Desmontando el mito de las vacaciones docentes… un artículo para cuñados de pata negra

Es llegar estas fechas y, con la misma precisión que la alergia al polen, reaparece el deporte nacional favorito en las redes sociales y las comidas familiares… el tiro al docente. Que si vivimos en un eterno agosto, que si cobramos por tocar la pandereta tres meses al año, que si somos unos privilegiados que trabajamos cuatro horas al día y el resto nos lo pasamos en la playa. Es que, después del artículo que escribí ayer o de la puesta en la picota, en los últimos tiempos, de algunas administraciones educativas a sus docentes no he parado de recibir interacciones en las redes sociales en ese sentido.

El cuñadismo patrio tiene una fijación casi enfermiza con nuestro calendario. Es una mezcla de envidia mal digerida y una alarmante ignorancia sobre cómo se estructura el tiempo de trabajo en el sector público y, ojo, en gran parte de la empresa privada de este país. Porque la narrativa oficial es muy bonita. La narrativa oficial siempre habla de que el sufrido trabajador privado pica piedra sin descanso mientras los docentes se pegan la gran vida.

Voy a coger la calculadora. Pero no para hacer demagogia, sino para meter un repaso con números reales, fríos, basados en convenios colectivos actuales y boletines oficiales. Voy a comparar cuántos días se trabaja de verdad en la enseñanza frente a otros colectivos de la privada y la pública que nadie toca, pero que tienen un calendario que haría palidecer al docente más optimista. Sentaos, que vienen curvas.

Empecemos por desmontar el primer dogma de fe de que «los docentes tienen tres meses de vacaciones». Mentira. Como ya he explicado en muchas ocasiones, con la ley en la mano, las vacaciones legales del funcionariado docente son, única y exclusivamente los 30 días naturales del mes de agosto (Art. 50 del EBEP). Julio es un mes laborable no lectivo dedicado a burocracia, memorias, programaciones y formación continua. Y Navidad y Semana Santa son periodos de interrupción del calendario lectivo donde el profesorado está a disposición de la administración.

Un año natural tiene 365 días. Si restamos los 52 fines de semana (104 días) y los 14 festivos anuales, nos quedan unos 247 días laborables potenciales.

Si a un docente le restamos sus vacaciones y sumamos los días no lectivos del calendario escolar, la cifra real de días de actividad efectiva se sitúa en torno a los 175 o 180 días de trabajo al año.

¿Os parece poco? Guardad la cifra en la cabeza… 180 días. Ahora salgamos de los centros educativos y miremos a la empresa privada y a otros sectores. Se avecinan sorpresas.

En el mundo real de la industria pesada, los sectores químicos o la automoción, nadie mide el trabajo por meses de vacaciones, sino por horas anuales de trabajo efectivo. Y aquí es donde el relato del obrero esclavizado frente al docente rey Sol empieza a tambalearse de mala manera.

El Convenio Colectivo de la Industria Química o del Metal fija una jornada laboral anual de unas 1.752 horas. Si dividimos esto entre jornadas estándar de 8 horas, nos daría unos 219 días. Pero es que la realidad es otra. Las grandes fábricas funcionan a turnos continuos (los famosos patrones de 5 turnos o, lo que denominan de forma coloquial, el turno antiestrés).

Hablemos claro. Un operario de refinería, de una planta de plásticos o de una línea de montaje automotriz trabaja bajo cuadrantes concentrados (por ejemplo, turnos de 8 o 12 horas seguidos de tandas de 3, 4 o hasta 5 días de descanso compensatorio por turnicidad y nocturnidad). El resultado real es que un trabajador a turnos industriales acude a la fábrica una media de entre 140 y 155 días al año. Sí, habéis leído bien. Pasan menos días naturales en su puesto de trabajo que un docente en su centro educativo. Trabajan a destajo cuando les toca, por supuesto, pero días de libranza tienen para dar y regalar.

Va. Hablemos también de los trabajadores de corbata, consultoría, banca y oficinas tecnológicas. Esas multinacionales y auditoras que tanto presumen de rendimiento, ¿sabéis qué figura se ha consolidado en la gran mayoría de sus convenios y acuerdos de empresa? La jornada intensiva de verano (de mediados de junio a mediados de septiembre) y el teletrabajo híbrido (mínimo 2 o 3 días a la semana en casa).

Si sumamos que los viernes hacen jornada de 7 horas, que en verano apenas pisan la oficina y que el teletrabajo les permite autorregularse, la presencialidad física de un consultor o un analista financiero en su puesto de origen cae en picado. Muchos de ellos no pisan la oficina más de 110 o 120 días al año. El resto del año su trabajo es idéntico al de un docente en julio… producir desde el ordenador de su casa, por objetivos, sin que un encargado les mire si están calentando la silla. Pero claro, si lo hace un informático es flexibilidad laboral y modernidad, si lo hace un profesor es ser un vago.

Si miramos a otros cuerpos de la administración, la demagogia de las vacaciones se vuelve directamente ridícula. Analicemos el régimen laboral de un bombero muncipal, autonómico o de consorcio. Su jornada anual ronda las 1.600 horas, pero se organiza en guardias de 24 horas continuas seguidas de descansos de 4 o 5 días (el famoso patrón de 1 día de guardia y 4 de descanso).

Si hacemos la división, un bombero realiza unas 65 o 70 guardias al año. Es decir, acude a su puesto de trabajo físico menos de 70 días al año. Obviamente, es un trabajo de riesgo extremo, con un desgaste psicológico brutal y una disponibilidad absoluta en su turno; nadie discute su valía ni su derecho a ese descanso. Pero, numéricamente, un bombero pasa un 60% menos de días al año en su parque que un docente en su centro de trabajo. ¿Dónde están los artículos indignados exigiendo que los bomberos vayan en julio a limpiar el camión para justificar su sueldo?

Pasemos al poder judicial. Los jueces y magistrados españoles gozan de un régimen específico. Según la Ley Orgánica del Poder Judicial, sus vacaciones son de un mes, pero a eso hay que sumar los llamados días de asuntos propios y el parón de la actividad judicial ordinaria.

El mes de agosto es totalmente inhábil a efectos judiciales en España (salvo para causas urgentes). Durante agosto, los juzgados se cierran a cal y canto. Pero es que, además, la carga de trabajo de un juez se mide por sentencias y objetivos. Un juez no ficha de 8 a 15 horas; su nivel de presencialidad efectiva en sede judicial (para celebrar vistas o juicios) se concentra en dos o tres días a la semana durante los meses hábiles. El resto es trabajo autónomo deslocalizado. Exactamente lo mismo que hace un docente en julio, pero con un salario más alto de un docente y un prestigio social que los protege de las críticas de barra de bar. Y no me parece, al igual que en el resto de profesiones que comento, nada mal.

Pero si de verdad queremos hablar de vacaciones con mayúsculas, miremos hacia las instituciones que dictan las leyes. Me estoy refiriendo al Congreso de los Diputados o los diferentes Parlamentos Autonómicos.

Según los reglamentos de las cámaras, el año legislativo se divide en solo dos periodos ordinarios de sesiones. Períodos de septiembre a diciembre, y de febrero a junio. ¿Qué pasa con enero y con los meses de julio y agosto? Son meses constitucionalmente inhábiles para el trabajo parlamentario ordinario.

Durante tres meses al año, no hay plenos ordinarios ni comisiones ordinarias. Nos dirán que durante esos tres meses trabajan en sus despachos de partido o preparan iniciativas. Curioso. Cuando un diputado pasa enero y julio sin pisar el hemiciclo, se llama actividad política fuera del periodo de sesiones. Cuando un docente pasa julio preparando el temario del año que viene en su casa, se llama vivir del cuento. Un diputado asiste a plenos, en caso de asistir a todos, una media de 90 o 100 días al año. El resto es agenda.

¿Por qué se nos machaca a nosotros y no a un diputado, a un juez, a un operario del metal o a un bombero? Muy sencillo. Por el sesgo de la presencialidad visible.

Todo el mundo ve cuándo un centro educativo se cierra a las tres de la tarde. Todo el mundo sabe cuándo empiezan las vacaciones de sus hijos. Como la sociedad nos ve trabajar en directo (las horas de clase), asume de forma estúpida que nuestro trabajo empieza cuando entramos por la puerta del aula y termina cuando suena el timbre.

Nadie ve las horas de corrección de exámenes un domingo por la tarde, nadie calcula las horas de diseño de situaciones de aprendizaje un martes a las once de la noche, nadie audita las horas que pasa un docente formándose en plataformas digitales durante sus tardes de invierno. Todo ese trabajo invisible se diluye. Y como se diluye, el cuñado medio necesita cuadrar su frustración laboral autoengañándose con el mantra de que trabajamos poco.

Así que, la próxima vez que alguien os venga con el discursito de las vacaciones de los docentes, no os pongáis a la defensiva. No pidáis perdón por tener un calendario que garantiza que no nos volvamos locos gestionando el sistema educativo del país. Simplemente sacad los datos de los bomberos, los turnos del metal, las jornadas híbridas de las multinacionales o el calendario del Congreso de los Diputados.

Trabajamos los días que nos toca, que son muchos, y descansamos lo que la ley y la salud mental exigen. Al que le pique, que se hubiera estudiado una oposición. Que las plazas de docente salen todos los años.

Por cierto, me gustaría aclarar que este artículo no es una crítica a ninguna de las profesiones que he puesto como ejemplo. Como trabajador tengo claro que quiero las mejores condiciones laborales para todos los trabajadores, estén currando en cualquier tipo de empresa. Por eso me sorprende que, algunos en lugar de luchar por sus condiciones de mierda, se dediquen a insultar y menospreciar a determinados colectivos cuyos convenios laborales no son tan lamentables como los suyos. Y sí, estoy totalmente de acuerdo que, en el caso de los docentes, al ser un trabajo pagado con el dinero de todos (sea en modelo público o privado con concierto) se deba exigir que se trabaje lo mejor posible y se evalúe el resultado de su trabajo, pero eso es harina de otro costal.

Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.

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3 comentarios

  1. No hablo por todos los docentes, hablo por algunos que conozco y ahora expongo lo que explico a mis estudiantes.
    Muchos docentes sólo tenemos una desconexión efectiva del trabajo durante el período extenso de vacaciones.
    Acá en Chile, yo trabajo todos los sábados, domingos, feriados y recesos intermedios. Mientras aseo, lavo ropa, veo series… o estoy revisando actividades o estoy modificando actividades o estoy aplicando ajustes según como sean los cursos con quienes tengo que trabajar.
    Mi horario semanal no me alcanza… menos si se me pide innovar, adecuar, reevaluar, incluso imprimo material en colores o lecturas complementarias que en mi trabajo no se alcanzan a gestionar.
    Todo por no dilatar ni interrumpir procesos educativos.
    Y a eso agreguen lo que cuesta desconectarse emocionalmente del recuerdo de situaciones terribles que viven algunos estudiantes en las que no se tiene campo de acción, pero se le da vuelta una y otra vez buscando una salida.
    Lamentablemente las y los profesores que tienen este mismo ritmo de trabajo no son conocidos o no se les cree.

  2. Yo suelo responder que tienen razón. Y es así. Nadie tiene más vacaciones que un profesor. En Navidad 17-20 días. En semana santa 1 semana entera. Todos los puentes educativos y la guinda: julio y agosto enteritos. Yo desde el 1 de julio hasta el 31 de agosto no hago absolutamente nada relacionado con la educación: ni cursos, ni formación, ni preparación de clases…NADA. Solo disfrutar de las vacaciones: familia,viajes, piscina, playa, comidas. Maravilloso.
    A los que les pique, decirles que la puerta está abierta para todos. De hecho en los últimos años han arribado hordas de todo tipo de profesiones huyendo del sector privado.
    Y además que no se preocupen, porque tampoco hace falta perder tu vida estudiando una deposición. Si, si, no es un error. Una deposición. Dícese del proceso por el cual pasas un año o más ingiriendo conocimientos sin talento para después defecarlos en un examen con un premio goloso para el que haya echado el «zurullo» más grande: no tener que volver a tocar un libro en el resto de tu vida.
    Puedes trabajar toda la vida de interino y jubilarte así. Y, con un poco de suerte, te hacen fijo echando papeles como pasó en 2022 con el concurso de méritos. Como dicen los jóvenes: no renta estar estudiando la deposición en algo subjetivo y con un resultado incierto, que no sirve para nada, que lo único que demuestra es que tienes buena memoria y que estás dispuesto a tragar sapos y culebras por tener un trabajo fijo (es muy legítimo). A mí personalmente no me renta: un año de mi vida personal y familiar es mucho más valioso que todas los carnets de funcionarios juntos. Si no me regalan la plaza, no me interesa. Prefiero ser un interino pistolero/esclavo/mercenario de la administración, pero que no pasa por el aro del sistema.

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