Si familias, docentes y alumnado contaran lo que realmente piensan unos de otros, no quedaba escuela en pie
Hay una verdad que nadie reconoce porque es demasiado incómoda. Cuando familias, docentes y alumnado hablan de la escuela, da la sensación de que están describiendo tres universos paralelos. No es que discrepen; es que directamente habitan realidades incompatibles. Y, aun así, cada mañana se comparten edificios (o pueden puntualmente, en el caso de las familias) como si la coherencia fuese opcional.
Las familias suelen estar convencidas de que saben exactamente lo que ocurre en el aula. No porque lo vean, sino porque reciben crónicas diarias tan precisas como una foto movida. Hay familias que creen, sin sombra de duda, que su hijo o hija jamás exagera, jamás olvida, jamás interpreta. Para ellas, la escuela es un escenario donde cualquier fallo procede necesariamente de alguien que no vive bajo su mismo techo. Lo dicen sin ironía, con plena seguridad. Aderezado, claro está, con esos grupos de WhatsApp de familias igual de preocupadas y subjetivadas que ellas.
Los docentes viven una historia totalmente distinta. Su realidad está hecha de explicaciones que se interrumpen, actividades que sobreviven gracias a improvisaciones encadenadas, grupos que cambian de humor con la regularidad de un semáforo averiado y conflictos que empiezan sin aviso previo. El aula no es un espacio de certezas; es un terreno inestable en el que cada día hay que equilibrar aprendizaje, convivencia y paciencia en proporciones cambiantes. Aun así, siguen adelante con la dignidad de quien hace malabares sin soltar ninguna pieza, aunque duelan los brazos.
El alumnado, por su parte, interpreta la escuela desde su propia órbita. Para ellos, los docentes son demasiado estrictos o demasiado flexibles, nunca en el punto medio. Las normas parecen diseñadas exclusivamente para incomodarles. Y cualquier actividad se mide desde un único criterio. Si no les interesa, no sirve; si exige esfuerzo, está mal planteada. Su versión del relato tiene sentido dentro de su marco mental. Cada cual mira la escuela desde el centro de su propio mapa.
Los choques llegan cuando estas tres realidades se encuentran. Cuando un docente intenta explicar a una familia algo que, en la narración del alumnado, directamente no existe. Cuando alguien convierte una corrección inocente en una injusticia épica. Cuando una familia llega indignada con una historia que ha perdido la mitad de sus datos entre el aula y la puerta de casa. Entonces empiezan los matices, las tensiones, el «esto no puede ser así» que todos los que nos dedicamos a la docencia hemos escuchado mil veces.
El problema no es la coexistencia de tres puntos de vista distintos, sino el hecho de que cada uno actúa como si fuera el único válido. Las familias creen que su relato es objetivo. Los docentes se apoyan en la evidencia diaria del aula como si esa fuese la única versión legítima. El alumnado está convencido de que nadie lo entiende. Al final, la escuela se convierte en un rompecabezas que nunca encaja del todo porque cada pieza quiere tener la forma de la pieza central.
Lo curioso es que, a pesar del caos, la escuela funciona precisamente porque ninguna de las perspectivas es completamente verdadera, pero ninguna es completamente falsa. Las familias ven lo que los docentes no ven. Los docentes viven lo que las familias ni imaginan. El alumnado percibe dinámicas que los adultos pasan por alto. Y es en esa mezcla, imperfecta y llena de ruido, donde se sostiene el día a día.
A veces imagino qué pasaría si pudiéramos sentar a familias, docentes y alumnado en la misma sala, sin filtros ni diplomacia, diciendo exactamente lo que piensan unos de otros. No duraríamos ni un café. Unos pedirían salir por la puerta de emergencia. Otros fingirían tener una reunión urgente. Alguno necesitaría una semana libre. La educación sobreviviría, sí, pero no sin un buen temblor interno.
El punto es que no necesitamos que las tres visiones coincidan. Ni siquiera sería sano. Lo que necesitamos es entender que todas aportan una parte de verdad y una parte de error. Y que la escuela no es la película completa de nadie. Es una escena compartida que cada cual interpreta como puede.
Quizá el problema no sea que existan tres relatos diferentes. El problema es que no solemos mezclarlos con suficiente calma como para ver el cuadro completo. Si lo hiciéramos, quizá entenderíamos que todas las miradas son útiles, aunque ninguna lo sea del todo.
Porque si algún día familias, docentes y alumnado coincidieran plenamente en su visión de la escuela, entonces sí habría que preocuparse. Significaría que alguien ha dejado de pensar.
Podéis descargaros mi último libro en formato digital, TORREZNO 3PO: un alien en educación, desde aquí.
Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.
Descubre más desde XarxaTIC
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
