El triste oficio de odiar en las redes sociales
Hay perfiles en redes cuyo principal proyecto educativo consiste en vigilar cada cosa que escribes, al acecho, preparados para convertir una coma fuera de sitio en un delito pedagógico. Vida académica… cero. Expectativas profesionales… difusas. Tiempo libre para intentar hacer daño… ilimitado.
Aparecen siempre igual.
No para aportar, sino para ver si tropiezas.
No para construir, sino para celebrar lo que destruyen.
No para dialogar, sino para gritar más fuerte que tú.
El método es sencillo.
Señalar, descontextualizar, inventar si hace falta.
Todo sea por mantener la adrenalina de creerse importantes cinco minutos.
Al principio sorprende.
Luego molesta.
Pero llega un momento maravilloso en el que uno lo entiende.
Si tu trabajo no importara, nadie perdería tiempo atacándolo.
Porque hay un principio matemático infalible.
La energía que gastan en ti es energía que no están dedicando a mejorar nada.
Es curioso.
Los mismos que se burlan de lo que haces, jamás enseñan lo que hacen ellos.
Y si lo enseñan, es fácil comprender por qué prefieren atacar que mostrar avances propios.
La clave está en no aceptar el juego.
No hay debate cuando el objetivo no es convencer, sino herir.
No hay diálogo cuando la escucha es inexistente.
No hay razón cuando todo comienza en la conclusión.
La educación necesita crítica, faltaría más.
Pero crítica con argumentos.
Crítica con responsabilidad.
Crítica hecha por quien quiere que algo mejore, no por quien disfruta si alguien se hunde.
Quien dedica horas a insultar jamás encontrará tiempo para crear.
Quien solo señala, jamás encontrará motivos para sumar.
Quien necesita enemigos para sentirse vivo, muere en cuanto nadie responde.
Así que, al final, la estrategia más efectiva es la más simple.
Seguir trabajando.
Seguir escribiendo.
Seguir pensando.
Seguir equivocándose, si hace falta, pero hacia adelante.
Porque la única derrota posible ante ese ruido es parar.
Y la única victoria necesaria es ignorar lo que jamás tuvo valor.
La escuela te enseña que el bullying se corta con apoyo.
Las redes te enseñan que el bullying desaparece cuando dejas de darle escenario.
A quien intenta hacer daño solo le queda una certeza amarga.
No tiene ningún poder sobre quien ha decidido que no lo tiene.
Que hablen.
Que inventen.
Que griten al vacío.
Yo sigo. Y vosotros, esa inmensa mayoría de personas implicadas en la mejora educativa, deberíais hacer lo mismo… porque la educación merece voces que hagan algo más que ruido.
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