El aula no es tu trinchera

Ya no se puede hablar de educación sin que alguien saque una bandera. Lo que antes era una conversación sobre cómo enseñar mejor, sobre qué necesita el alumnado o sobre qué herramientas funcionan, ahora se convierte en un campo de batalla donde todo se interpreta como una posición ideológica. Y lo peor es que muchos están encantados con ello. Porque no han venido a enseñar ni a hablar acerca de cómo mejorar la educación. Han venido a luchar su guerra.

No importa el tema. Da igual que hables de deberes, de libros, de móviles, de exámenes o de proyectos. Da igual. Todo se convierte en una forma de marcar bando. Si defiendes el esfuerzo, te etiquetan. Si mencionas las emociones, te etiquetan. Si hablas de contenidos, también. No se discute lo que dices. Se discute lo que parece que estás diciendo según el relato que moleste o convenga.

Y así, poco a poco, nos hemos ido deslizando hacia un terreno donde la educación ha dejado de ser un espacio para pensar y ha pasado a ser una excusa para reafirmarse. Cada claustro, cada decisión metodológica, cada línea de una programación se convierte en una declaración política encubierta. Se educa “para resistir”, “para transformar”, “para combatir”… pero no se educa para aprender. Que es, por cierto, lo único que debería preocuparnos.

Lo ves en redes, lo ves en cursos, lo ves incluso en algunos centros donde ya ni se disimula: el contenido no importa si no encaja en el discurso. El aprendizaje queda en segundo plano si no sirve a la causa. Porque aquí lo importante no es enseñar bien, sino enseñar lo “correcto”. Aunque nadie sepa muy bien qué significa eso. Aunque a veces lo correcto sea solo lo que suena bien entre los tuyos.

Y mientras tanto, el alumnado. Ese que nunca entra en las batallas ideológicas de café, ese que no está en la redes sociales donde hablan los que supuestamente saben, ni en jornadas pedagógicas, ni en debates de claustro sobre si usar el verbo “evaluar” o “acompañar”. El alumnado, el que viene a aprender, se encuentra con una escuela cada vez más confusa. Donde todo parece ser importante menos lo esencial. Y lo esencial, que sigue siendo lo mismo de hace cincuenta años, es aprender a leer, escribir, pensar, entender el mundo sin que se lo dicten.

Claro que se puede educar o hablar de educación desde una posición ideológica. Todos lo hacemos, de una forma u otra. Pero otra cosa muy distinta es convertir el aula en una trinchera. Usar al alumnado como arma arrojadiza. Colocarles carteles, himnos y causas por delante del conocimiento. Porque eso no es educación. Eso es otra cosa. Más cerca del activismo que de la docencia.

Y lo curioso es que muchos de los que defienden esta forma de hacer escuela lo hacen desde una superioridad moral que asusta. Como si enseñar contenidos fuera sospechoso. Como si pedir esfuerzo fuese reaccionario. Como si hablar de normas o de evaluación fuese alinearse con algún partido político. Todo se reduce a eso. O estás con nosotros o contra nosotros. No hay grises. No hay matices. No hay espacio para pensar sin alinearte.

Pues no. Lo siento, pero no. El aula no es lugar para esa guerra. No es tu púlpito ni tu pancarta. El aula no está para reforzar tus certezas ideológicas, sino para ayudar a otros a construir las suyas. Aunque no se parezcan a las tuyas. Y eso es algo que muchos no están dispuestos a tolerar.

Educar no debería consistir en plantar banderas. Debería consistir en quitarle a la gente el miedo a pensar por sí misma.

Ya sé que esto también lo leerán algunos como una postura ideológica. Es lo que hay. Hay gente incapaz de ver que las trincheras no son (ni han sido jamás) la solución.

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2 comentarios

  1. La promesa del botín que obtiene el ganador de unas elecciones compra todas las voluntades. Grandes oportunidades de negocio para los más atrevidos, sillones y canonjías para los más pudorosos. Hay para todos.

  2. Excelente reflexión. La educación va más allá de la ideología, es colaborar en el camino de la formación de cada persona para que tengan conciencia y libertad en sus decisiones. Para ello hay que olvidarse de ideologías y formar desde la filosofía y ética, donde la escuela plantea preguntas para que el alumnado busque respuestas y caminos diversos… Educar es infinito y maravilloso.

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