Vida extraterrestre en el depósito de agua y otros misterios de la cafetera de la sala de profesores
Llevamos años leyendo estudios neurocientíficos sobre la resistencia al estrés de los docentes, informes sobre el desgaste profesional y teorías complejas sobre la resiliencia en el aula. Sin embargo, la ciencia oficial está ignorando el verdadero milagro biológico que ocurre cada mañana en miles de centros educativos de este país. Me estoy refiriendo a cómo es posible que el cuerpo docente siga con vida tras ingerir el líquido que sale de la cafetera de la sala de profesores.
Ese electrodoméstico no es una cafetera. Es un acelerador de partículas biológicas, un ecosistema no explorado y, sin duda alguna, el escenario perfecto para el rodaje de la próxima secuela de Alien.
Da igual el modelo. Está la clásica de goteo con la jarra de cristal que lleva tres años con una costra negra en el fondo que ya tiene derechos constitucionales, la italiana tradicional que nadie ha fregado desde la Ley Moyano para no quitarle el aroma, o la Nespresso jubilada que un compañero piadoso donó cuando se compró la nueva en su casa.
El mecanismo de mantenimiento es siempre el mismo… ¡ninguno!
El depósito de agua de la cafetera del claustro ha desarrollado una biodiversidad que dejaría en ridículo al Parque Nacional de Doñana. Hay un moho verdoso flotando en la superficie que ha empezado a organizarse en microestados y a pedir representación sindical. Dentro del contenedor de cápsulas usadas se acumula una mezcla de humedad, posos de antes del 2000 y formas de vida microscópicas que no responden a la taxonomía conocida por la biología moderna.
Si la NASA quiere buscar vida en condiciones extremas en las lunas de Júpiter, no hace falta que mande sondas de millones de euros. Basta con que tome una muestra con un bastoncillo del inyector de agua de la máquina de café de cualquier centro educativo.
Lo más fascinante del asunto es la sociología del mantenimiento. En un claustro de sesenta personas, existe la firme convicción de que la cafetera se autolimpia por gracia divina o por intervención del Espíritu Santo.
Nadie la limpia jamás porque eso le toca al que la usa más, pero todo el mundo se sirve. Cuando la cafetera empieza a emitir un chasquido extraño, a soltar un vapor con olor a neumático quemado o a purgar un líquido espeso que parece petróleo refinado, la reacción docente es siempre la misma. Se le da un golpe flojo en el lateral, se le cambia la taza y se dice en voz alta… Oye, hace un ruido raro, habría que pasarle un poco de agua.
Ese pasarle un agua consiste en aclararla dos segundos bajo el grifo sin jabón, dejando que la colonia de hongos del tubo interno siga prosperando felizmente mientras absorbe los minerales del agua del grifo.
La verdadera pregunta que la Organización Mundial de la Salud debería estar investigando es cómo ningún docente ha terminado ingresado en la UCI por botulismo o intoxicación bacteriana masiva.
La respuesta es obvia. Estamos hablando de la inmunidad adquirida, a base de mocos, toses y abrazos, de la escuela.
A lo largo de los años, el organismo del docente a pie de aula desarrolla un sistema inmunológico de titanio a base de tragar ese brebaje oscuro y burbujeante. El moho de la Nespresso actúa como una vacuna de amplio espectro. Las bacterias mutantes del depósito nos protegen contra cualquier virus invernal que traigan los alumnos de primero de la ESO. Lo que no te mata en el recreo te hace inmune para el resto del trimestre.
Así que la próxima vez que te sirvas esa taza con posos misteriosos y una espumita de color sospechoso, no lo pienses mucho. Tómalo de un trago. No es café. Es la verdadera causa de la invencibilidad docente.
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