Los «profes» de agosto que nunca se van de vacaciones
Ayer, mientras estaba acabando de maquetar el libro de mi Torrezno 3PO (¡qué guerra me está dando su maquetación!) para poder cumplir con la promesa de tenerlo, o bien para finales de agosto o septiembre, con el fin de que os lo podáis descargar, me puse a pensar en aquellos años en los que en agosto, de forma libre y sin que nadie me amenazara, publicaba materiales educativos o reflexiones ¿sesudas? sobre educación en este blog. Sí, lo reconozco, yo he sido de esos que voy a cuestionar hoy. Quizás sin el mantra del negocio detrás, pero incumpliendo una de las necesidades básicas para ser un buen profesional (no solo) de la educación: desconectar en vacaciones.
Ser un buen docente implica saber gestionar los tiempos. Tiempos que pasan mucho más rápidamente de lo que os pensáis y que, por desgracia, en el devenir de vuestro día a día os traen cambios de todo tipo. Nada, después de este rollo, voy con el artículo de hoy. Un artículo en el que sí que hablo de educación porque me apetece pero, como os he dicho antes, sin nada que venderos ni imposiciones ideológicas que haceros. La libertad consiste en dejar que cada uno piense lo que quiera y que haga lo que quiera mientras, claro está, no haga daño a los demás. Algo que, como ya sabéis, a algunos ultras (no solo) de la educación no les gusta.
Vamos a ello…
Agosto. Mes de playa, chiringuito, siestas eternas y desconexión. Salvo para un sector muy concreto. Los que se autodenominan “referentes educativos” y que, en lugar de descansar, se dedican a bombardearte en redes con frases inspiradoras, fotos de sus cursos y la última ocurrencia metodológica que, casualmente, puedes comprar en su academia online.
Son los mismos que suben un selfie desde la piscina con el libro que ellos mismos han escrito y que te recomiendan como si fuera lectura obligatoria para sobrevivir al próximo curso. Dicen que no desconectan porque la educación es su pasión. La verdad es que no desconectan porque el negocio no puede parar. Si baja el ritmo de publicaciones, baja el flujo de seguidores o de ingresos en caja. Y claro, la vocación tiene facturas que pagar.
El verano se convierte en temporada alta para el postureo pedagógico. Las redes se llenan de hashtags con mensajes que parecen de Mister Wonderful versión docente. Que si “enseñar es tocar corazones”, que si “sin emoción no hay aprendizaje”, que si “el aula es el lugar donde empieza la magia”. Todo muy bonito, muy compartible y muy vacío. Mientras tanto, lo único que se toca, en algunos casos, es el botón de “añadir al carrito”. O para los más egocéntricos, el número de seguidores en sus redes sociales que les van, como ya sabéis, permitir acceder a ser las estrellas de la educación mediática. Un educación que se desmonta, por cierto, al entrar en cualquier aula.
El menú es variado. Están los que venden academias milagrosas con cursos que te prometen revolucionar tu forma de dar clase en diez horas. Están los que montan talleres de innovación educativa donde el PowerPoint brilla más que cualquier propuesta real. Están los que venden su ideología disfrazada de pedagogía moderna, porque nada mejor que el verano para convencer a un público relajado de que la única forma de educar pasa por repetir su catecismo.
Lo mejor de todo es la sincronización. En pleno agosto, mientras tú peleas por conseguir sombra en la playa o un camino idílico por el norte, ellos están lanzando campañas con frases tipo “no esperes a septiembre para transformar tu aula”. Como si la única forma de ser buen docente fuera invertir el verano en comprar sus productos o ideología. Lo llaman formación, pero parece más una teletienda.
Y cuidado con los que han descubierto que una buena imagen de Instagram vale más que cien artículos académicos. Rincones de lectura con velas, pizarras pintadas con lettering y frases inspiradoras sobre arena mojada. El aprendizaje, convertido en decoración de catálogo de Ikea. Y detrás, el enlace para comprar el curso completo.
La paradoja es brutal. Llevamos años hablando de la importancia de desconectar, de la salud mental del profesorado y de poner límites. Y, sin embargo, los gurús de agosto insisten en que, si quieres ser un docente de verdad, tienes que estar conectado las veinticuatro horas. O comprando. O compartiendo. O, mejor aún, recomendando su último libro.
Agosto debería ser el mes del silencio educativo, del descanso real y de no tener que escuchar ni una sola charla sobre metodologías mágicas. Pero se ha convertido en la feria del humo pedagógico. Un mercado de verano donde, en lugar de sombrillas y flotadores, se venden promesas de innovación, ideologías camufladas de didáctica y un ego docente más hinchado que cualquier colchoneta de unicornio.
Así que, cuando veas otro post de piscina, a veces con cita motivacional incluida, recuerda que no estás ante un docente que inspira. Estás ante un vendedor en chanclas que sabe que agosto es el mejor mes para colocar su mercancía. Porque el humo, igual que el helado, se derrite rápido si no lo consumes en el momento.
Finalmente dejadme que insista en la desconexión laboral. Es necesaria porque hay vida (¡muy importante!) fuera de vuestro trabajo por mucho, claro está, que me/os guste. Eso sí, haced, como siempre digo, lo que os dé la gana.
Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.
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