Algunos días me planteo qué sucedería conmigo si se impusiera en los centros educativos públicos, de forma global, la posibilidad de que los directores conformaran su claustro de profesores. ¿Qué sucedería si en mi centro actual, al nuevo equipo directivo se le pasa por la cabeza imponer un centro con deberes, basado en las inteligencias múltiples u obligaran, a todo el profesorado, a acudir a sesiones de mindfulness de forma obligatoria, antes del primer timbre? ¿Qué pasaría si lo de trabajar horas más allá de tu horario laboral se convirtiera, siempre por el bien del centro, en algo totalmente imprescindible? Pues bien, yo lo tengo claro… Jordi sobraría en ese centro educativo.

A lo mejor la selección de la dirección de ese centro trae a profesionales mejores que yo. Bueno, eso no sería relevante porque, al final, lo importante es que siguieran un proyecto pedagógico basado en determinados criterios que, por imposición, se han marcado a fuego como líneas maestras a seguir. Atentando, claro está, a todos los principios constitucionales que hablan de la libertad de cátedra pero, como ya sabemos que la Constitución es algo para ser saltada según interese o no, tampoco acabaría pasando nada. Ya tendríamos, de facto, un centro homogéneo que seguiría una determinada manera de hacer clase.

Me preocupa que lo anterior lo defiendan docentes que se llenan la boca de decir «vivas a la escuela pública». Bueno, debe ser a su escuela pública. O, más bien, a su chiringuito público. Eso de querer homogeneizar al profesorado es algo que jamás se me hubiera pasado por la cabeza que fuera un deseo de tantos. No solo en las redes sociales. También fuera de ellas. Hay algunos que prefieren tener al callado Juan, a la que hace horas sin quejarse montando proyectos varios, Julia, que a uno que cuestiona la deriva del centro o, simplemente, se plantea cambiar la metodología según la demanda de su alumnado. No hay dos clases iguales. Por eso no funciona ninguna metodología, entendida de forma global, en ningún aula. Y eso es algo que los que imponen metodologías no entienden. Como tampoco entienden que, al final, lo que están pidiendo con esa selección a dedo, no es mejorar la educación en su centro educativo. Bueno, eso ya lo saben. Tener claustros homogéneos es un win win en toda regla para cualquier equipo directivo. No nos olvidemos que trabajar sin que nadie cuestione qué se está haciendo es algo que gusta. Especialmente a los que añoran ser propietarios de plantaciones de algodón sureñas.

Seguramente en unos años (bueno, ya lo está siendo en algunos centros catalanes) veremos centros homogéneos, con profesorado homogéneo y alumnado heterogéneo al que, por desgracia, no se podrá dar oportunidades ni verán la diversidad, porque todos sus docentes serán copias exactas unos de otros. No olvidemos que el filtro «metodología», en muchas ocasiones también incluye el filtro «ideología». Y eso, al final, lo único que hace es empobrecer la educación en su conjunto.

Finalmente, solo una pregunta para todos aquellos que defendéis (que sois unos cuantos) la selección del profesorado, en función de que el mismo esté acorde con los «criterios del centro»: ¿estaríais dispuestos a aceptar que se pudiera seleccionar al profesorado en centros educativos donde se prohibiera el uso de tecnología y métodos, supuestamente, innovadores? Es que, curiosamente, la petición de echar a los «Jordis» siempre se da por parte de equipos directivos y profesorado muy (des)innovador. Casualidades.

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