El éxodo pedagógico a Bluesky: ida, vuelta y tuit fijado
Hubo un tiempo -breve, intensísimo, casi litúrgico- en el que los héroes de la pedagogía crítica e inclusiva anunciaron su marcha solemne de X. No era una salida cualquiera. Era un acto moral, una gesta ética, una performance de pureza ideológica digna de ser estudiada en másteres de Innovación Docente y Resistencia Digital.
«Me voy para no volver».
«Esta red está muerta».
«No pienso alimentar al monstruo».
«Nos vemos en Bluesky».
Y allá que se fueron. Con hilo explicativo, con tono grave, con bibliografía implícita y, por supuesto, con aplausos entre iguales. Porque nada refuerza tanto una decisión ética como que te la celebren los mismos cuatro de siempre.
Bluesky fue entonces la Arcadia pedagógica. Sin algoritmo malo, sin Elon Musk mirándote desde una nube de plutocracia tecnofascista, sin odio (porque no había nadie), sin ruido (porque no había conversación), sin trolls (porque no había público). El sueño húmedo del profesorado militante. Un sueño que consiste en escribir y que nadie te contradiga… ni te lea.
Durante semanas, el entusiasmo fue incontenible. Se hablaba de «comunidad», de «espacio seguro», de «recuperar el sentido del diálogo». Lo que no se decía tanto es que no había alumnado, ni periodistas, ni debate, ni impacto, ni absolutamente nadie fuera del circuito endogámico. Pero eso era secundario. Lo importante era haber salido.
Hasta que pasó lo inevitable.
Primero volvieron «solo para leer».
Luego «solo para compartir algo importante».
Después «porque aquí está el debate».
Finalmente, para quedarse.
Y, curiosamente, volvieron todos. Incluso los que juraron que jamás lo harían. Especialmente esos. Los que escribieron epitafios de X. Los que denunciaron el mal absoluto. Los que explicaron que permanecer era complicidad. Los que moralizaron con mayúsculas.
Hoy están otra vez aquí.
Tuiteando.
Opinando.
Enganchados.
Con hilos larguísimos sobre ética digital… en X.
Eso sí… sin pedir disculpas. Porque el retorno no se explica, se normaliza. Nadie dice me equivoqué. Se dice «hay que disputar el espacio». Nadie reconoce que se fue por postureo. Se dice «estrategia». Nadie admite que Bluesky era un solar vacío. Se dice «todavía está en construcción» (lleva dos años en obras).
Y Elon Musk, mientras tanto, sigue ahí. Igual de rico. Igual de dueño. Igual de inaccesible para quien prometió no volver… pero volvió.
La lección pedagógica es maravillosa. La coherencia es opcional. El tuit es obligatorio.
Porque, al final, lo que no soportaban no era a Musk, ni el algoritmo, ni la toxicidad. Lo que no soportaban era no ser leídos.
Bluesky era muy ético.
Pero no tenía público.
Y sin público, no hay épica.
Ni pedagogía cuché.
Ni héroes.
Así que aquí están otra vez.
En la red malvada.
En la red nociva.
En la red que juraron abandonar.
Curiosamente, ahora con un discurso aún más moral, porque nada legitima tanto volver como fingir que nunca te fuiste.
Dejadme haber sido un poco malo hoy. Creo que, después de ciertas cosas que dicen y hacen algunos, me merezco poderlo ser porque, al final, no hay nada mejor para la épica de algunos que desmontársela. Bueno, se la desmontan ellos solos. Es que son tan bonicos y dan tanta penica que, al final, les acabas cogiendo cariño.
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