La baliza V16: cuando creemos que señalar el problema es solucionarlo

Ahora, cuando tienes una avería en la carretera, ya no pones triángulos. Pones una baliza V16. Una lucecita que parpadea, avisa de que algo va mal y te da una cierta paz interior. No arregla nada. No mueve el coche. No decide qué hacer después. Pero luce. Y parece que eso, curiosamente, tranquiliza bastante.

No he podido evitar pensar que en educación llevamos tiempo haciendo exactamente lo mismo.

Ante cualquier problema complejo, incómodo o estructural, la respuesta suele ser muy parecida: poner una baliza. Algo visible. Algo que emita luz. Algo que permita decir «esto ya está atendido», aunque el problema siga exactamente en el mismo sitio.

Porque reconocer que hay una avería de fondo exige tiempo, energía y aceptar que no hay soluciones rápidas. Y eso cansa.

Así que señalamos.

Problemas de convivencia, baliza.
Dificultades de aprendizaje, baliza.
Desmotivación, baliza.
Cansancio, baliza con instrucciones de uso.

No para arreglar nada, sino para marcar que somos conscientes de que algo pasa. Y eso, a veces, parece suficiente.

La baliza educativa tiene una ventaja enorme… no obliga a revisar el motor. No exige preguntarse por qué hemos llegado hasta aquí. No incomoda demasiado. Se limita a emitir una señal que dice «ojo, hay un problema», y nos permite seguir circulando mentalmente con la sensación de deber cumplido.

Lo curioso es que la baliza no está pensada para quien está dentro del coche. Está pensada para quien pasa por al lado. Para que vea la luz, reduzca un poco la velocidad y siga su camino. En educación pasa algo parecido. Muchas medidas están diseñadas más para ser vistas que para ser vividas.

Mientras tanto, dentro del coche, todo sigue igual.

Hemos confundido demasiadas veces visibilidad con impacto. Actividad con mejora. Movimiento con avance. Y nos sorprende que, pasado un tiempo, el coche siga sin arrancar aunque esté perfectamente señalizado.

Ahora la baliza se llama inteligencia artificial. Antes se llamó innovación. Antes fueron otras palabras que también brillaban mucho. Da igual el nombre. Cambia el color de la luz, pero no la naturaleza del gesto… poner algo encima para no tener que entrar dentro.

Y cuando alguien pregunta si la baliza, además de parpadear, ayuda realmente a avanzar, incomoda. Porque cuestionar la luz es cuestionar la tranquilidad que da verla encendida. Mejor admirarla, compartirla y convencerse de que, gracias a ella, estamos haciendo lo correcto.

La baliza V16 no es mala. Cumple su función. Nadie espera que arregle un coche. El problema aparece cuando empezamos a tratar las balizas educativas como si fueran el motor.

Quizá algún día entendamos que señalar un problema no equivale a resolverlo. Que hay averías que no se solucionan con luces, sino con paciencia, coherencia y menos necesidad de aparentar que todo está bajo control.

Hasta entonces, seguiremos poniendo balizas.
Muy visibles.
Muy brillantes.

Y preguntándonos, con absoluta sinceridad, por qué seguimos sin avanzar.

No me gustaría finalizar el artículo de hoy sin desearos que esta mañana encontréis en vuestra casa todo aquello que pedisteis en vuestras cartas a los Reyes Magos. Recordad que, entre el infiltrado de la Coca-Cola, gordo y con trineo, y unos que vienen en camello, no hay color. Eso sí, recordad que no hay ningún regalo de lo que os puedan traer tan maravilloso como ganar un bonito Euromillones. Eso es otro nivel de magia.

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