La inflación del 10 o cómo los aprobados regalados han convertido la Selectividad en una lotería clasista
Estamos asistiendo al mayor fraude de la historia de la educación española. Me estoy refiriendo a la muerte de la evaluación real. En nombre de la inclusión, el bienestar emocional y el imperativo estadístico de las administraciones, hemos permitido una inflación de notas sin precedentes. Hoy en día, tener un 9 o un 10 en el expediente de Bachillerato ya no es sinónimo de excelencia; es el resultado de la rendición de un sistema que prefiere regalar sobresalientes antes que gestionar la frustración de un alumno o la reclamación de una familia.
Esta devaluación del aprobado no es progresismo; es una estafa que ha convertido las pruebas de acceso a la universidad en una lotería injusta donde el rigor de cada vez menos escuelas es castigado y el aprobado generoso de ciertos centros es premiado.
La realidad de las aulas de Bachillerato es dramática. Los docentes se enfrentan a una presión insoportable para inflar las calificaciones. Si pones un examen con el rigor que exige la educación superior, te arriesgas a un calvario burocrático. Te arriesgas a justificaciones ante jefaturas de estudios, reuniones de departamento y la amenaza constante de reclamaciones eternas apoyadas por normativas que siempre asumen que el docente es el culpable. Ante este panorama, muchos centros han optado por la vía de la paz social… el aprobado generalizado de alta gama. El 10 se ha convertido en la nueva nota de corte de la mediocridad.
Para entender la magnitud de la tragedia, solo hay que mirar los datos de las Pruebas de Aptitud Personal (PAP) necesarias para acceder a los grados de Maestro en Cataluña. Año tras año, más del 50% de los alumnos que llegan con su flamante título de Bachillerato bajo el brazo suspenden estas pruebas. Y lo más sangriento no es el porcentaje de suspensos, sino el examen en sí. Las PAP miden competencia lingüística y matemática con un nivel que apenas roza el ecuador de 4º de la ESO.
Estamos diciendo que la mitad de nuestros futuros universitarios, avalados por un título oficial de Bachillerato, son incapaces de comprender un texto básico o resolver un problema de porcentaje de secundaria obligatoria. El título de Bachillerato se ha convertido en un simple certificado de asistencia.
Este tsunami de ignorancia titulada ya ha derribado las puertas de las facultades. Al principio, la universidad se quejaba del nivel de los alumnos que le llegaban; hoy, simplemente se ha adaptado al desastre. Para evitar tasas de abandono masivas y la pérdida de financiación que ello conlleva, las universidades han empezado a bajar descaradamente las exigencias y el nivel de sus notas. Los exámenes de primero de carrera de hoy se parecen sospechosamente a los de COU o el Bachillerato de los años 90. Se aprueba por debajo de los estándares mínimos porque la alternativa -el suspenso masivo- es políticamente inasumible para los decanatos. La universidad ha decidido ser el último vagón de la guardería obligatoria.
Cuando todo el mundo llega a las pruebas de acceso con expedientes inmaculados de 9,5 hacia arriba, la fase general de la Selectividad deja de ser un filtro de conocimiento para convertirse en una ruleta rusa de la milésima. Un alumno que sabe muchísimo más que otro puede quedarse fuera de la carrera de sus sueños simplemente por un error de lectura.
Y aquí es donde el sistema se vuelve ferozmente clasista. Un instituto riguroso que mantiene el nivel perjudica a sus alumnos frente al centro que infla las notas sin pudor para vender éxito a las familias. Al ponderar el expediente un 60%, la administración está premiando el dopaje de notas. El hijo del obrero que estudia en un centro exigente es adelantado por la derecha por el alumno que pagó por un expediente a la carta.
Permitidme un inciso… lo que antes era una diferenciación clara entre centros públicos y privados (concertados o no), hoy en día se ha convertido en una merienda de negros con independencia de la titularidad del centro. Para eso solo hace falta ver, por ejemplo, los datos desagregados por centros educativos, en los que aparecen la media de la Selectividad, la media de las calificaciones de Bachillerato y las desviaciones típicas entre ambas. También aparecen los datos obtenidos por materia en esas Pruebas de Acceso. Algo sobre lo que escribí hace ya algunos años (enlace).
Basta de falsear la meritocracia. El sistema educativo debe volver a evaluar con honestidad desde la base hasta la universidad. Un 5 debe significar suficiencia y un 10 debe ser un hecho excepcional, no el estándar del catálogo. Si seguimos permitiendo que las notas sean mercancía de cambio para evitar conflictos y maquillar datos de cara a Europa, seguiremos destruyendo el futuro de los que de verdad se esfuerzan.
PD. Sé que no se llama Selectividad, pero como cada año cambian de nombre, he usado la palabra que «entendemos todos» (trabajemos o no en docencia).
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Artículo fantástico. Enhorabuena.
Soy docente de secundaria. La educación está destruida. Es una estafa. Una enorme guardería para que el sistema pueda seguir abusando de los padres de esas criaturas.
La educación es solo un reflejo de la descomposición más absoluta de la sociedad y la familia. Del sistema.
La mayoría de la gente todavía no ha entendido el mundo en el que vive y lo más grave, prefiere no entenderlo por aquello de «ojos que no ven, corazón que no siente».
Yo soy de 1975, estudié la EGB. Y se supone que aquella educación era mucho mejor que la actual. Pero hace 5 años quedó en evidencia que no es así. Lo más importante de la educación que es el sentido crítico, la duda y hacerte preguntas para crear tu propio criterio y evitar la manipulación y el engaño, brilló por su ausencia hace 5 años. Y si, también brilló en mi generación de la EGB de la exigencia y esfuerzo.
En mi caso, me educaron para un mundo que estaba a punto de desaparecer. Hoy es mucho peor. A mis alumnos se les educa para un mundo que ya no existe y que además es mucho más peligroso que el de los años 80 o 90. Para la reflexión.