El lucrativo negocio de las tazas de Mister Wonderful

Si hay algo verdaderamente genial en el modelo de sociedad actual es su capacidad casi mágica para coger un problema estructural generado por él mismo, empaquetarlo con lazo rosa, ponerle una frase con tipografía manuscrita y vendértelo como la solución definitiva a todos tus males a precio de saldo.

Llevas años encadenando jornadas laborales infumables, soportando una burocracia infame que te exige cita previa hasta para existir, pagando impuestos de país nórdico a cambio de servicios de atención decimonónica y viendo cómo tu salud se va por el sumidero a pellizcos diarios. Te cuesta conciliar el sueño, se te agarrotan las cervicales cada domingo por la tarde y tienes la batería vital a cero.

Y, ¿cuál es la respuesta que el mercado y la tribu iluminada de la autoayuda digital tienen reservada para ti?

No, hombre, no. Nada de apagar el teléfono, mandar al carajo al jefe abusivo o exigir que las cosas funcionen con un mínimo de rigor. La solución es mucho más elegante. La solución pasa por comprarte una vela aromática con olor a lavanda silvestre, matricularte en un taller de mindfulness de fin de semana y beberte el café en una taza que te recuerda que «si puedes soñarlo, puedes hacerlo».

Es una perversión de un nivel superior. Nos han sustituido el derecho elemental a la tranquilidad, al tiempo libre y al descanso sin culpa por un kit de supervivencia espiritual de baratillo.

El positivismo tóxico de taza de Mister Wonderful se ha convertido en la anestesia oficial para mantener a la sociedad dócil y sonriente en mitad del naufragio. Si el sistema te exprime hasta la última gota de energía, el problema no es el ritmo insoportable ni la falta de respeto a tu vida personal. El problema es que no estás gestionando bien tus emociones, que te falta resiliencia o que no estás vibrando en la frecuencia adecuada.

Es la trampa perfecta. La responsabilidad de tu desgaste ya no la tiene la máquina que te tritura. La tienes tú por no saber hacer la respiración adecuada a las seis de la mañana.

Así, la salud mental deja de ser una cuestión de dignidad personal y condiciones de vida para transformarse en un nicho de mercado multimillonario. Un mercado lleno de gurús de salón, infusiones detox a quince euros el bote, podcasts de crecimiento personal grabados por señores que jamás han cotizado un día de trabajo real y libros de autoayuda que se resumen en dos palabras… jódete y sonríe.

El verdadero autocuidado no se compra en un centro comercial ni se fotografía para subirlo a Instagram con la etiqueta #Autocuidado o, para ser todavía más guay, #SelfCare.

El autocuidado real es un acto bastante más sucio, áspero y poco estético. Consiste en aprender a decir un no como una catedral de grande sin que se te remueva la conciencia. Consiste en mandar a paseo a las personas que te drenan la batería, en colgar el teléfono fuera de horario sin dar explicaciones, en dejar de ir a compromisos sociales que te importan un carajo y en plantar cara cuando pretenden tomarte el pelo.

Pero claro, vender la dignidad personal, el límite claro y la desatención voluntaria no da dinero. No genera cuotas mensuales ni se puede empaquetar en una caja de suscripción trimestral. Es mucho más rentable venderte la milonga de que un baño caliente con sales de magnesio va a solucionar el hecho de que llevas tres meses al borde del colapso nervioso por culpa de un entorno tóxico.

Va siendo hora de apagar el quemador de aceites esenciales y llamar a las cosas por su nombre. La epidemia de agotamiento, cabreo y desconcierto que nos rodea no se cura con sermones de autoayuda ni con frases célebres pegadas en la puerta del frigorífico. Se cura recortando el ruido, echando a los parásitos de tu agenda, defendiendo tu tiempo a dentelladas y recordando que tu salud no se negocia con nadie.

Mientras algunos se quedan con sus velas de lavanda, sus mantras de mercadillo y sus tazas llenas de mentiras edulcoradas, yo prefiero el aire limpio de un paseo en silencio, el apagón digital sin avisar a nadie y el placer incalculable de mandarlo todo a la mierda a tiempo.

Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.

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