365 días para escribir

Los que me seguís habitualmente sabéis que no soy mucho de métricas. Ni me preocupa que me lean más o menos personas en esta bitácora personal ni, aún menos me importa tener o no visibilidad y seguidores en las redes sociales. A pesar de ello, no puedo dejar de alegrarme por, habiendo consultado los datos del año que nos ha dejado, comprobar que este “blogocito” que estáis leyendo ha tenido más de un millón y medio de visitas el año pasado. Pero, lo que es más importante, más de veinte millones de páginas vistas. Lo sé. Eso solo es síntoma de que hay mucha gente que tiene mucho tiempo libre, pero dejad que me alegre un poco.

Hoy no empiezo una nueva etapa. Además, a diferencia de otros años en los que el día uno de enero me presentaba con un nuevo aspecto del blog, he optado por mantenerlo. Simplemente creo que lo importante es escribir. Lo sé. Soy un poco friki y seguro que voy a ir tocando cosillas con el tiempo pero, al menos por ahora no entra en mis planes.

Voy a seguir escribiendo sobre lo que sé. Voy a opinar sobre temas educativos, seguir ciscándome en ciertas barbaridades pedagógicas o, simplemente, hablar del procedimiento para elaborar una paella comme il faut. Bueno, esto es lo que tocará hoy. Nada mejor que para digerir la cena, ponerse el primer día del año con una paella. Si de esta no reviento, ya no hay nada que pueda acabar conmigo. Salvo, claro está, un veneno disociado. Conversaciones de esas que deberían ser grabadas para ser usadas con posterioridad frente a un juez. Yo me entiendo.

Me gustaría llegar a escribir una entrada por día. Me gustaría recibir más comentarios de los que recibo. Los comentarios siempre son lo mejor de cualquier blog. Especialmente de uno en el que cuando escribo lo hago por dos motivos: para reflexionar en voz alta y para poder, mientras estoy reflexionando y documentándome acerca de ciertas cosas, cambiar mi opinión si se tercia. Soy muy dado a poder cambiar de opiniones. Siempre, claro está, que me motiven a hacerlo. Y no, a estas alturas de mi vida ya no vale con invitarme a comer. Bueno, quizás sí. Todo tiene un precio. Lo que pasa es que, con lo que llevo a cuestas a todos los niveles, el precio ya es demasiado elevado para poder pagarlo nadie.

Hablar de educación me apasiona. No es una obligación. Ya he dicho que, al igual que a un cocinero o viajero le encanta escribir sobre recetas o viajes, a mí me gusta hacerlo acerca de temas educativos. Me hace saber más. Y saber más, aunque hoy esté mal visto, siempre es importante. Más que dejar pasar la vida sin pensar en ella. Es demasiado corta para no irla disfrutando poco a poco. Una vida que incluye el todo que rodea a uno.

Empiezo el año escribiendo algo muy incoherente. Eso sí, seguiré haciendo publicidad, de forma muy cansina, de mis libros (especialmente del último). ¿Por qué? Pues por el mismo motivo por el que sigo escribiendo en este blog: me gusta reflexionar en voz alta y que haya gente al otro lado. Un libro y que alguien haga el esfuerzo económico para hacerse con él, implica que tiene ganas de saber qué dices acerca de ciertas cosas. Hablar solo está muy bien pero, a ver si no es mejor poder comentar la película con alguien. Uno debe poder elegir cuando estar solo. No estarlo por obligación. Es una gran diferencia.

Feliz 2023 a TODOS. Y lo hago en mayúsculas porque, al final, lo que es bueno para todos es bueno para mí. No solo en educación. Espero que hayáis tenido la mejor noche del año, que la resaca sea mínima y, a los que lo habéis acabado mal, que esto sea un punto y aparte para que todo vaya a mejor. Sé que, en ocasiones, es difícil. Ánimo.

Como estoy haciendo en los últimos artículos, os recomiendo mi nuevo libro sobre educación para mayores de dieciocho, “Educación 6.9: fábrica de gurús”. Lo podéis adquirir aquí (en versión digital o papel) o en ese pop-up tan molesto que os sale. Y sí, me haría mucha ilusión que fuera uno de los diez libros más vendidos sobre educación este curso. 😉

 

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