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Reconozco que la cambiante y compleja situación actual hace que todos, por motivos obvios, estemos dando bandazos viéndolas venir. Al igual que estoy convencido de que cualquiera que hubiera estado en el gobierno lo hubiera hecho igual de bien o mal (con sus matices ideológicos en pequeños detalles), también estoy totalmente convencido de que, a la administración educativa, la situación sobrevenida le ha hecho saltar por los aires cualquier tipo de planificación. Ni en sueños nadie se pensaba que pasaría lo que está pasando.

Las administraciones educativas hacen lo que pueden con lo que tienen. Y voy a ir más lejos, sabiendo lo que está haciendo la mía, también tengo claro que en todas se está trabajando a destajo. Lo mismo que están haciendo la mayoría de docentes de este país. Docentes que están aprendiendo a usar determinadas herramientas a contrarreloj. Alumnado que, al igual que los docentes, está totalmente perdido. Qué voy a decir de las familias. Algunas de las cuales han perdido sus trabajos y se hallan en situación crítica.

Que se haga lo que se pueda no implica que la administración educativa no pueda tomar decisiones erróneas. Quizás lo errático del contexto y lo líquido de la situación haga cometer errores por la premura de la situación. Hoy, a mi entender, creo que el Ministerio de Educación ha cometido un error al diseñar un plan “para suministrar al alumnado desfavorecido de Bachillerato y FP dispositivos móviles para que puedan seguir las clases” (fuente).

Mi reflexión va en un doble sentido: en la más que cuestionable competencia digital del alumnado y, lo que es más importante, en la consideración de que los dispositivos móviles (y más del tamaño que se plantean) no son los más adecuados para conectarse a un entorno vitual de aprendizaje (léase Moodle, Classroom, Edmodo,…). Ni en las Universidades virtuales, algunas con muchos años de experiencia y con alumnado mayor, más autónomo, más competente digitalmente y, normalmente procedente de familias menos “deprimidas”, el método de seguir las clases por móvil es recomendada por nadie. Otra cuestión es que, puntualmente, uno pueda recibir comunicaciones (las tareas) o realizar algún tipo de videconferencia. Entonces, ¿por qué no creer que es mejor esto que nada? Claro que es mejor que nada pero esto no es lo más adecuado.

Y ya que algunos me plantean qué medidas hubiera tomado yo, pues voy a recomendar una opción, a pesar que algunos me llaméis trasnochado, que creo que podría ser muy válida para alumnado de esos contextos: el uso de sistemas de mensajería coordinado desde un docente “referencia” de cada una de las tutorías de esos chavales (mediante Correos). Un servicio que debería, con una periodicidad determinada, permitir que las tareas y consultas fueran recogidas cada cierto tiempo y los repartidores (un servicio esencial que recoge el nuevo Decreto) se encargarán, con todas las herramientas de protección adecuadas, de devolver al coordinador esas tareas y dudas del alumnado. Y, una vez recibidas, por el mismo método telemático, fueran repartidas entre los diferentes docentes por parte de ese “coordinador”. Y así no se dejan a esos chavales al albur de un dispositivo tecnológico que, puede repartirse pero, de forma única, no tiene ningún tipo de sentido.

Seguramente algunos diréis que el alumnado ya puede hacer fotos con el móvil de las tareas y enviárselas a cada uno de los profesores que tiene pero, ¿de verdad creéis que es un sistema coordinado? Yo creo que no. Y ese alumnado necesita otra cosa. Necesita más atención que los demás porque su situación lo reclama.

He reflexionado en voz alta, de forma muy rápida pero, espero que se me entienda. Hay alumnado aún más vulnerable en este momento. Hagamos las cosas bien. Ellos y ellas se lo merecen.

No me apetece volver a dejar en manos de Google y sus anuncios el mantenimiento del blog. Así que si os apetece colaborar en mantener esto, ya sabéis…

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Estoy muy preocupado por el tema del uso de los dispositivos móviles en las aulas y, de paso, en todo el recinto educativo. Son numerosos los casos en los que, por determinados motivos, acaba interviniendo la policía y, muchos otros, que hacen que los alumnos acaben más preocupados o pendientes de su dispositivo que de escuchar la explicación de los profesores. Hay una epidemia de un uso nada educativo del mismo y, por desgracia, los que estamos a favor de liberalizar su uso en todo momento nos encontramos cada vez con menos argumentos que poder utilizar. Ya no es sólo que los alumnos no sean nativos digitales, es el hecho de que, al final, no somos ni los adultos los capaces de gestionar correctamente nuestros dispositivos móviles.

Fuente: Desconocida

La tecnología nos ha superado. Es la realidad. Y no sólo lo ha hecho en las calles. Lo ha hecho también en los recintos educativos. No hay alumno, salvo contadas excepciones, que no lleve su móvil en la mochila, aproveche el mínimo descuido para usarlo (sí, dentro de clase también) o, simplemente, se vea incapaz de gestionar los tiempos para que esa dependencia (que no adicción com erróneamente algunos dicen) no le afecte en su aprendizaje. También sucede en casa. Son muchos los que estudian con el móvil y, al final, acaban más pendientes de las historias de Instagram de los que siguen que de ponerse a la tarea. En este caso ya no es culpa de los centros educativos ni de los docentes. Quizás tampoco sea de los padres porque, al final, ¿los adultos hacemos un uso correcto de los dispositivos o lo hemos convertido en una parte de nosotros mismos? Ya no se ve mal que en una mesa estén los móviles encima de la mesa, tampoco que uno conteste whatsapps mientras está hablando conmigo. Hemos convertido la distracción en parte de nuestra vida. En definitiva, los adultos estamos tanto o más perdidos que los adolescentes en el tema. Eso sí, como somos supuestamente adultos no se da valor a lo mal que gestionamos esos aparatos. Por cierto, reto a alguien que se ponga en una esquina y mire la cantidad de conductores que están hablando por el móvil o enviando mensajes mientras conducen. El porcentaje es demoledor.

Por tanto, ¿qué hacemos en los centros educativos? ¿Nos dedicamos a prohibir los dispositivos o les dotamos de un libertinaje absoluto? No, no hay término medio. Si se permiten para determinadas prácticas educativas sé de buena tinta que en cuanto puedan los chavales van a usarlo para lo que no toca. Ya puedes montar una actividad en Kahoot o, simplemente, algo que requiera del móvil para realizar determinadas cosas y, en caso que el móvil esté habitualmente prohibido, va a haber muchos que lo traigan que van a usarlo mal fuera de esa actividad. Bueno, no sé si denominar a ver Instagram o jugar a su juego favorito algo malo si se hace en horario de patio. El problema es que no queda restringido al patio. Y, curiosamente, el alumnado más necesitado de aprendizaje es quien peor lo usa. Mirad si no esos grupos de PMAR y FP Básica en los que, por lo visto, lo del uso del móvil se ha instaurado como parte de su ADN.

No tengo muy claro cómo podemos educar en algo que no estamos educados. A los docentes el uso de los móviles se nos ha ido de las manos (tanto a nivel personal como a nivel educativo). Hemos de darnos una vuelta por las salas de profesores o, simplemente por alguna de esas ponencias que se realizan a lo largo y ancho de la geografía donde, es más habitual ver a un docente que esté más pendiente de su Twitter, Facebook o Whatsapp de lo que le están contando. Es por ello que me cuesta decidir apostar por cualquier postura. Reconozco, eso sí, que no debería haber término medio y que la medida tomada debe llevarse hasta el final con todas sus consecuencias… ¿liberamos totalmente su uso o lo prohibimos? No, no me vengáis con educar en su uso porque tengo claro, al igual que el resto de docentes, padres y alumnos, no vamos a ser capaces de lo anterior. Es un tema que se nos ha ido de las manos y ya son muchos años diciendo/haciendo cosas contradictorias que no han servido para nada.

¿Qué debemos hacer con los móviles en los centros educativos? Esa es la pregunta que necesita urgentemente respuesta. Y una respuesta con sentido más allá de percepciones/deseos personales o, el simple hecho de jugar a ir eliminando problemas, porque los móviles no van a desaparecer de golpe y porrazo de nuestras aulas ni de nuestra sociedad. Y, educar en su uso a día de hoy es misión imposible.

Algunos estamos empezando a estar un poco hartos de la demonización de determinadas herramientas que acercan, mucho más que alejan. Ya no es sólo la posibilidad de acceso inmediato y ubicuo a gran cantidad de información. Son las posibilidades infinitas de establecer relaciones que, a pesar de ser distantes, te permiten mejorar tu praxis profesional o, simplemente, disfrutar pasando el tiempo con lo que a uno le interese a cada momento. Es por ello que no entiendo la necesidad de desconectar para aumentar el contacto con los más cercanos. Que uno sólo tiene comunicación con quienes le aportan algo y, a lo mejor, esas personas que tenemos más cercanas no nos aportan demasiado. No por ser cercano algo es más útil para nuestras experiencias vitales. No por tener un intercambio café delante, el mismo va a dar mejores resultados que uno que pueda darse enfundado en un cómodo pijama desde tu sillón favorito.

Fuente: http://psicoblog.com

El ser humano es un ser social y como tal tiene la necesidad de relacionarse. Ya, seguro que podemos hablar de esos que van de retiros espirituales para aislarse del mundo o, simplemente la fácil taxonomización de quien le gusta disfrutar de esa conectividad de interrelaciones como sociópata pero, va a ser que no. No es todo tan fácil. Si uno tiene problemas en su vida real, posiblemente va a exportar esos problemas a su vida digital. Bueno, más bien a las relaciones que va a poder establecer en las redes. Por cierto, si uno no tiene problemas en su vida real, ¿para qué plantearse abandonar su vida digital? No son complementarias ni suplementarias. Son la misma vida porque son, simplemente, sesgadas por la distancia de las mismas.

¿Alguien se cree que alguien por estar a una cierta distancia de sus seres queridos les querrá menos? ¿Alguien se piensa que, por el simple hecho de que uno viva en el continente A y otro en el B, la relación que puede haberse establecido a distancia es más débil que la que pueda haberse establecido en contextos de coincidencia física? A ver… seamos sinceros, la conectividad simplemente amplifica las posibilidades. Y quién va a discutirme lo bueno que es tener más posibilidades.

No, no estoy obviando los peligros que puede entrañar -y más en menores de edad- el mal uso de una herramienta (la conectividad) accesible desde múltiples dispositivos. No voy a obviar tampoco la necesidad del buen uso de la misma pero, ¿realmente es algo diferente de cualquier otro objeto de uso cotidiano? ¿Realmente no puede darse un mal uso de un cuchillo de cocina o de un vehículo a motor? ¿Qué hace que la tecnología, especialmente en su vertiente comunicativa, esté tan necesitada de planteamientos mediáticos para cuestionar la misma? Sinceramente, no lo entiendo. Bueno, sí que lo entiendo siempre y cuando dichas precauciones vengan de personas que, para justificar el mal uso que han hecho de la misma, deban buscarle todos los defectos.

Estoy harto de ver cuestionar, en todo momento y lugar, la tecnología como el Satán sel siglo XXI. La verdad es que quizás estemos ante una sociedad enferma por tener, como última finalidad, la visión equivocada de que todo es malo salvo lo que ellos hacen o defienden.

El artículo hace referencia al programa de Salvados de ayer que hablaba sobre adicción a los móviles y a las posibilidades de conectividad de los mismos. Un programa que no vi pero que, gracias a esa conectividad tan nefasta, he podido seguir por esas redes tan demoniacas :)

Perder el norte es algo demasiado habitual cuando se legisla sobre aspectos educativos. Más aún cuando la legislación se empeña en ir contra la realidad e intenta someter a los dictados de normas, cada vez más prohibicionistas, contextos cuya máxima debería ser el educar. Estos últimos días, dentro del prohibicionismo tan extendido, se rematan dos cuestiones muy relacionadas con la tecnología educativa. Bueno, más bien, se refuerzan las prevenciones sobre la base de un acto realmente poco efectivo como es el de prohibir. Prohibir, bonito verbo. Prohibir, algo que de tan manido pierde todo su valor.

Fuente: http://www.desmotivaciones.es
Fuente: http://www.desmotivaciones.es

Ahora toca prohibir los teléfonos móviles en el aula por miedo al cyberbulling. Sí, algunos aún no se han enterado que prohibir dentro de cuatro paredes tiene poca efectividad cuando la sociedad los usa masivamente. Sí, algunos no se han enterado aún que las prohibiciones lo único que hacen es generar, aún más si cabe, la reacción opuesta a la misma. Que llevar un bidón de gasolina no es lo mismo que prenderle fuego pero, por lo que se ve, algunos aún no han entendido el concepto de educar en el uso correcto de algo frente a la fácil prohibición. Que prohibir es muy fácil. Demasiado fácil. Y, como no, seguro que tiene adeptos. Y muchos. Quizás, la mayoría. Seguro que muchos docentes y padres alaban las medidas prohibicionistas. Que bonito es prohibir. Que falsa seguridad que nos genera.

Uno prohíbe sólo lo que le genera miedo por su incapacidad personal de controlarlo. Da igual que se pueda usar bien. Lo importante es prohibirlo porque, algo siempre puede usarse mal. Sí, al igual que un cuchillo en los comedores escolares (por cierto, aún no prohibido pero, seguro, que todo llegará), la prohibición que se reafirma mediáticamente por casos puntuales queda muy bien. Sí, da votos. Muchos votos. Y al final, los legisladores piensan en las elecciones. Ni piensan en los chavales ni en su futuro. Ni falta que hace. Ya pensaremos en ellos cuando toque la hora que voten. Y seguro que, al reducir sus posibilidades formativas, conseguimos ganado que vote lo que les digamos. Que venden muy bien las palabras vacías de contenidos. Que hay mucho iletrado que compra lo que le dicen.

De siempre he tenido mis dudas acerca del prohibicionismo que se está generando en los centros educativos. Ya me generó mis dudas la existencia de vallas cada vez más altas con puertas cada vez más blindadas. Lo de las cámaras en los patios y en los pasillos ya lleva el paroxismo a extremos desquiciantes. Pero, curiosamente, esas medidas se aprueban con el beneplácito de gran parte de la comunidad educativa porque, lo de pasar lista en la Universidad, incluso mola a los alumnos. Ya el cúlmen del despropósito. El prohibir faltar a clases infumables a personas que, supuestamente, ya tienen un cierto espíritu crítico. Vamos para bingo.

Sí, los centros educativos se están convirtiendo en centros de prohibición. Prohibimos los móviles, el uso de obras comerciales (que, en el ámbito educativo podrían ser usadas para educar) y, como no, las posibilidades de libertad de movimiento de nuestros alumnos. Sí, tenemos aulas de castigados para quien incumple las normas, páginas web a las cuales no se puede acceder porque no están certificadas por el Estado (o las Comunidades Autónomas), vallas de un grosor cada vez mayor, ventanas cada vez más estrechas por donde prácticamente no entra un triste rayo de luz, bares cerrados o inexistentes fuera del horario de patio y, como no, multitud de prohibiciones de diferente calado en unos centros educativos que cada vez tienen menos de educativos y más de campo de prisioneros. Algunos, por cierto, con mayores libertades para sus reclusos.

No creo en el libertinaje educativo absoluto pero, de ese libertinaje a la prohibición más absolutista, creo que hay mucho margen para un término medio. Un término medio tan necesario como imprescindible porque, por mucho que sea más fácil prohibir que educar, ese no debería ser el trabajo de nuestros centros educativos.

movilesprohibidosCreo que algunos no tienen demasiado claro lo que suponen las necesidades para una Escuela del siglo XXI. A veces da la sensación de que existe más de un ludista contradictorio entre quienes tienen capacidad de toma de decisiones educativas. Si no fuera así no se entendería la propuesta de el Consejo Escolar de Girona para prohibir los móviles en los centros educativos de su ámbito de actuación. Sinceramente, no lo entiendo.

Hace un par de cursos el Departament d’Ensenyament de Cataluña impulsó el uso del móvil dentro del aula mediante un proyecto denominado mSchools. Un proyecto que pretendía, dentro de determinadas materias del currículum (especialmente en Informática de cuarto de ESO), introducir la posibilidad de que los alumnos programaran sus aplicaciones móviles. Una inversión en propaganda y formación (muchos docentes nos sumamos a la formación que ofrecía el Departament para mejorar nuestra práctica educativa en algo que muchos teníamos bastantes lagunas como es la programación de apps) que, por lo que se ve, entra en contradicción con lo que han aprobado en la provincia de Girona. Algo muy difícil de conjugarse.

Más allá de contradicciones entre la propia administración conviene entender qué sentido tiene para los prohibicionistas impedir la entrada de dispositivos móviles en el aula. Un sentido de protección porque, según afirman algunos, es más fácil prevenir que curar el mal uso. Por cierto, da la sensación que nadie se plantee en “educar en su uso”. Lógico, es más fácil prohibir que abordar el problema o las oportunidades que ofrecen esos dispositivos.

El teléfono móvil es una herramienta más que, dentro de sus posibilidades, está la de ser usada en determinadas actividades educativas (toma de imágenes, vídeos, uso de diferentes aplicaciones, etc.). ¿Debemos prohibir su uso antes que potenciar el buen uso de la herramienta? ¿Debemos ser los ludistas del siglo XXI para impedir que una herramienta de distribución masiva entre nuestros alumnos se convierta en algo que sólo vean cuando salgan de las rejas cada vez más altas de los centros educativos? ¿Debemos seguir optando por métodos prohibicionistas o negacionistas antes que dar solución a las necesidades de los alumnos y a las estrategias de aprendizaje?

No creo que en un ciclo formativo de cocina se impida usar cuchillos por los peligros que puede entrañar su mal uso. No creo que nadie se plantee prohibir llevar tijeras o compás por miedo a que algún alumno se lo clave a otro en la yugular. No creo que a nadie se le ocurra que no debemos conducir por los peligros que puede suponer tener un accidente. No creo que nadie sea tan estúpido para no diferenciar lo que “debe hacerse” de lo que “no”. Y ahí es donde entran los centros educativos. En educar en el uso. En gestionar que todos los elementos que se usen para el aprendizaje sean usados de la manera más adecuada posible. Porque, ¿alguien se cree a estas alturas de la película que prohibiendo el uso de teléfonos móviles en los recintos educativos se impide que sean usados para cometer tropelías? Por favor…