Cansancio

Hay momentos en los que uno mira hacia atrás y se da cuenta de que en educación nunca se trabaja solo con contenidos. Se trabaja con personas, con dudas, con silencios, con deseos, con expectativas que a veces pesan más que las carpetas que llevamos bajo el brazo o, en versión más moderna, la cantidad de información que tengamos en alguna nube de algún país que no sabemos ni ubicar en el mapa. Da igual cuántos años pasen o cuántos roles hayan ido cambiando… hay algo del oficio que permanece bajo la piel. Y con ese algo, la fatiga que no siempre se nombra.

No hablo del cansancio evidente, ese que se reconoce en las piernas o en los párpados a media mañana. Hablo del otro, el que aparece cuando te detienes. Ese cansancio más hondo, que surge cuando la voz baja y ya no hay urgencias que tapen el murmullo interior. El que te recuerda que estar al lado de quienes aprenden, sea como sea, desde donde sea, deja huella. Una huella que a veces brilla y otras simplemente pesa.

Con el tiempo descubres que no todo desgaste es señal de debilidad. A veces es la factura de haber estado disponible cuando hacía falta, de haber escuchado incluso cuando no había respuestas, de haber sostenido dudas ajenas mientras intentabas gestionar las propias. No es heroísmo ni martirio. Es humanidad. Y, como toda humanidad, tiene sus límites.

Sin embargo, en este mundo nuestro, donde se habla tanto de mejora, avance, cambio y futuro, a veces lo que hace falta es algo más básico. Un momento para volver a uno mismo. Para reconocerse cansado sin sentir culpa, para aceptar que cuidar a otros empieza por no romperse por dentro. Hay quien confunde entrega con olvido personal. No son lo mismo. Nunca lo fueron.

Sigo creyendo en la educación como un lugar donde pasan cosas importantes, aunque parezcan pequeñas desde fuera. Pero también sé que quienes sostienen ese lugar, de cualquier forma y en cualquier rincón del sistema, necesitan recordarse que no se trata de aguantar, sino de permanecer enteros. No para seguir cumpliendo. Para seguir siendo.

Quizá el aprendizaje más difícil, cuando se ha pasado tanto tiempo en este oficio, es entender que la presencia más valiosa no siempre es la que nunca cae, sino la que sabe parar para volver completa. A veces el gesto más profesional es descansar a tiempo. A veces la mayor muestra de compromiso es reconocer que se es humano antes que ejemplo.

Y no pasa nada por admitirlo. Al contrario. Porque la educación, al final, necesita personas que se sientan vivas, no solo disponibles.

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