¿Qué hay de lo mío? De la LOMLOE a la reforma de los grados de Magisterio

En nuestra sociedad (casi) nadie se mueve por el interés general. Tampoco en el ámbito educativo. Somos una panda de cobardes y miraombligos que, como siempre sucede, acabamos, por vicisitudes varias o por hastío absoluto de haber luchado en demasía por ciertas cosas, convirtiéndonos en unos profesionales que solo queremos saber qué hay de lo nuestro.

Me acuerdo del silencio cómplice de la mayoría de los docentes de los grados de Magisterio cuando aprobaron la LOMLOE. Salvo alguna excepción, que podrían contarse con los dedos de la mano, nadie se cuestionó la implantación de esta nueva reforma educativa. Ni cuestionaron las situaciones de aprendizaje, ni el lenguaje vacío ni, muchísimo menos, la imposición de los ámbitos en algunas Comunidades Autónomas en la ESO. Es que, como siempre digo, aquí nadie se mueve si no les tocan.

Ahora les han tocado con la reforma de los grados de Magisterio. Les van a reducir, salvo cambios de última hora, determinada carga curricular en didácticas específicas. Algo que perjudica a unos y beneficia, a nivel horario, a otros. Y venga a criticar los afectados que no se haya contado con ellos. Venga a quejarse amargamente en los medios y en las redes sociales. Muy lícito. Claro que sí. Pero, ¿dónde estaban los que se quejan ahora cuando impusieron la LOMLOE, sin consenso ni consulta a los profesionales de la etapas en las que tiene afección, en las aulas para las que preparan a sus profesionales? Lo sé. Es que eso no les afectaba personalmente. Y si no hay nada que uno pueda rascar, mejor que no abra la boca.

Recuerdo grandes defensores de los ámbitos (impuestos por determinados equipos directivos) en los centros educativos en los que estaban en comisión de servicios que, curiosamente, han conseguido plaza definitiva en otro centro y que ahora están huyendo de dar ámbitos como si fuera una plaga zombi. Es lo que tiene haber conseguido algunos sus objetivos. Lo del paripé está muy bien hasta que uno consigue lo que quiere. Y este es solo uno de tantos ejemplos.

Lo mismo que quejarse en las redes sociales bajo el anonimato de situaciones que pasan en su centro. Girar la vista en los pasillos cuando ves que un alumno tira un papel al suelo porque, sabes bien que, en caso de que se te enfrente, siempre vas a acabar cuestionado por algunos. Es que todos sabemos que, aunque no haya calefacción en los centros educativos, ningún equipo directivo va a poner su cargo en riesgo cerrando el centro. Ya no digamos en caso de que no se envíen sustitutos para docentes, personal administrativo, de conserjería o de limpieza. Lo mejor es no moverse y hacer de su cargo algo eterno.

A mí me cortaron la cabeza en Conselleria por criticar ciertas cosas, con nombre y apellidos, en las redes sociales. También he luchado mucho en los centros educativos en los que he estado. Ahora, sinceramente, ya lo único que me preocupa es que mi alumnado aprenda algo y que, dentro de mis posibilidades pueda gestionar determinadas cuestiones en mi centro. Más allá de lo anterior me implico, a nivel general, cada vez menos. Cada perro que se lama su pijo porque, al final, lo que he descubierto que a algunos les va es que otros hagan la lucha por ellos. Y algunos ya estamos mayores para luchar por los que jamás van a hacerlo.

Todo el entramado educativo desde arriba está pensado para que, en todo momento, todas las personas que intervienen en el sistema educativo, estén preguntándose qué hay de lo mío. Mucho mejor acabar el viernes pronto que tener un mal horario. Y ya sabemos qué se necesita para tener un buen horario.

Soy tan estúpido que voy a seguir luchando por ciertas cosas. Eso sí, hay lugares en los que sigo evitando el enfrentamiento porque, al igual que la mayoría, quiero vivir bien. La pasividad del colectivo docente y de las familias hasta que les tocan lo suyo es clamorosa. Por eso, al igual que sucede en la mayoría de ámbitos, el silencio cómplice hace que, cuando vienen a por ellos, no acabe habiendo nadie.

Nada surge por azar. Todo surge porque se dejan pasar las cosas salvo que nos afecten personalmente. Entonces es cuando buscamos ayuda o, incluso, personas que defiendan lo que no nos atrevemos a defender nosotros mismos.

¿Os ha dejado mal sabor de boca el post? Mirad a vuestro alrededor y veréis que no me equivoco salvo, seguramente, en alguna coma.

Como estoy haciendo en los últimos artículos, os recomiendo mi nuevo libro sobre educación para mayores de dieciocho, “Educación 6.9: fábrica de gurús”. Lo podéis adquirir aquí (en versión digital o papel) o en ese pop-up tan molesto que os sale. Y sí, me haría mucha ilusión que fuera uno de los diez libros más vendidos sobre educación este curso.

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