¿Por qué prohibir el móvil en las aulas es un éxito a pesar de la interpretación sesgada de algunas investigaciones?
Acaba de publicarse un estudio masivo del NBER (enlace) sobre el impacto de prohibir los móviles en las escuelas mediante fundas bloqueadoras. Y, cómo no, los titulares ya están listos… «Efectos nulos o modestos en los resultados académicos». Es la música celestial que necesitan los que quieren seguir vendiendo o apoyando el silicio en las aulas. Si no suben las notas de matemáticas, ¿para qué molestarse?
Pero este estudio es una trampa de cristal. Evaluar el éxito de quitar el móvil solo por los test estandarizados es como evaluar el éxito de un matrimonio solo por el saldo de la cuenta corriente. Se olvidan de lo más importante… la salud mental, el clima de convivencia y el fin de la vigilancia constante.
El estudio dice que las notas no pegan un salto espectacular. ¡Claro! Es que el daño que el algoritmo ha hecho en la capacidad de concentración de una generación no se arregla en un curso escolar por meter el móvil en una funda de tela. Aprender requiere una musculatura mental que hemos dejado que se atrofie.
El dato no mide el valor de un aula donde, por primera vez en una década, los alumnos se miran a la cara. El estudio admite mejoras en el bienestar y en el comportamiento, pero lo trata como un efecto secundario. ¿Desde cuándo que un adolescente no viva angustiado por el ciberacoso durante el recreo es un efecto secundario? ¿Desde cuándo que un docente pueda dar clase sin ser un policía a la búsqueda y captura del móvil es algo irrelevante?
Lo que el estudio desprecia como «resultados no significativos» es, en realidad, una victoria social. Prohibir el móvil ha devuelto el derecho al anonimato y al descanso. Sin móviles, no hay grabaciones en el pasillo, no hay likes que midan tu valía mientras intentas entender la sintaxis, y no hay una vibración en el bolsillo recordándote que el mundo exterior te exige atención inmediata.
El clima de aula ha mejorado, los incidentes disciplinarios han bajado y la ansiedad se reduce. Pero para los gurús de la estadística, si eso no se traduce en un 0,5 más en el examen de logaritmos, no hay evidencia de impacto. Es el cinismo de quien prefiere un alumno con buena nota y medicado por ansiedad que un alumno sano que está recuperando su capacidad de pensar.
La escuela es el último lugar donde podíamos protegernos de la tiranía de la atención. Al prohibir el móvil, no solo estamos buscando que aprendan más (que llegará, cuando el cerebro se desintoxique), estamos buscando que vuelvan a ser seres sociales.
El estudio del NBER confirma que el clima escolar mejora. Y el clima lo es todo. Sin un clima de respeto y atención, no hay aprendizaje posible. Seguir defendiendo el móvil en el aula porque «los datos no son claros» es como defender el tabaco en los hospitales porque no afecta a la velocidad de las ambulancias. Es un error de enfoque masivo.
Debemos decir basta de usar los estudios para justificar la inacción. Si el móvil fuera una droga, nadie pediría un aumento en las notas de física para prohibirla en los colegios. La salud mental y la paz en el aula son fines en sí mismos.
Prohibir el móvil es devolverle la escuela al alumnado y el aula a los docentes. Todo lo demás es ruido para ocultar que nos da miedo enfrentarnos a las tecnológicas. Tecnológicas que no son ogros y hacen cosas positivas para la mejora educativa pero que, como en cualquier empresa privada, su objetivo es maximizar beneficios. E insisto… no siempre querer maximizar beneficios va reñido con hacer cosas que pueden ser útiles en el aula o en el sistema educativo en su conjunto.
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