Tag

pedagogía

Browsing

Estos días cientos de miles de alumnos están realizando la tan temida “Selectividad” (ya sé que ha cambiado de nombre pero, por familiaridad con el concepto, voy a usar el tradicional). Alumnos cuyas calificaciones en esta prueba van a marcarles su futuro ya que, por lo visto, cada vez hay una criba más exigente en determinadas Universidades. Eso sí, todo siguiendo unos determinados patrones que no tienen nada que ver con las posibilidades profesionales futuras. Baste recordar que, uno de los patitos feos de hace bien pocos años (como por ejemplo las Matemáticas o la Física, añadiendo el invento del doble grado mezcla de ambas) ahora son de las carreras que tienen una nota de acceso al alcance de muy pocos. Hablo de la Universidad pública, porque todos sabemos que la Universidad privada no tiene nota de acceso.

Fuente: http://www.rtve.es/

Pero no quiero entrar en debatir acerca de las modas en los estudios, ni tan solo en lo injusto que supone la existencia de una doble vía pública o privada, para que uno se saque una carrera en función de los posibles de las familias. Tampoco voy a entrar en si el modelo de prueba única y configuración de la misma es el mejor de los modelos para filtrar al alumnado en el acceso a la Universidad. Me voy a ceñir en exclusiva al uso de segundo de Bachillerato para preparar esa prueba. Y sí, salvo que queramos joderles la vida a los chavales, jamás deberíamos hacer experimentos pedagógicos en segundo de Bachillerato.

Hay unas reglas de juego que dicen que los alumnos van a tener que pasar por una determinada prueba de nuestra asignatura. Y esas reglas de juego hacen que, por mucho que nos hierva la sangre por no poder “jugar a nuestra pedagogía favorita”, debamos centrarnos en un modelo de transmisión mucho más clásico (no entro en si mejor o peor). Es el único modelo que permite superar con éxito esas pruebas. Unas pruebas que, como he dicho antes y me reitero, van a permitir que los alumnos accedan a su carrera deseada.

Es por ello que me cabrea cuando veo a docentes que, sin ningún tipo de escrúpulo, justifican determinadas prácticas pedagógicas bajo el criterio de que “a los chavales les gusta”. No se trata de gustar. En este caso estamos preparando al alumnado para enfrentarse a un modelo de prueba determinado. No podemos jugar a flippear, ABPar, gamificar o hacer escape rooms como estrategias pedagógicas. Debemos, nos guste más o menos, ceñirnos a la existencia de esas pruebas. Y el modelo de preparación obvio y mejor para los alumnos (no estoy entrando en que aprendan más o menos) es el enseñar a superar esa prueba con las mejores calificaciones posibles. No, el objetivo de segundo de Bachillerato (o del antiguo COU) jamás ha sido que los alumnos aprendan lo que le dé la gana al profesor. El objetivo es que superen en las mejores condiciones posibles una determinada prueba que sigue un determinado patrón.

Hay momento en los que los experimentos pedagógicos deberían estar prohibidos. Por suerte, en la mayoría de ocasiones, el profesorado que imparte docencia en ciertos cursos sabe qué han de aprender sus alumnos y cuál es la mejor estrategia formativa para cubrir sus necesidades. No es lo mismo la metodología que uno puede usar en cursos “digamos de poca afección en los alumnos” que la que debe usarse en, por ejemplo, segundo de Bachillerato. Lo mismo cuando se prepara a los alumnos para superar pruebas de acceso o similares. Es muy diferente y menos “happy” que el disfrute que supone para uno hacer experimentos.

No es malo probar cosas en educación. Además, estoy convencido de que hay ciertos cambios que, de forma paulatina y bien diseñados, pueden hacerse. Otro tema es jugar con ciertas cosas. Y, a veces, me da la sensación que algunos juegan demasiado alegremente con el futuro de los chavales.

Ya sé que puede ser fantástico ponerte a hacer mindfulness con los alumnos, montar vídeos para flippear tu clase o, gamificar hasta el momento en que se va al baño. Quizás lo anterior sea, a pesar del trabajo que puede suponer ponerlo en marcha, puede llenarte de ilusión por ser “innovador” o por reproducir en tu aula esas maravillas que te cuentan algunos. Lo fácil es hacer las cosas sin pensar, quedarte en un tuit o, simplemente, sumarte a determinadas modas porque te hacen sentir bien contigo mismo. Y ya si consigues una aceptación por parte del alumnado en lo que haces, chapó. Tienes la excusa perfecta para seguir haciéndolas porque, supuestamente, te han validado tu experimento educativo. Tan solo un pequeño, pequeñísimo, pero…

Fuente: ShutterStock

¿Qué pasaría si lo que estás haciendo con tus alumnos repercute negativamente en ellos a medio plazo? ¿Qué pasa si por empecinarte en usar una determinada metodología te encuentras con tus alumnos que no pueden hacer la carrera que necesitan porque patinan en Selectividad? ¿Has leído acerca de qué puede suceder a nivel psicológico si empleas determinadas cosas? ¿Sabes algo realmente de lo que estás haciendo o, simplemente, lo estás haciendo porque te mola o “crees” que va a ser bueno para tus alumnos? Las creencias son lo que son; al igual que lo es la fe. No podemos supeditar una práctica metodológica a valores ideales. Menos aún cuando nos jugamos mucho. Nosotros no, nuestros alumnos. Y creo que nadie puede obviar al alumno dentro del proceso de enseñanza-aprendizaje. Bueno, a menos que lo único que quieras es largarte del aula, vender ciertas cosas o, simplemente, seas tan mal profesional para priorizar tus necesidades frente a las suyas. No todo vale en el aula por mucho que otros digan que lo hagan. Tampoco todas las aulas son iguales ni los resultados de la experimentación los mismos en todos los alumnos. ¿Dónde queda el principio de precaución?

Hay asignaturas en las que podemos “jugar” con más asiduidad. En las que podemos experimentar más y que, quizás, nos podemos plantear hacer ciertas cosas aún a sabiendas que podemos cagarla. El problema es que, incluso en esas, debemos ir con mucho cuidado. No solo por el hecho de equivocarnos; por el hecho de perjudicar a los chavales. A nuestros alumnos. Los alumnos siempre son lo primero y, es por eso que, antes de hacer algo con ellos deberíamos leer más de un tuit o una noticia en los medios para ponernos a hacer alguna de esas “prácticas locas”. No digo que no se hagan. Digo que tenemos que leer mucho antes, durante y después. No todo vale en el aula.

No estoy defendiendo una metodología unidireccional. Sí la vuelta del sentido común, de la necesidad de acudir a fuentes fiables antes de hacer nada. Y ya lo de leer las críticas a determinadas metodologías o concepciones pedagógicas se hace imprescindible. Primero formarse, después aplicar lo aprendido. No me valen cursos de formación en los que, en cuatro pinceladas y con un sesgo muy dirigido, te venden una metodología o manera de hacer las cosas. Es mucho más serio lo que estamos haciendo. Quizás no tan mediatizable, pero mucho más serio.

A mí me gusta más leer las críticas acerca de ciertas cosas, que las envolturas en papel de regalo que algunos nos quieren endosar. Con ello no estoy diciendo que no haya cosas fantásticas que pueden hacerse en clase. El problema es que no vale justificar lo que suceda después bajo el hecho de no seguir con mi metodología. Si un alumno fracasa al ir quemando etapas es que hay algo que no se ha hecho bien antes. A veces son factores externos, otras determinados experimentos. Preocupa. Al menos a mí me preocupa. Hay mucho que no depende del docente pero, el discurso de justificarse siempre uno diciendo que el problema es de los demás que no lo hacen como se debe, tampoco me vale. Al alumno se le enseña y educa para un fin: que cada vez sea mejor persona, sepa más y tenga mayores habilidades de todo tipo. Y eso no se hace con experimentos faltos de base sólida o, incluso, contraproducentes.

Cuando uno te habla de una metodología maravillosa por oposición a otra, lo único que te está diciendo es que no se ha leído nada. Si no se ha leído nada, ¿qué puede esperarse de lo que está haciendo por impulsos y a lo loco? Bueno, mucho trabajo, poca eficacia y resultados que, a medio plazo, van a tener unos resultados nada deseables. A veces es mucho más importante pensar y leer que querer ser el primero en ciertas cosas. Ya, no es tan bueno para el ego ni, para las necesidades imperiosas de uno por encontrar un milagro educativo, pero es más razonable.

De esas ideas que te surgen después de leer una noticia acerca de la introducción del mindfulness en segundo de Bachillerato o, simplemente al ver la defensa a ultranza de las Inteligencias Múltiples por parte de algunos docentes.

No me gustan algunas de las sandeces que, en ocasiones, Emilio Calatayud, conocido juez de medidas populistas a menores, suelta. Puedo compartir otras y, a pesar de ello me preocupa que, para desmontar sus afirmaciones, se use ese tipo de vocabulario tan vacío de contenido del que se ha poblado últimamente la mediatización educativa. Desmontando a Emilio Calatayud no es más que otra pataleta infantil para defender la existencia de un modelo de escuela que no existe para contraponerlo a esa escuela divina e innovadora que tantos forofos de la viralidad, trinque y ausencia absoluta de evidencias científicas, demandan. Lo sé, todo el mundo tiene derecho a defender lo que le apetezca. Y, al igual que lo anterior, todos tenemos derecho a cuestionar esas apetencias. Por suerte hay libertad de pensamiento y escritura. Bueno, cada vez menos pero algunos seguimos aprovechando esos pequeños resquicios.

Fuente: https://commons.wikimedia.org

Emilio Calatayud no defiende la escuela tradicional ni la clase magistral. Defiende un modelo de pedagogía que, por suerte dejó de existir -si alguna vez lo hizo- hace muchísimas décadas. No, el problema no es la clase magistral, ni la instrucción directa, ni la memorización, ni tampoco la construcción del aprendizaje mediante modelos de escucha activa. El problema es el considerar que existe dicha uniformidad, vender como clase magistral lo que no es e intentar, dentro de las escasas pruebas científicas que existen actualmente, diseñar un modelo educativo que hace copia y pega de cosas de antaño, mezclándolo con anglicismos varios e, introduciendo la viralización de las mismas para que se estén adueñando de todo el mercado. Hablo de mercado porque, en definitiva, no es más que el típico carromato de buhonero, empujado por algún que otro animal de tiro, que se para a vender sus múltiples productos para la alopecia, el mal de ojos e, incluso, esa hemorroide salvaje que se empeña en dar la tarde cada vez que algunos van de vientre. Es por ello que no conviene afirmar lo que ya sabemos: que es muy fácil opinar desde la barrera y difícil lidiar desde el coso. Ya, lo sé. Me podéis flagelar por la comparación y por el uso en ocasiones de trincheras porque dar clase no es ir a la guerra (salvo algún grupo de PMAR o FP Básica) pero es esa tradición mal entendida de las comparaciones decimonónicas.

Veo correcto que cada uno vaya a lo suyo y el organismo se especialice (me gustaría saber cómo cuadra eso con el trabajo cooperativo y la transversalidad pero no voy a intentar hacer sangre hacia el pobre articulista). No veo mal que uno hable de lo que le apetezca ni que tenga ideas propias. Miente quién diga que jamás ha hablado de medicina, de los productos que le van bien para la cefalea o, simplemente, de recomendaciones culinarias aunque no sea un chef de tres estrellas. Hablar de todo nunca puede ser peyorativo. El problema es tomarlo como verdad absoluta o creerse a determinados tertulianos. Preocupante, mucho más, cuando dicho tertuliano es escuchado por quién tiene que gestionar un servicio como el educativo y, en su formación o experiencia, aparece nada relacionado con la educación. Otra cuestión es el poder hablar. Y ahí yo soy el que más permisividad otorgo. Otra cosa es el caso que se les haga.

La demagogia educativa no es propiedad del señor Calatayud. El propio educador (sic.) que firma el artículo hace suya la demagogia. Comparar a María Montessori con César Bona es de traca. No es lo mismo. Al igual que no es lo mismo un docente de aula que cuenta cuentos, que uno que vive del cuento. Mis experimentos de Quimicefa no me hacen aspirar a ser el Premio Nóbel. Bueno, ahora eso de los premios, al menos en el ámbito educativo, está muy desvalorizado. Tanto que incluso me dieron uno a mí. Así que ya veis…

Las competencias son algo mucho más complejo de lo que habla el jurista. Mucho más aún de lo que habla quien redacta el panfleto defendiendo la homeopatía educativa más torticera. Seamos sinceros, si preguntas a mil docentes, novecientos noventa y nueve no lo sabrán y el que falta no te podrá contestar porque estará montando un vídeo para flippear la clase. Las competencias no son la adquisición de habilidades para la vida. Son la adaptación/uso/consolidación de aprendizajes para poder desenvolverse en la sociedad que nos rodea. Eso es ser competente. Eso es aprendizaje. Ya, no vende relacionar conocimientos con competencias pero son dos conceptos que van indisolublemente ligados.

Y ya si esto de comparar la vieja pedagogía frente a la educación emocional, el aula invertida, el aprendizaje por proyectos, la asamblea, el trabajo cooperativo, los valores cívicos, las inteligencias múltiples, la tecnología o la gamificación lo dejamos para otro día. Eso no es vieja ni nueva pedagogía. Eso se denomina aprendizaje y medios para que nuestros alumnos aprendan. Por cierto, recordar que el tema de las inteligencias múltiples ha quedado totalmente defenestrado después de múltiples investigaciones independientes que lo desmontan.

Eso de los entornos educativos más naturalizados y flexibles como que ya me he perdido. Es lo que tiene ser un simple docente de aula.

Mi particular y personal opinión acerca de un "desmonte" que se intenta convertir en otra cosa.

Cada vez me cuesta más entender a algunos cuando hablan sobre temas educativos. Ya no es sólo el discurso, más o menos elaborado, acerca de postulados fantásticos, verdades absolutas e, incluso, arengas militares acerca de metodologías de aprendizaje pantagruélico. Es algo mucho más básico que lo anterior. Es la imposibilidad de entender algunos conceptos que se usan, saber distinguir los matices entre dos palabras que suenan igual, parecen lo mismo y, por lo visto, incluyen opciones posteriores que van variando según quien habla sobre ellas o, simplemente, anglicismos que no tengo ni pajolera idea de para qué sirven o qué expresan. Llevo una paja mental del copón en los últimos tiempos. No tengo claro al acabar de leer un artículo sobre temas educativos de esos que aparecen en los medios o se publican en los blogs si me están hablando de onanismo o del estudio de lepidópteros. Sinceramente, ando más perdido que un pelo en la cabeza del cantante de Europe en sus buenos tiempos. Seguro que debe ser cosa mía o de la medicación. Bueno, estoy seguro de ello.

Fuente: https://aeon.co

Me siento empapuzado. Con una carga de conceptos, soluciones milagrosas, créditos y descréditos habituales y profusión, supongo que de forma dirigida por algunos, de recetas para solucionar todos los problemas que tienen nuestros alumnos a la hora de aprender. Sabios, legos y magos montando una saga épica de tamaño insospechado. Ríase Salvatore de la retahíla de novelas de su elfo oscuro Drizzt Do’Urden. Esto de la pedagogía new age da para mucho más. Y ya si sumamos a la cantidad de economistas que salen a la palestra como salvadores de la educación, expertos de bocata de calamares y, esos supuestos gurús cuya única relación con el tema educativo fue sentarse en una hoguera mientras se cantaban canciones tocando la guitarra en los junior o en las acampadas de la OJE, es lógico que a algunos se nos atraganten muchas cosas.

Eso sí, puede ser también que mi limitación intelectual sea  clave en lo anterior. No sé hasta qué punto hay falta de neuronas activas para aprender tanto. Tengo mis dudas acerca del daño que ha supuesto haber sido sometido a látigo y fusta en mi juventud por parte de esos docentes malvados, con colmillos babeantes y de hostia fácil (sic) y de los efectos que ha provocado lo anterior en mí. Bueno, puedo estar manipulando mi pasado para creer que se dio lo anterior. Si algunos manipulan realidades objetivas para adaptarlas a su antojo, otros se las creen porque se difunden por las redes como palabra divina, por qué no puedo hacerlo yo. Qué demonios, con lo bonito que es inventarse realidades paralelas, coger tu sable láser de encima de la puerta y teletransportarte a la playa en el momento en que te sientas a hacer tus necesidades, para qué vivir en la realidad asfixiante de temperaturas superiores a lo normal, noticias grandilocuentes que dicen poco y franquicias que, lo único que hacen, es dar dinero al franquiciador.

Lo de no entender nada me preocupa. Quizás es que por culpa de aprender conceptos en su momento y que, por desgracia, alguno me haya cambiado las capitales o me hayan salido nuevos países después de guerras sin sentido, hace que sea sólo capaz de asegurar que el Ebro pasa por Zaragoza. Bueno, también se escribir en un blog y, por lo visto, nadie me enseño a hacerlo. No, no hablo de la calidad de lo que escribo. Estoy simplemente diciendo que soy capaz de poner letras sin demasiadas faltas de ortografía. Lo de la falta de sentido es otro cantar.

No tengo ni pajolera idea de si alguien va a entenderme. Creo que no me entiendo ni yo cuando escribo así. A voz de pronto. Sin pararme en ningún momento a reflexionar sobre lo que estoy escribiendo y procurando no pasarme del tiempo máximo que me autoasigno desde hace tiempo a cada artículo. Bueno, la verdad, ¿realmente alguno de los que estáis dando palmadas con las orejas a ciertos posts educativos o artículos que salen en los medios, subiéndoos la camiseta hasta la medalla de la virgencita para demostrar conformidad o, simplemente, poniéndoos la mano en el sobaco para hacer ruido de aclamación en determinadas ponencias educativas, entendéis que os está contando el personal cuando os empieza a soltar determinados conceptos pedagógicos new age? Porque, sinceramente, yo no entiendo casi nada. Y lo que entiendo, creo que debo estar entendiéndolo mal.

La verdad es que, a veces, me sorprendo de la deriva educativa que estoy experimentando en los últimos tiempos. De defensor a ultranza de métodos y modas educativas, junto con el uso de cachivaches varios, me encuentro con la necesidad de cuestionarme de nuevo el sentido de la educación, la realidad de lo que sucede en las aulas y, la formulación de nuevos paradigmas que incluyan estudios mucho más serios que el simple hecho de visiones subjetivas de terceros o propias difícilmente extrapolables. No sé si me estoy haciendo mayor o simplemente más consciente de la necesidad de tener el mejor sistema educativo para romper brechas sociales y, por qué no decirlo, posibilitar un futuro para esos alumnos que, en muchas ocasiones, son sometidos a vaivenes de dimes y diretes muy relacionados con la mediatización de determinadas técnicas o productos, normalmente bajo criterios muy poco educativos.

Fuente: No source

Creo que ha llegado el momento de centrarse en evidencias. Al igual que, tal como explica perfectamente Marta Ferrero en el siguiente vídeo -por cierto, considerado tabú en determinados centros innovadores-, no hay ninguna duda en considerar que las vacunas salvan vidas y que existe, salvo acepciones interesadas, el cambio climático, no es menos cierto que, a veces, en el ámbito educativo se tiene la tendencia de vender como evidencias algo que, simplemente, carece de ellas.

En la charla anterior se parte de tres premisas básicas:

  • Los profesores quieren lo mejor para sus alumnos
  • Las informaciones que se plantean en la misma se hacen bajo evidencias robustas
  • En caso de duda sobre alguna afirmación se recomienda buscar la literatura científica antes de acudir a versiones “sin fundamento”

Una charla en la que se desmontan cinco modelos que se están vendiendo mucho en la actualidad, como son la teoría de las inteligencias múltiples, el método Doman (tanto en la acepción de aprendizajes infantiles como en el tema de estimulación motora), el aprendizaje por descubrimiento, el entrenamiento ocular y la lateralidad cruzada. No, no son los únicos métodos que pueden desmontarse por literatura científica pero sí un ejemplo para lo que se plantea en el vídeo.

No, como docentes no estamos aislados de comprar propuestas pedagógicas del siglo (o del milenio) que cambian cada cierto tiempo, sumarnos a las modas neurocientíficas que dicen los especialistas en el campo que deben ser tomadas con prudencia y, cómo no, ir a cursos, ponencias donde se nos venden bondades falsas. Y todo ello porque, tal y como nos dicen en la charla, existe una brecha importante entre docentes e investigadores, no se da cultura científica en las Facultades de Educación y, socialmente, queda muy mal decir que el método que mejores resultados da es uno que no queda bien porque se le considera demasiado tradicional. Y, seamos sinceros, ¿a quién le gusta descubrir que para aprender a ir en bici el mejor sistema es el de toda la vida con rascuñones incluidos?

Tengo claro que todos -docentes de aula y Facultades donde se forman a los futuros docentes- nos debemos poner las pilas en cuanto a la necesidad de incrementar nuestra cultura científica porque, por desgracia, todos sabemos que las charlas que venden son las que dan tipos que sólo cuentan anécdotas de su época como docentes, prácticas que manipulan y nos intentan endosar libros sobre “nada”. Todo ello con el colaboracionismo de una administración educativa que ayuda a difundir lo anterior por interés o desconocimiento real de evidencias científicas. No, ¿quién dijo que fuera fácil mejorar la educación? No, no es fácil ni hay milagros. Al igual que en otros contextos profesionales se aprende y mejora con las cosas que funcionan y no las que nos dicen que funcionan sin ningún tipo de prueba que lo avale.

Por cierto, como bonus track, la imprescindible e impecable ponencia de Beronika Azpillaga y Luis Lizasoain sobre un estudio de eficacia escolar en el País Vasco (enlace) donde, de forma muy científica exponen los datos que hacen que unos centros tengan mejores resultados que otros porque, al final, no es percepción de uno o adaptar los resultados a lo que nos interese. Es tener la capacidad de comparar resultados y decir qué funciona y qué no bajo unos criterios lo más objetivos posibles (en educación ya sabemos que es muy complicado). No, a algunos no nos vale decir que mejor no evaluar porque, al final, cada uno hace de su chiringuito un sayo y, por desgracia, los alumnos no se merecen esa falta de evaluación acerca de qué aprenden y cómo lo hacen. Y todo ello por muchos motivos aunque, a algunos, nos interese evaluar más el conjunto de forma global pero la sociedad demanda otro tipo de evaluación y no es cuestión de dejar a los chavales sin oportunidades futuras. A qué si fuera vuestro hijo (y sí, me dirijo a todos aquellos a los que les da igual la evaluación y son capaces de falsificarla para que se adapte a lo que ellos quieran y valide sus modas actuales) no querríais que se dejara su aprendizaje a la dula y a la suposición. Yo, no.

Sí, he aprovechado para colgar esto hoy porque la mayoría de innovadores (a excepción de los valencianos) están de vacaciones :)