El gran teatro pedagógico
Hay un momento -no sabría decir cuándo llega- en el que te das cuenta de que ya no estás explicando ideas. Estás recitando consignas. No porque no creas en ellas, sino porque las has tenido que defender tantas veces que han perdido frescura. Se han vuelto fórmulas matemáticas. Activan respuestas automáticas, como botones. Dices «competencias» y saltan tres prejuicios amén de cuatro defensores de un concepto que no tiene nada que ver con ser competencial. Dices «evidencia» y aparecen cuatro dogmas. Dices «innovación» y alguien oye «circo» mientras otro oye «milagro». El diálogo ya no ocurre… se ejecuta.
Lo verdaderamente corrosivo no es el desacuerdo, sino la previsibilidad. Saber de antemano quién va a decir qué, con qué tono y con qué falsa épica. Hemos convertido el debate educativo en teatro leído. Sin riesgo, sin escucha, sin posibilidad de error honesto. Cada cual entra con su papel subrayado y su público asignado. Y luego nos preguntamos por qué nada se mueve.
He repetido tantas veces ciertos argumentos que empiezo a sospechar que han envejecido peor que yo. No porque sean falsos, sino porque han sido absorbidos por la maquinaria del eslogan. Todo lo que se repite demasiado acaba siendo inofensivo. El sistema (no solo) educativo tiene una habilidad extraordinaria para convertir las críticas en merchandising conceptual. Te compra el lenguaje y te deja sin filo.
Las redes, mientras tanto, han quedado reducidas a lo que siempre fueron en el fondo. Tertulia de sobremesa sin sobremesa. Barra de bar pedagógica con pretensiones de parlamento. Opinión instantánea, memoria corta, vanidad larga. Ya ni siquiera me irritan. Me aburren. Son un carrusel de urgencias ficticias donde cada semana «se abre un melón» que nadie cocina. Mucho gesto, cero cocina.
Y lo paradójico es que ese ruido ha servido de coartada perfecta para no mirar donde duele. Es más cómodo discutir sobre metodologías en abstracto que hablar de condiciones concretas. Más rentable pelear por etiquetas que por estructuras. Más sencillo citar estudios que pisar aulas ajenas sin prejuicios. Nos encanta la pedagogía discursiva porque no mancha las manos.
Lo que fatiga no es discrepar. Es tener que resetear la conversación siempre al mismo punto cero. Volver a explicar que correlación no siempre es causalidad. Que herramienta no es metodología. Que motivación no es aprendizaje. Que tradición no es garantía. Que novedad no es mejora. Una y otra vez. Como si el sector padeciera una amnesia selectiva que solo borra los matices.
A veces pienso que el ecosistema educativo informal se ha llenado de opinadores profesionales y de dudadores clandestinos. Los primeros hablan sin parar. Los segundos -que suelen ser mejores docentes- callan, prueban, ajustan y vuelven a probar. No pontifican porque están ocupados trabajando. No construyen relato porque construyen práctica. Y, claro, el relato lo acaban monopolizando los otros.
He dejado de creer en la discusión como palanca de cambio masivo. Demasiada energía invertida para resultados cosméticos. Demasiada identidad en juego para que alguien conceda un matiz. Si algo cambia, cambia por desgaste, por evidencia acumulada en silencio, por contagio lento entre profesionales que no se citan en hilos sino en pasillos.
Sigo escribiendo, quizá por vicio, quizá por necesidad, pero ya no con la ambición de convencer. Escribo para afinarme, para no tragarme mis propias simplificaciones, para dejar rastro de duda razonada en medio de tanta certeza inflada. Si a alguien le sirve, bien. Si no, al menos no me habré unido al coro.
Porque si algo tengo claro a estas alturas es que la educación no necesita más voces seguras. Necesita más cabezas incómodas. Aunque, en mi caso, esté cansado de repetirlo.
Finalmente me gustaría comentaros las sensaciones que he tenido escribiendo este artículo. No han sido buenas. Han sido de ganas de dejar de escribir, enterrar bajo llave la publicación de mis ideas o, simplemente, preguntarme el para qué. Y eso me preocupa. Eso y tener entradas desde hace meses para ir a ver mañana a Celtas Cortos con mi hija y, vista la previsión actual, saber que es complicado que acabe pudiendo ir. Eso sí, espero que el viento no haga daño a nadie porque, al final, un concierto no es lo importante.
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