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Cuando la ideología te ciega y te hace defender lo indefendible (no solo) en educación

Sabía perfectamente lo que iba a pasar al publicar la entrada anterior (enlace). Es un patrón que se repite con una precisión matemática asfixiante cada vez que pones el dedo en la llaga sin abonarte al partidismo, cada vez más lamentable, que emana de la ideología y la prioriza frente a cualquier tipo de dato objetivo.

Algunos saltaron como un resorte en las redes y en los comentarios. Personas, entre ellos unos cuantos docentes, que llevando la ideología entre los dientes y la capacidad crítica aparcada en el maletero, han salido en tromba a darme lecciones de constitucionalismo, a acusarme de hacerle el juego a la derecha y a desplegar una gimnasia mental verdaderamente prodigiosa para justificar el desastre.

Es una fascinante lección de amnesia selectiva y cinismo ideológico que merece ser destripada pieza por pieza. Porque cuando los datos, las aulas masificadas, la pérdida de nivel académico y la devaluación de la profesión docente te explotan en la cara, solo te queda un recurso. Apelar a la tribu, agitar el espantapájaros del enemigo y buscar excusas de parvulario.

Hemos podido observar todos los que os habéis pasado por el texto y sus comentarios, la amnesia selectiva del Ministerio sin competencias. Hay que tener la cara de cemento armado. Resulta que cuando gobernaba José Ignacio Wert en el Ministerio de Educación, el Gobierno central era el demonio encarnado, el responsable absoluto hasta de la última tiza que faltaba en un colegio de pueblo y el arquitecto único de la ruina educativa nacional. En aquel momento no había matices. La culpa era entera de Madrid y de la derecha recentralizadora. Sí, hay alguno de los mismos que ha dicho que Pedro Sánchez y el Ministerio de Educación no tienen culpa de nada, al que revisándole sus publicaciones, achacaba toda la responsabilidad a Mariano Rajoy y a los ministros que nombró.

Sin embargo, han pasado siete años con Pedro Sánchez en La Moncloa y, de repente, por arte de magia ideológica, el Ministerio de Educación ya no sirve para nada. Resulta que ahora el Ministerio es un ente ornamental, una especie de ONG sin poder real, y toda la culpa de que la enseñanza (no solo) pública se caiga a pedazos es de las Comunidades Autónomas porque gobierna la oposición en muchas de ellas.

Las autonomías gestionan la miseria diaria -y lo hacen de pena, repito por si a alguien no le ha quedado claro-, pero quien aprueba las Leyes Orgánicas, quien marca las ratios máximas por aula, quien redefine el currículo para licuar los contenidos, quien prohíbe los suspensos como medida pedagógica y quien impone la ordenación de las etapas es el Ministerio de Educación y Formación Profesional desde Madrid.

Culpar a la Consejería de turno del marco ruin que te dicta una Ley o un Real Decreto publicado por el Gobierno central es de un servilismo partidista que da auténtico asco.

Pero el nivel de la comedia roza el absurdo cuando algunos se ponen a pontificar sobre las leyes nocivas que han destruido el sistema público. Hay quienes me han llegado a escribir en comentarios que ellos están en contra de leyes privatizadoras como la LOMCE -esa norma que casi no dio tiempo ni a aplicar en el terreno real antes de ser derogada- o que repudian el modelo de conciertos educativos, mientras fingen olvidar un pequeñísimo detalle histórico y legal.

¿Quién aprobó la LODE en 1985 con José María Maravall a la cabeza para institucionalizar, blindar y financiar con dinero público el sistema de la educación concertada en este país? El Partido Socialista Obrero Español bajo el gobierno de Felipe González. ¿Y quién lleva siete años en La Moncloa con la llave de la caja y la mayoría legislativa para haber tocado la financiación, la regulación o la arquitectura del sistema de conciertos educativos si de verdad quisieran defender la pública? Pedro Sánchez.

No han tocado una sola coma de la estructura de la concertada. Al contrario. La han consolidado en la LOMLOE para no despeinarse ni perder caladeros de votos, mientras le vendían a su parroquia la milonga de que son los defensores acérrimos de la escuela pública. Defender a Sánchez acusando al sistema concertado o a las leyes neoliberales mientras es su propio Gobierno el que mantiene intacto el modelo es un ejercicio de esquizofrenia ideológica que roza lo patológico. Además, si puede aprobar Decretos de vivienda al margen del Parlamento, tal y como va a hacer ahora, ¿por qué no puede aprobar la eliminación de los conciertos? Es que no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Y ya, cuando te quedas sin un solo argumento técnico, cuando la realidad del aula destroza tus dogmas y cuando no puedes justificar que un chaval llegue a Bachillerato sin saber redactar tres párrafos seguidos, sacas el comodín del pánico. Un comodín muy centrado en la derecha y la fachosfera. Es que si criticamos esto, gana la derecha. Es que la culpa es de la fachosfera. Es que hay que parar al fascismo.

Ese es el chantaje moral miserable con el que llevan décadas amordazando a la profesión docente. La trampa del mal menor. Según los Comisarios Políticos de la pedagogía progre, los profesores tenemos que tragar en silencio con la destrucción del nivel académico, con la burocracia infame que nos asfixia, con el reguero de promociones automáticas y con la conversión de las aulas en aparcamientos de adolescentes, no sea que protestar le haga el juego al enemigo.

Siento romperos el esquema de la tribu. A mí me importa exactamente un bledo la estrategia electoral de unos y de otros. A mí lo que me importa es el hijo de cualquier familia, especialmente de las más vulnerables, que entra a la escuela creyendo que el conocimiento lo va a hacer libre y se encuentra con un sistema de plastilina diseñado para que no aprenda nada, no se esfuerce y no estorbe en las estadísticas oficiales.

La diferencia entre el sectarismo y la independencia no es el tono. Es el método. El sectario mira quién firma la ley antes de opinar. Si la ley la firma la oposición, convoca huelgas y saca las camisetas. Si la firma su partido, redacta tuits justificando las situaciones de aprendizaje, la inclusión a coste cero y la tiranía de un modelo educativo que se va a la mierda. Justificándolo, claro está, en lo que hicieron otros hace más de cincuenta años o a la invasión de los romanos.

La persona independiente mira el aula, mira el currículo, mira a los alumnos y mira los datos. Y los datos objetivos de estos siete años de mandato central nos dicen que tenemos aulas más masificadas, una burocracia cada vez más delirante impuesta desde el BOE, una pérdida salvaje de autoridad pedagógica, un nivel académico degradado hasta unos límites vergonzantes y un colectivo docente desbordado, quemado y usado como escudo humano por la administración.

No podéis seguir agitando el carné, echándole la culpa a Wert catorce años después, culpando a las Comunidades Autónomas de lo que se firma en Madrid y se publica en el BOE o rendiendo pleitesía al Presidente. No se puede hacer callar a la gente con el chantaje de la fachosfera ni con la demagogía de la izquierda de salón.

La verdad duele, pero las aulas no se sostienen con fe ciega. Se sostienen con rigor, respeto y dignidad. Tres cosas que este Gobierno y sus voceros han decidido incinerar en el altar de la propaganda.

Da mucha pena el ver cómo, de forma totalmente ideológica, algunos intentan justificar lo injustificable. Bueno, llevo muchos años viendo arder las calles, no solo por temas educativos. Calles que, curiosamente siempre arden cuando gobiernan los mismos aunque, como en este caso, el sistema educativo se haya ido al garete por la culpa de unos nombres concretos que gestionan y toman decisiones clave en educación, pudiendo regular todo lo que a algunos les parece tan mal que hagan en sus Comunidades.

Solo hablo de educación. Y de datos. Los que queráis hacer política de bar, culpar a quienes jamás han gobernado o esperar a que, si hay otro gobierno que no sea de los vuestros, la culpa sí que sea del Presidente futuro y del Ministerio de Educación, tenéis todo el derecho del mundo a hacerlo. Solo faltaría. Eso sí, no obliguéis a los que criticamos las decisiones de unos y otros, en función de sus competencias, a que nos callemos o escondamos la realidad cuando no os interese oírla.

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