Exámenes en redes sociales… la última bajeza del docente influencer
Junio es la temporada alta del postureo educativo en el vertedero digital. Basta con darse una vuelta por X, Instagram o TikTok para encontrarse con un tipo de fauna docente tan predecible como alarmante al que denomino «el cazador de perlas». Hablo de esos profesores que, devorados por el síndrome del influencer, deciden que es una idea brillantísima fotografiar un fragmento del examen de su alumno para compartirlo con el mundo. Unas veces lo hacen con condescendencia paternalista, buscando el aplauso fácil al exhibir una respuesta brillante; la mayoría, sin embargo, busca la mofa colectiva, subiendo la burrada de turno para que la horda digital se ría de lo mal que está la juventud. Es una práctica nauseabunda que esconde una preocupante falta de ética profesional y un analfabetismo legal que, en cualquier otro sector laboral, acabaría con el trabajador en la calle y con una demanda penal sobre la mesa.
Vayamos al hueso de la cuestión, despojando la tarima de romanticismos. Un examen no es propiedad del profesor; es un documento oficial de evaluación, un acto administrativo sujeto a custodia y confidencialidad. Utilizar el trabajo de un menor de edad -porque a la postre da igual si es para felicitarlo o para humillarlo- como material de entretenimiento para alimentar el algoritmo y rascar interacciones es una quiebra flagrante del deber de sigilo que la ley impone a cualquier funcionario, empleado público o profesional que trabaje en las aulas. Es el colmo del cinismo. Adultos que se amparan en el anonimato del alumno (tapando el nombre con un tachón cutre que cualquier adolescente sabría revertir con un filtro de contraste) para exponer su intimidad intelectual ante miles de desconocidos.
Para esos docentes que confunden el aula con un plató de telerrealidad, conviene recordarles que el ordenamiento jurídico que existe actualmente no es una sugerencia poética. Colgar un examen en redes sociales es un festival de incumplimientos laborales graves y delitos tipificados que la administración suele pasar por alto por pura desidia, pero que no resisten un asalto si una sola familia decide personarse en el juzgado. En primer lugar, se pisotea de forma sistemática el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) y la Ley Orgánica de Protección de Datos Personales y Garantía de los Derechos Digitales (LOPDGDD). La caligrafía de un alumno, sus faltas de ortografía, su nivel de madurez expresado en una hoja o las correcciones en rojo del docente son «datos de carácter personal de categoría especial» al tratarse de menores en el ámbito educativo. Su difusión pública sin consentimiento expreso, firmado y por duplicado de los tutores legales es una infracción gravísima. E, incluso contando con ese consentimiento, la situación judicial podría conllevar sanciones.
Pero hay más. El Estatuto Básico del Empleado Público (EBEP) califica como falta muy grave la vulneración del derecho a la intimidad de los ciudadanos -y los alumnos lo son- y el incumplimiento del deber de reserva sobre los asuntos que se conozcan por razón del cargo. No es una broma. Estás utilizando información confidencial obtenida en el ejercicio de tus funciones públicas para tu uso y disfrute recreativo en una multinacional estadounidense de redes sociales. Si a esto le sumamos el Código Penal, que en su artículo 197 regula el delito de descubrimiento y revelación de secretos por parte de la persona encargada de la custodia de dichos documentos, el docente del chiste de alguna red social se puede encontrar con un pie en el expediente disciplinario de suspensión de funciones y otro en el banquillo.
La necesidad patológica de validación externa ha inoculado una de las peores lacras de la modernidad. Me estoy refiriendo a la pérdida del respeto sagrado al espacio del aula. Lo que ocurre entre un docente y un alumno en un proceso de evaluación pertenece estrictamente a la intimidad del aprendizaje, con sus aciertos gloriosos y sus errores espantosos. Reírse de la ignorancia de un chaval al que se supone que debes formar es una cobardía deontológica intolerable; usar su excelencia para colgarte una medalla metodológica en tu perfil es de un narcisismo patético.
Dejad de fotografiar los exámenes de vuestros alumnos. Guardad el puto móvil en el cajón y dedicaos a corregir con el bolígrafo, no con la cámara. La dignidad profesional se demuestra respetando la vulnerabilidad de quien se sienta en el pupitre. Si necesitáis casito y aplausos para validar vuestra existencia, compraos un perro, cread una cuenta en Tinder o apuntaos a teatro, pero dejad la intimidad de vuestros alumnos fuera de unas miserables estrategias de marca personal.
Siento el tono, pero es un tema que ya he denunciado en múltiples ocasiones y me genera un cabreo monumental. Espero que con textos como los míos algunas administraciones educativas dejen de mirar a otro lado, los compañeros de estos personajes empiecen a recriminarles lo que están haciendo, las familias denuncien sin miedo y que los que comparten estas cosas de otros en las redes sociales dejen de dar visibilidad a estos personajes.
Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.
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