¿Qué es un experto?

Llevamos años rodeados de expertos. Están en todas partes. En la tele, en las redes sociales, en podcasts. Te explican desde cómo freír un huevo sin traumas hasta qué pensar sobre geopolítica internacional mientras haces yoga en ayunas. Pero, en realidad, ¿qué es un experto? ¿En qué momento alguien pasa de ser una persona más o menos normal a convertirse en esa figura semidivina que, se supone, habla con autoridad y criterio?

Un inciso… no es cuando alguien se compra unas gafas de pasta ni cuando abre un canal de YouTube. Aunque lo parezca.

Durante siglos, un experto era alguien que había dedicado años -o décadas- a un tema concreto. Una persona que sabía mucho porque había leído más, probado más y, sobre todo, fallado más que el resto. No siempre tenía razón, pero sabía por qué podía estar equivocado. Hoy, basta con repetir lo que la gente quiere oír para que te pongan la medalla. Cuanto más confirmas prejuicios ajenos, más likes. Cuanto más incomodas, más sospechoso pareces. Así estamos: confundiendo el aplauso con el conocimiento.

¿Y cómo se reconoce a un experto moderno? Es fácil. Habla con seguridad de absolutamente todo. Da igual que el tema sea inteligencia artificial, gestión emocional adolescente o cómo doblar calcetines. Él opina con la misma rotundidad. Tiene respuestas inmediatas, nunca duda, jamás dice “no lo sé”. Además, te dice justo lo que quieres escuchar. Y lo dice bien, empaquetado, con frases redondas, títulos provocadores y tono de verdad incuestionable. Si tiene una voz grave o cara de póker, doble punto. Por supuesto, tiene seguidores. Muchos. Porque hoy el conocimiento se mide por el algoritmo, no por la profundidad.

Pero vamos a aclarar una cosa. Un experto no es el que te da la razón. Tampoco es el que grita más fuerte. Ni el que siempre parece tener una solución simple para un problema complejo. Un experto de verdad te incomoda. Te obliga a pensar. Te dice que no todo es blanco o negro. Que a veces no hay respuesta. Que las cosas importantes se entienden con el tiempo, no con frases de tres palabras y música épica de fondo.

El problema es que eso no vende. Y como no vende, escasea.

Y sin embargo, necesitamos más de esos. Expertos que molesten. Que no trabajen para darte la razón sino para desmontarte con argumentos. Porque el pensamiento crítico no crece en la comodidad. Porque las mejores preguntas no nacen de quien te reafirma, sino de quien te sacude. Porque, sinceramente, algunos entre los que me incluyo, estamos un poco hartos del experto que viene a decirte que todo está bien, que tú ya lo estás haciendo perfecto y que no hay nada que cambiar.

Eso no es un experto. Eso es un vendedor. Y además, de los malos.

Así que la próxima vez que alguien se presente como experto, pregúntate… ¿me está incomodando o solo me acaricia el ego? ¿Tiene dudas razonables o certezas con esteroides? ¿Dice algo útil o solo lo que me tranquiliza? Si las respuestas son las que sospechas, enhorabuena. No estás ante un experto. Estás ante un personaje. Y los personajes están bien para Netflix. No para tomar decisiones que importan.

Y tú, si has llegado hasta aquí esperando que confirme tus ideas preconcebidas… lo siento. Para eso ya tienes a otros. Expertos se autodenominan.

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