El timo de los creadores de contenido
Quienes me leéis por aquí sabéis perfectamente que este blog goza de una salud envidiable. El contador de visitas echa humo, los hilos de X se viralizan hasta el paroxismo y el número de seguidores crece cada semana. Queda muy bien para el ego y para presumir en las cenas o con amigos, no os lo voy a negar. Pero hoy me he levantado con ganas de saltarme el guion habitual, alejarme un poco del barro educativo y escupir una verdad incómoda que nos salpica a todos, empezando por mí mismo… los «creadores de contenido» somos el síntoma definitivo de una sociedad infantilizada que prefiere el envoltorio al regalo.
Hablemos claro. ¿Qué aporta realmente un creador de contenido a la sociedad? Nada. Humo. Entretenimiento barato para rellenar los tiempos muertos de una población adicta a los chutes de dopamina en vertical. Convertir el hecho de subir vídeos, tuits o artículos en una categoría profesional con ínfulas de utilidad social es la gran mentira de nuestra era.
El ejemplo perfecto lo tenemos muy fresco en la memoria colectiva con la última campaña de Burger King con El Xokas. Un espectáculo dantesco que resume a la perfección el ecosistema digital. Marcas multinacionales desesperadas por facturar que se alían con personajes polémicos cuyo único mérito es gritarle a una cámara y acumular millones de pantallas encendidas. No importa el civismo, no importa el ejemplo, no importa el contenido… solo importan los impactos. Y cuando la masa se echa las manos a la cabeza por el nivel del debate o la calidad de lo que se promociona, nos damos cuenta de la sociedad de plástico que estamos construyendo. Lo triste es que este circo del mercadeo de likes y la provocación barata ha colonizado también el ámbito educativo.
El ecosistema digital está infestado de perfiles que se autodenominan divulgadores educativos, influencers de aula o creadores de contenido pedagógico. Son los primos hermanos de los streamers de moda, pero con infografías de colores pastel. Personajes con miles de seguidores que se pasan el día compartiendo resúmenes de libros de autoayuda que no se han leído y reflexiones sobre la empatía emocional. ¿Es importante para la educación lo que están haciendo? No. Es irrelevante. Es pura cosmética para consumo de otros docentes que buscan validación en las redes.
La importancia real de lo que publica un creador de contenido educativo en X o en su blog es nula a la hora de mejorar la vida de los chavales. El contenido digital no alfabetiza, no resuelve las ratios salvajes en un centro de alta complejidad, ni enseña a un chaval a resolver una ecuación de segundo grado. Es postureo para la galería. Un escaparate de buenas intenciones que solo sirve para que el creador de turno rasque una colaboración con una marca, publique un libro de frases de azucarillo o consiga una comisión de servicios para huir de la tiza. Son los que promocionan su propia hamburguesa pedagógica de comida rápida sabiendo que por dentro está vacía de rigor. Para que veáis que también me señalo, ya os digo yo que cuando me han contactado a mí ha sido porque me leían en redes. No porque nadie supiera de mi trabajo profesional como docente en el aula. Un trabajo que nadie de la administración ni ninguno de los que me seguís por aquí ha visto jamás y solo sabe de él en las contadas ocasiones en los que he dicho algo que, tanto puede ser verdad como mentira.
¿Qué importancia real tiene que este blog lo pete o que un hilo mío tenga cien mil visualizaciones? Ninguna. El contador de la red social es pura vanidad. Si mañana cerrara este blog y mi cuenta en X, la educación pública seguirá exactamente igual de herida y las leyes seguirán siendo el mismo desastre.
Si echo la vista atrás y hago un ejercicio de honestidad brutal, sé perfectamente que las veces que más he hecho por la educación en mi vida ha sido a nivel micro. Ha sido dentro de las cuatro paredes de las aulas en las que he estado, cerrando la puerta, sin móvil y partiéndome la cara para que unos chavales, con muchos déficits de partida, pudieran saber algo más de mi materia. Ahí es donde se transforma el sistema. En el tú a tú, en el anonimato de la tarima, donde no hay cámaras grabando ni palmeros aplaudiendo el tuit.
También se hacen cosas sobre educación a un nivel un poco menos micro en los despachos de la administración, cuando te toca gestionar la maquinaria por dentro. Pero los que hemos estado ahí sabemos la crudeza del lugar. Por mucho rigor técnico que quieras aplicar, por mucho sentido común que intentes aportar para salvar las cosas, la realidad es que las directrices te vienen completamente marcadas desde arriba por el color político de turno. Hay líneas rojas que como funcionario no puedes obviar ni saltarte por imperativo legal, y te toca tragar saliva y lidiar con la burocracia hasta que dices basta. Eso es gestionar la realidad, con sus límites y sus barros, y no dar lecciones con un filtro de Instagram ni con discursos vacíos para las masas digitales.
A los que viven obsesionados con las métricas, los seguidores y el impacto de sus publicaciones en el mundillo educativo les sugiero que bajen de la nube. Vuestro contenido es el menú del día del parque de atracciones digital. Se consume rápido, genera una polémica estéril como la última campaña de comida rápida y se olvida en diez minutos.
La educación pública no la van a salvar los hilos de X, ni los blogs de opinión, ni los vídeos de TikTok de los profesores guais. La salvan los miles de docentes anónimos que cada mañana entran al aula sin más pretensión que hacer su trabajo con seriedad, rigor y respeto al conocimiento y aquellos que sí que luchan, muchas veces sin camisetas y sin pancartas, intentando mejorar la educación desde sus respectivos roles no relacionados con la profesión.
Yo os agradezco cada visita y cada lectura, faltaría más, pero tengo muy claro dónde está la trinchera real y los lugares en los que las cosas suceden.
Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.
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