Los millones de pólvora de rey (no solo) en educación
Quienes me leéis por aquí sabéis perfectamente que defiendo la escuela pública a capa y espada. Pero una cosa es defender el servicio público y otra, muy distinta, es ser el tonto útil de los que justifican el desastre actual a base de talonario. Estamos en este verano tragándonos el mantra diario, con noticias en todos los medios y con datos en diarios oficiales, de que estamos viviendo las mayores inversiones de la historia en sanidad, en transportes y, por supuesto, en educación. Nos inundan con cifras macroeconómicas de millones de euros que, supuestamente, riegan los sectores públicos. Sin embargo, la realidad de los ciudadanos es que las cosas funcionan peor que nunca.
Y aquí es donde la policía pedagógica y la izquierda del eslogan cuqui sacan a pasear su teoría de la conspiración favorita. Nos dicen que hay un plan oculto y malvado para cargarse los servicios públicos y privatizarlo todo. Mirad, no. Dejad de ver fantasmas donde solo hay espejos. No compréis esa milonga. Esto no es una conspiración judeomasónica de mentes criminales con ganas de destruir el sistema. Se trata, lisa y llanamente, de una gestión incompetente, nefasta y vergonzosa de los recursos públicos. Es una cuestión de pura incapacidad, no de maldad.
El mejor ejemplo de que el dinero no arregla la estupidez lo tenemos en nuestros propios centros educativos. La educación pública está recibiendo más fondos que nunca procedentes de Europa, de los presupuestos estatales y autonómicos. ¿Y en qué se traduce eso las aulas? ¿En bajar las ratios a quince alumnos? ¿En dotar a los centros de los profesores de PT y AL que la inclusión real necesita desesperadamente? No. Se traduce en regar de millones a las multinacionales tecnológicas para llenar las aulas de pantallas que destrozan la comprensión lectora, y en financiar programas de bienestar emocional diseñados por burócratas que jamás han pisado un aula. Y ojo, la culpa de esas pantallas y robots en los centros educativos, procedentes de varios programas europeos, se halla en ese Parlamento de Bruselas. En esos europarlamentarios que adjudican proyectos finalistas que, más allá de la evaluación de que se ha gastado el dinero (da igual el cómo, pero sí que importa dónde) que se ha dado para regar a esas multinacionales.
El dinero se evapora en las plantas nobles con aire acondicionado antes de llegar a los centros educativos. Se gasta en crear comisiones de expertos inútiles, en diseñar plataformas informáticas de las Consejerías que se cuelgan los viernes por la tarde y en sepultar al docente de a pie en un infierno burocrático de rúbricas y descriptores operativos. Es que alguien debería analizar por qué cada Comunidad tiene su propia plataforma, tiene sus propio programa de admisión, su programa de gestión de profesorado, etc. Gastamos más para que el profesor dedique el 60% de su tiempo a rellenar papeles en lugar de a preparar la materia. Y ya no entro en un currículo en el que hay más materias que lo humanamente posible de comprender. Eso no es un plan para privatiza. Es, simplemente, gastar a manos llenas con pólvora de rey sin tener ni puta idea de cómo funciona un centro educativo real. Sabiendo, claro está, que no va a haber repercusiones en los que dirigen el cotarro, salvo acabar de embajadores ante la OCDE o ante el Vaticano, después de despotricar contra la existencia de la materia de religión en los centros educativos cuando era Ministra.
La demostración palpable de que el problema es de gestión y no de presupuesto la tenemos a nivel local. Cualquiera que viaje un poco o hable con amigos suyos que residen en otros municipios lo sabe. Hay ayuntamientos medianos o pequeños que, con presupuestos de miseria, tienen los parques limpios, la atención al ciudadano digitalizada en diez minutos y unos servicios sociales que funcionan como un reloj. Y al lado tienes alcaldías con presupuestos multimillonarios donde pedir un volante de empadronamiento es un calvario kafkiano de tres meses. Yo vivo en un municipio de los que más presupuesto tiene que, curiosamente, es de los que más gasta en personal y más ratas, con tamaño de gatos, tiene pululando en determinados barrios.
Es una cuestión de cuajo, de profesionalidad y de saber gestionar. Si la gestión pública dependiera únicamente de inyectar billetes, las administraciones más ricas serían un paraíso de eficiencia, y la realidad nos demuestra que a menudo son los mayores agujeros negros de vagancia y mala organización.
Por supuesto que da un asco soberano ver a esos mismos políticos de partido llenarse la boca defendiendo la sanidad y la escuela pública en los mítines, mientras ellos acuden a clínicas privadas y matriculan a sus hijos en colegios concertados de élite o internacionales a salvo de sus propias leyes educativas. Es repugnante, sí. Pero no lo hacen porque quieran destruir la pública desde dentro para beneficiar a sus amigos empresarios. Lo hacen por puro instinto de supervivencia familiar. Saben perfectamente que el sistema que ellos mismos gestionan es un desastre inhabitable debido a su propia inutilidad, y ponen a sus hijos -y a ellos mismos- a salvo de su incompetencia.
Basta ya de usar los millones de inversión como escudo para tapar la mediocridad. Exigir que el dinero de nuestros impuestos se gestione con rigor, con cabeza y atendiendo a las necesidades reales de la educación no es «echar mierda sobre la pública». Es fiscalizar a los que juegan a ser Dios desde los despachos.
La escuela pública (y el resto de servicios) no se salva pidiendo más millones. Se salva exigiendo que cada euro se note en el aula, en el respeto al conocimiento y en la dignidad de los profesionales. Menos presupuestos de escaparate y muchísimo más respeto a la gestión real. No es lo mismo gasto que inversión.
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