que os hable de qué medidas son las ideales para mejorar la educación en nuestro país pero, a mi limitado entendimiento, saben algo más que ellos. Eso sí, ¿cómo osaría arruinar un buen titular o dejar de politizar el chiringuito educativo pidiendo que escucharais a los docentes que lo pasamos bien, mal o regular en las aulas? ¿Cómo osaría pediros que cambiarais ese titular por algo que puede ayudar a mejorar nuestro sistema educativo?

Nada, seguid como siempre chicos pero os recuerdo que estamos aquí por si algún día queréis pedirnos la opinión y empezar a mejorar algo…