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Debo reconocer que, a pesar de estar ya curtido en determinadas lides “virtuales”, aún me cuesta en algunos momentos lidiar con las críticas. Reconozco que prácticamente todo lo que escribo puede rebatirse e, incluso ser, en ocasiones, fácilmente contraargumentable. No es malo debatir y, sinceramente, creo que en el debate, a un cierto nivel y de cierta altura (aunque, en ocasiones, también me guste bajar al “barriobajerismo”), aporta a todos los que debaten.

Fuente: ShutterStock

Como comenté hace tiempo, ya son diez años con una presencia más o menos constante en la red. Ello me ha generado numerosas críticas. Creo que es algo lógico. Al final la crítica no deja de ser algo más dentro de nuestro propio ADN. Qué haríamos si no tuviéramos la necesidad de criticar. Por eso triunfan determinados espacios televisivos y han triunfado las redes sociales. Vamos a ser claros. En la crítica está parte de la adicción de determinadas cosas pero, ¿cómo hacer que esas críticas duelan cada vez menos?

La verdad es que os recomendaría leer los consejos que puede dar un profesional del asunto pero, al final como hago siempre, voy a compartir qué me funciona en muchas ocasiones. Y, sinceramente, cada vez repercute menos en mi persona (quizás por motivos y situaciones personales) las críticas que algunos hacen/hacéis a lo que digo en este mundo virtual. Un mundo virtual que, como todos sabemos, cada vez cuesta más disociar del no virtual. Quizás sea porque, al final, todo acaba formando parte de un todo. Quién sabe.

¿Qué me funciona a mí con las críticas que recibo? Pues lo primero es intentar dotar de importancia real a determinadas cosas que me dicen. ¿Tiene alguna importancia? ¿Me van a afectar en mi día a día? ¿Realmente me interesa que el gilipollas de turno me esté contestando en Twitter un día sí y al otro también? El botón de silenciar en Twitter, como he dicho en más de una ocasión, es el mejor botón del que dispone la red del pajarito. No sabéis la cantidad de salud mental que ganaréis usándolo con fruición. Es que, como he dicho siempre, hay debates que, a partir del segundo tuit, ya sabes que van a ser imposibles. Y, salvo tener un momento de aburrimiento (léase sala de espera del médico, esperar a que la familia haga determinadas compras, etc.) se ahorra en salud. Eso sí, jamás toca tomarse en serio lo que la gente te dice por las redes. Ni lo bueno ni lo malo. Es que, por desgracia, tendemos mucho a confundir la tipología de las relaciones. Al igual que sucede en nuestro trabajo. He pasado por varios centros y he tenido compañeros con los que me he relacionado más, otros con los que la relación ha sido poca o inexistente. También he tenido aquel mínimo número de personajes que todos estamos obligados a soportar. A veces he hecho algún amigo pero, como todos, los amigos se pueden contar con los dedos de la mano. Otra cosa son los conocidos con los que puedes llegar a compartir más o menos.

Otra cosa que también me ayuda a lidiar con las críticas que recibo es plantearme si son ciertas. A veces hay personas cuya crítica me ayuda a mejorar a determinados niveles. He aprendido mucho de algunas críticas. Son las menos porque, no creo que confundir crítica con debate sea necesario,… aún así hay cosas que me han dicho que me han obligado a replantearme ciertas cosas.

Más importante que todo lo anterior es tener gente que te quiera y que esté a tu lado. Entonces, y sean una o cientos las críticas recibidas, las vas a relativizar totalmente porque, al final, lo que tienes que tener claro es que las críticas, al igual que la ausencia de ellas, son simplemente situaciones puntuales.

Finalmente debo confesaros que aún me afectan ciertas críticas pero, por suerte, tengo una enorme facilidad en olvidar. Un olvido que, en ocasiones, es algo que muchos deberíamos potenciar para quedarnos con lo bueno de las cosas. Bueno que, al menos en mi caso, hay mucho en lo que me rodea y en lo que me aporta esa presencialidad y virtualidad que, en ocasiones, van de la mano.

Dedicado a un compañero que me ha preguntado, por mensaje directo en Twitter, cómo lo hago para lidiar con las críticas. La verdad es que cada uno busca la mejor manera de lidiar con ellas. Yo, simplemente, he expuesto lo que acostumbro a hacer. No pretendo que sea un consejo porque, al final, cada uno se enfrenta a las cosas de la forma que puede o considera que es mejor.

No me critiquéis mucho por este post 😉

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Son malos tiempos para la lírica educativa. Malos tiempos para expresar libremente tus sentimientos, emociones o, incluso, contradicciones educativas en abierto. Ya no es sólo el brutal despliegue mediático de determinadas prácticas, de modelos económicos que defienden un modelo educativo determinados o, simplemente, intereses muy alejados de nuestras aulas. Llega a ser algo que, imbuido, avalado y ejercido con nocturnidad, poca transparencia y mucha alevosía, llega a doler. No son trolls, son auténticos hijos de puta que, dan su cara más amable en abierto y aprovechan la privacidad de los mensajes directos en Twitter, mensajes en Facebook o inviolabilidad de los correos electrónicos para, curiosamente, sacar su verdadero aspecto. Un aspecto plagado de furia, necesidad de autoafirmación e insultos gratuitos ante su incapacidad para el debate abierto. Uno entiende muchas cosas, intuye otras y, al final, se da cuenta que todo esto de la mediatización educativa ha generado una gran cantidad de frustración entre algunos al ver que no consiguen su parte del pastel o se les cuestiona ciertas prácticas, en lugar de recibir la adoración que creen que se merecen. Supongo que esa sensación genera determinado tipo de respuestas pero, ni como persona ni como docente (sí, incluyo mi profesión) no lo permito. No permito que nadie insulte gratuitamente por mucho que le “piquen” algunos artículos, tuits o, simplemente, postulados.

Fuente: ShutterStock

Todo el mundo tiene derecho a expresar sus ideas sobre el tema que considere, a ser rebatido e, incluso, a poder establecerse un diálogo o debate más o menos encendido acerca de determinados puntos de vista. Preocupante que sea desde el anonimato. Indefendible que sea en privado, sabiendo que esos mensajes no van a poder usarse o difundir en público, más aún cuando dicha conversación se convierte en lugar de diálogo en simples insultos. Uno “no es basura” por defender una opción educativa; tampoco es un “retrasado que no entiende nada y que debería, como tal, largarse del aula” y, aún menos, alguien “para ser eliminado porque es lo peor”. No es un debate serio sobre ideas. No aporta nada. No tiene, sinceramente, ningún sentido. Lo sé, quién se pica ajos come pero, al final, ya no es cuestión de anónimos; es ver como personas que en la red demuestran lo buenas que son, lo mucho que comparten o, simplemente, sus ansias de mejora del sistema educativo (según dicen), se convierten en auténticas hienas en privado. Da pánico. Más aún cuando ves que son encumbradas o adoradas como deidades. Y eso me preocupa. Me preocupan este tipo de actuaciones, lamentablemente, cada vez más habituales en las redes. La crítica, algunos no entienden, que se debe dar con nombre y apellidos en abierto. No me importa. Es lícito criticar al personaje o a lo que defiende. Siempre lo es. Lo que no lo es, es modificar el debate para convertirse, no se sabe el motivo, en una caza al hombre. Sé que no gusta que no te lleven o no tener razón pero ello jamás debe llevar a actuaciones desproporcionadas. Un mal ejemplo para la educación que tanto queremos mejorar muchos. Una mala praxis que, al final, lo único que hace es quitar a algunos toda la razón que podrías llegar a tener porque, en más ocasiones de las que me gustaría (sic.), hay debates que pierdo y que me obligan a replantearme muchas cosas. No creo que me haya expresado bien. No es que los pierda, pierden mis ideas acerca de ciertas cosas pero se enriquecen en número y calidad gracias a ello.

Estoy preocupado. Preocupado ante la deriva de la educación más mediática reconvertida en espectáculo circense. Hay payasos, magos y pirañas. No hay jefe de pista y el personal se acaba desmadrando. El problema es que dicho desmadre se ha convertido en un ataque gratuito a aquellos que no piensan como uno. Y todos sabemos que, por desgracia, las pirañas siempre van en grupo y se esconden antes de atacar a su presa. Una presa que, al final, sólo se elige por haber dicho, en el caso educativo, algo que no gusta o plantea la realidad de ciertos chiringuitos. Malos tiempos para la lírica educativa. Larga vida a una noche de los cristales rotos que, para mi gusto, está siendo demasiado larga y en la cual están participando cada vez más “docentes”.

La tecnología ha hecho muy fácil que se extienda el enfrentamiento de bares a los contextos digitales. El problema es que, como mínimo en el bar, se estaba obligado a dar la cara.

Las críticas duelen. Sí, por mucho que uno parezca inmune a las críticas, las mismas siempre duelen en diferente grado en función de donde provengan. Sí, uno no está nunca inmunizado y, por desgracia, a los seres humanos nos cuesta mucho más encajar una crítica que recibir cientos de palmadas en la espalda y comentarios acerca de lo bien que hacemos las cosas. Es por ello que algo básico debería ser aprender a encajar esas críticas que, por desgracia, siempre van a aparecer cuando uno se posiciona abiertamente en un sentido o en otro. Y no es sólo a nivel educativo, es a cualquier nivel. Posicionarse abiertamente a favor de un determinado partido o, incluso, a favor de un equipo de fútbol, también puede llegar a traer las críticas de quienes no piensen -de forma muy libre- diferente de uno.

Fuente: ShutterStock
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Debería estar curado después de algo más de siete años abriendo mis posicionamientos educativos a cualquiera con conexión a internet. Debería entender que, por desgracia, hay personas que van a llevar la crítica a cuestiones personales sin tan solo conocerte. Debería haber aprendido que exponerte abiertamente deja muchas partes de tu cuerpo poco protegidas y que, a veces, ello puede provocar que te duelan determinadas zonas del mismo. Y también, aunque lo incluya dentro del mismo paquete, debería haber comprendido que, por mucha capacidad de aguante que tenga uno, al final es más que probable que, en algún momento, te salga un exabrupto y pierdas las formas ante lo ruin que se demuestra el ataque ideológico convertido en personal.

La ventaja de tener un blog es que, más allá de publicar ideas acerca de un determinado tema, te permite reflexionar acerca de las implicaciones de lo que estás publicando. La diferencia respecto a hacerlo en un trozo de papel, además de la posibilidad de hacerlo sin faltas de ortografía gracias al corrector que lleva por defecto la plataforma en la cual escribes, es que estás usando el mismo medio por el que te llegan esas críticas que te obligan a reflexionar y que, a veces por preparado que estés a recibirlas, se superponen a la necesidad de obviarlas. Y por mucho humor que destiles, siguen doliendo. Más aún las que, en lugar de rebatirte ideológicamente, llevan asociada la necesidad de echar la rabia contenida porque alguien se ha atrevido a tocar determinadas cosas que, para algunos son inamovibles.

Si uno ya puede discutir por si los míos o los tuyos se han pagado con dinero público un determinado viajecito, imaginemos lo que da hablar de temas más serios como el educativo. Da para mucha más ración de sentimientos. Sentimientos que marcan reacciones. Reacciones que salpicadas por instintos barriobajeros básicos impelen a ser más o menos borde en cualquier interacción.

A pesar de llevar años en las redes y manteniendo este blog las críticas llevadas al terreno personal duelen aunque, como he dicho en el título del post, cada vez menos.