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Cada vez que subo a los Pirineos paso por mi pueblo. Antes de llegar hay un puticlú que, antaño cuando era más pequeño, era uno de los restaurantes donde hacían los mejores caracoles. Amigo del hijo de los que lo llevaron antes de reconvertirse en un mercado de carne, siempre me ha chocado esa reconversión. Más aún sabiendo que el restaurante llenaba y funcionaba bien. Eso sí, con todo el esfuerzo que suponía lo de llevarlo, la falta de jornadas de fiesta y la necesidad de estar, lloviera o hiciera calor extremo, de estar siempre abiertos. Pocas vacaciones, mal horario y mucho trabajo. Pero me sorprendió el ver la persiana bajada en su momento. Lo de la reconversión en puticlú, más que sorpresa… estupor.

Fuente: Desconocida

Creo que podemos trasladar la simple anécdota al contexto educativo. Muchos restaurantes que abren, con bonitos menús que permiten, a la mayoría de usuarios del servicio, tener una dieta equilibrada que, al final, se convierten, por seguir la moda, en un fast food educativo hasta que, algunos de ellos, acaban vendiendo otro tipo de piezas de carne. El error es creerse que, por estar a la última, se consigue un cliente más fiel. O, simplemente, un cliente capaz de distinguir entre todo tipo de comida. Y no es así. Al final, por movimiento pendular, se consigue lo opuesto a lo pretendido. Que la gente no se cuide. Que cada vez haya más ingesta de contenido calórico sin mesura. Que, en definitiva, se acabe perdiendo la última papila gustativa por falta de sabores a paladear. Por eso acaban cerrando. Por eso se acaban convirtiendo en sórdidos puticlús. Por eso, como ya intuímos, es más que probable que nuestros hijos vivan peor que nosotros. Porque a algunos iluminados les ha dado por hacer lo fácil y lo que vende en cada momento.

Los resultados electorales son producto del número de puticlús. El aumento de homofobia, violencia contra la mujer o, simplemente, la cantidad de basura que se tira al suelo es proporcional al número de producto cárnico con patas que puede ser comprado y vendido. Si uno juega a reducir la educación al puro espectáculo, a lo que la sección de economía de los medios nos venden o, simplemente, a dejar de hacer ciertas cosas “porque no son innovadoras”, vamos a salir muy escaldados del asunto. Quizás no lo paguemos directamente. Quizás, ni tan solo, se intuya a estas alturas de la película y parezca todo de una inocencia absoluta. El problema es que, al final, las dictaduras no surgen de la nada. La violencia, tampoco. La reducción de la esperanza de vida llega por sorpresa. La desaparición de ciertas cosas -o el aumento de otras- siempre parece que pasen desapercibidas. Pero, al final sucede la debacle. Y sí, a alguno le tocará.

Si un buen restaurante puede acabar convirtiéndose en un puticlú, imaginaos qué puede pasar si la deriva de la educación sigue los derroteros actuales. No hace falta imaginar mucho.

No sé cómo lo hacen algunos para tener siempre problemas en sus centros. Centros que, por lo visto, son incapaces de entender sus ansias innovadoras y sus metodologías mágicas. Docentes que, cada curso, se quejan y lamentan porque algún padre ha ido a inspección para que les llame la atención, tienen problemas de forma reiterada en las aulas y, curiosamente, se pasan media vida fuera de ella dando ponencias y obligando al profesorado de guardia a cubrir, por nonagésima ocasión, su ausencia de su puesto de trabajo. Y aún piden comprensión por parte del centro y de sus compañeros. Pues va a ser que no. Vender chuminadas campestres tiene un precio. Más aún si la venta va asociada a la incapacidad de dar clase. Eso sí, siempre es bueno, en esas ponencias que dan, regodearse con que su equipo directivo se la tiene jurada o que, por desgracia, el sistema educativo de nuestro país no les entiende. Bueno, los que sí que lo entendemos somos los que nos chupamos las guardias, los alumnos que ven improvisación de personajes que no saben ni sabrán nunca hacer su trabajo o, simplemente padres que, cansados ya de las ausencias de esos “innovadores” y de no entender nada de lo que están haciendo en clase, acaban mosqueados.

Fuente: ShutterStock

Llevo veinte años en esto y he tenido más o menos afinidades con compañeros de trabajo pero, curiosamente, jamás he tenido problemas con alumnos o padres. Y eso que hago cosas muy raras en el aula, me invento maneras de hacer las cosas y pruebo, en muchas ocasiones, al igual que la mayoría de mis compañeros aunque no alardeen de ello en las redes, cosas que creo pueden ser interesantes. Eso sí, jamás dejo con el culo al aire al centro por necesidades de evangelización, no intento imponer una metodología y considero a quienes no la usan como malos profesionales y, jamás de los jamases, echo balones fuera para no asumir los malos resultados que mis alumnos sacan justificándolo bajo la necesidad de cambiar el modelo educativo. Un modelo que, por lo visto, penaliza a los “innovadores”. Bueno, sólo a los “innovadores” que se autodenominan como tales y que, contra viento y marea, se montan su realidad paralela en la que, curiosamente, todo el mundo va contra ellos. Manía persecutoria lo llaman. La verdad es que debe ser muy complicado trabajar pensando siempre que todos van contra ti. Que todos tienen ganas de que dejes de utilizar determinados métodos. Que no dejan explayarte en el aula con esos milagros que, lamentablemente, aún tienen que demostrarse.

Estoy harto de pamplinas y pamplineros. Muy harto de aquellos que, un día sí y al otro también, deben justificar su incompetencia profesional bajo argumentos tan surrealistas como que su centro no les deja innovar, que se sienten perseguidos por la administración o, simplemente, que están coartados por un sistema educativo tradicionalista. Coño, que en el aula uno hace lo que le apetece. Y, si los chavales aprenden, bien hecho que estará. A menos que, como he dicho antes, el objetivo prioritario de algunos no sea dar clase y que sus alumnos aprendan por creer que, el vender su marca personal o metodología, debe ser lo más importante. Acabáramos. No se trata de ser docente, se trata de otra cosa. El problema es que se les paga para ser y hacer de docentes por mucho que no se lo crean.

Los docentes “innovadores” claro que tienen problemas en sus centros porque, quizás, dejan el tema de la docencia como algo secundario. Y eso es algo que acaba cansando a sus compañeros, a los equipos directivos, a inspección, a los padres y, al final, a los alumnos que no son tan estúpidos como algunos se creen y tienen muy claro que algunos les están tomando el pelo.

Doy gracias al lamentable repertorio de recetas educativas del gurú de PISA que podéis leer aquí. Sin ese artículo, que ha servido de inspiración, este post incoherente no hubiera sido posible :)

Seguramente algunos os habréis dado cuenta que, en los últimos días, el acceso al blog se hace bastante complicado -por no decir imposible en múltiples ocasiones-. No, no es un ataque por parte de las administraciones educativas ni, una campaña de los defensores de la concertada o de Escola Nova 21. Sí, tengo una lista de “amigos” bastante considerable por osar criticar determinadas prácticas educativas y grupos de presión. Se trata de un simple problema con el hosting, la empresa del cual ha decidido, por su cuenta y riesgo, rebajar hasta el mínimo la transferencia de datos y el acceso al mínimo. Sí, cuando uno contrata un servicio y a los propietarios del mismo no les sale rentable mantener la oferta que firmaron con el contratante, siempre es más lógico pedir más dinero (quieren que me decida por un servicio mucho más caro que no puedo asumir para algo que es un simple hobby) o restringir al mínimo el servicio que ofrecen. Lo mismo que en los centros educativos privados o la asistencia sanitaria vía compañías variadas. Nada nuevo bajo el Sol.

Fuente: ShutterStock

No, no tengo muy claro si voy a poder solucionar el problema. Me sabe mal que, por desgracia, deba siempre luchar contra cuestiones técnicas en lugar de dedicarme a lo que me gusta -que es escribir-. Mientras, os voy a saturar de anuncios porque, lamentablemente, no quiero invertir ni un euro más de mi dinero en mejoras. Es broma, algún anuncio que otra va a caeros y voy a tener que hacer algún bolo de esos que tan poco me gustan para mantener el capricho. Un capricho que, cada día que pasa, me genera más satisfacciones, algún pequeño encontronazo y, cómo no, una lista de trolls cada vez más larga. Supongo que por el número de trolls uno es capaz de ver la repercusión de lo que dice o plantea 🙂

La verdad es que sigo intentando retomar las riendas del blog. Y, es por ello que quería publicar este pequeño post aclaratorio sobre el tema ya que sois muchos los que me preguntáis por diferentes medios qué pasa con el blog. Pues ya veis en qué estamos… en intentar solucionarlo.

Un abrazo a todos los que os pasáis por aquí y, espero en breve poder seguir compartiendo con vosotros esos pensamientos incoherentes de un docente de aula.

El sistema educativo tiene, no sólo un problema… tiene cientos de ellos. Hablar de problemas cuando se habla de educación es empezar una lista interminable de cuestiones. Una lista que, lamentablemente, no dispone de ningún tipo de dirección de envío. Buscar Houston como alguien al otro lado de una comunicación es buscar lo imposible. Sí, tenemos un problema de los gordos. Un problema tan gordo que está plagado de miles de pequeños problemas que lo integran.

Fuente: http://elrincondesisifo.es
Fuente: http://elrincondesisifo.es

Los centros educativos han perdido -si alguna vez tuvieron- su función. Función más destinada en la actualidad a satisfacer los horarios de los padres que a otra cosa. Una guardería demasiado cara con monitores a precio de oro (bueno, de saldo si de lo que se trata es hacer algo más aparte de lo que quieren muchos padres). Un problema serio. El de la concepción de recinto educativo como infraestructura de contención.

Tenemos  también un problema con las materias. Más del noventa por ciento de lo que se incluye en el currículum y que explicamos a los chavales tiene una utilidad (y ya no hablo sólo de utilidad práctica ya que hay un bagaje cultural que considero imprescindible) bastante cuestionable. Si un noventa por ciento de las horas que están estabulados en un centro educativo sirve entre poco y nada tenemos otro gran problema. No es ficción, es realidad.

Cientos de pedazos de algo etéreo pululando por el currículum con nombres tan sugerentes como… “un paseo por el entorno”, “juegos de mesa”, “atención educativa” o “religión”. Tampoco se salvan las matemáticas, tecnologías, lenguas o similares. Asignaturas llenas de matices prescindibles cuyo único objetivo es no tener objetivos. Todo ello justificado bajo imperiosas necesidades. Necesidades marcadas por entes que lo que menos les interesa es tener una sociedad preparada (que tiene poco que ver con titulada). Necesidades de grupos de presión o de organizaciones cuya máxima es el beneficio propio. ¿Quién piensa en los pobres chavales? ¿Quién piensa en esos horarios de esclavos para algo tan poco efectivo como es un sistema educativo que ya no aguanta más zurcidos?

Podríamos seguir con la formación del profesorado, la mediatización de la exigencia “de los mejores”, los grupos de nivel (o segregar entre “listos” y “tontos”), las reuniones de productividad cuestionable, los cerrojos en las puertas, el tratar a los alumnos como anormales funcionales, la falta de empatía de algunos, los tiempos, la taxonomización por edades en lugar de habilidades/capacidades, las tecnologías para seguir haciendo lo mismo de siempre,…

Hoy he pasado calor en el aula. Pasar calor poco tiene que ver con efectividad. Moverse mucho es lo que tiene pero es que las sillas deberían estar prohibidas en la mesa del profesor. Bueno, lo de la mesa tampoco tiene sentido. Como no sea para dejar el móvil y sacarte las zapatillas para estar más cómodo.

Hoy he buscado el teléfono de Houston. Más que nada para hablar con alguien de la situación. A veces algunos necesitamos terapía y que alguien nos escuche. Número no existente. Ni Houston ni leches. Mis alumnos tienen un problema y no tengo ni idea de cómo solucionarlo por falta de línea con los que pueden hacer algo. Será cuestión de seguir buscando algún número desde el que te respondan. Por insistir, como mínimo, que no quede.