La chupa tejana y la chaqueta de pana… el disfraz de «pueblo» para embaucar a los de siempre
En la política-espectáculo actual, donde la gestión brilla por su ausencia y los presupuestos se van en mantener estructuras hipertrofiadas, los asesores de imagen cobran a precio de oro para diseñar la última gran ocurrencia. Me estoy refiriendo a la metamorfosis del vestuario en tiempos de elecciones.
El último episodio de esta serie de comedia rancia lo ha protagonizado Gabriel Rufián en X. A las puertas de la campaña, ha decidido actualizar su foto de perfil quitándose el traje institucional para colocarse una chupa tejana bien estudiada. De la noche a la mañana, el parlamentario que lleva años cobrando un sueldo público que ya quisiera el noventa por ciento de la clase trabajadora se nos presenta con estética de tipo de barrio, como si acabara de bajar del autobús de línea tras una jornada picando piedra en la cantera.

La jugada es muy vieja, pero a mí me sigue produciendo el mismo ardor de estómago de siempre. Es exactamente el mismo truco de magia barata que aplicó en su día Felipe González con aquella célebre chaqueta de pana en los años ochenta. La consigna de los jefes de campaña es de un trazo grueso que raya el insulto a la inteligenci. Si quieres que el currante que no llega a fin de mes te vote, no le hables de datos, de gestión o de por qué las infraestructuras de su día a día se caen a pedazos. Simplemente, ponte una prenda de vestir que recuerde a la calle y hazte la foto.
Se trata de disfrazarse de «pueblo» para hacer creer a la peña que eres uno de ellos. Que entiendes el madrugón, el nudo en el estómago a final de mes y la impotencia frente a la ventanilla de la administración.
El problema es que, cuando rascamos la capa de pintura de la chupa tejana o de la pana zurcida, debajo no hay un compañero de trinchera. Hay un profesional de la política cuya máxima prioridad es mantener la cuota de pantalla y la cuota de poder. Y, como es lógico, sus grandes emolumentos.
Lo verdaderamente triste de este teatro no es que un político intente colar la mercancía averiada del populismo estético. Lo verdaderamente sangrante es que la estrategia sigue funcionando en una parte de la población. Cuela en personas de poco conocimiento o anestesiadas por el hooliganismo de sigla. Gente que todavía hoy, en pleno siglo XXI, ve a un tipo con cazadora vaquera en la tribuna y piensa sinceramente… «Míralo, este sí que nos entiende, este va a luchar por los míos y va a legislar para protegernos».
Es de una ingenuidad casi conmovedora, si no fuera porque el precio que se paga por ella es elevadísimo.
Llevamos décadas viendo cómo los de la pana, los de la camisa remangada sin corbata o los de la chupa tejana llegan al sillón prometiendo asaltar los cielos para defender a la clase trabajadora, para terminar legislando exactamente igual -o peor- que los anteriores. Mantienen siempre los chiringuitos, suben más todavía la presión fiscal de los de antes y blindan las prebendas de la casta política a la que ya pertenecen por derecho propio.
A estas alturas del partido, que un político se cambie la foto de perfil para parecer un vecino de la acera de enfrente debería ser motivo de carcajada generalizada, no de aplauso.
El respeto a la ciudadanía no se demuestra en el vestidor de los asesores de imagen ni posando con cara de tipo duro en redes sociales. Se demuestra en el rigor de las leyes que apoyas, en la fiscalización del gasto público que exiges y en si la vida del trabajador a pie de calle ha mejorado un milímetro tras tu paso por la institución.
El traje no hace al monje, pero la chupa tampoco convierte al vividor de la política en un defensor de la clase obrera.
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