La Colectividad entra en segundo de ESO B
Cuando Manuel Rafael cruzó por primera vez la puerta del instituto, llevaba bajo el brazo una carpeta llena de pegatinas y una convicción férrea. Iba a cambiar la educación. Lo sabía porque lo había leído en manifiestos, hilos y documentos colaborativos. También porque formaba parte de La Colectividad, un colectivo inclusivo con posicionamientos claros sobre todo y dudas muy precisas sobre casi nada.
Le habían asignado 2º de ESO B. Matemáticas.
Entró al aula con una sonrisa ensayada. Sonreír, había aprendido, que era un acto político. El aula olía a sudor adolescente y a desinterés crónico. Treinta y dos alumnos. Tres con el móvil a escondidas. Uno dormido. Dos lanzándose bolitas de papel. El resto, mirando con la neutralidad de quien ha visto demasiados profesores nuevos.
-Buenos días, equipo de aprendizaje -dijo, evitando usar chicos por razones ontológicas.
Nadie respondió.
Había preparado una sesión maravillosa. No iba a explicar ecuaciones. Iba a deconstruirlas. Había diseñado una actividad donde los alumnos debatirían si el concepto de igualdad en matemáticas reproducía estructuras de poder. Luego, en grupos heterogéneos, harían un mural.
-Las matemáticas son una construcción social -empezó-, y hoy vamos a cuestionar qué significa igual.
Kevin, que repetía curso, levantó la mano.
-Profe, ¿esto entra en el examen?
Manuel Rafael dudó. En La Colectividad habían decidido que los exámenes eran dispositivos de control.
-No exactamente -respondió-. Lo importante es el proceso.
Kevin volvió a hundirse en la silla.
Mientras tanto, Lucía intentaba resolver los ejercicios del libro por su cuenta. Manuel Rafael se acercó.
-No trabajamos individualmente, fomentamos lo colectivo.
-Pero quiero entender las ecuaciones -respondió ella.
Manuel Rafael le explicó que entender era un concepto problemático.
A mitad de clase, alguien lanzó una botella. Manuel Rafael aplicó el protocolo de La Colectividad. Un protocolo basado en mediación restaurativa. Formó un círculo, pidió a los agresores que verbalizaran emociones, preguntó al grupo cómo se sentían. El agresor dijo que tenía hambre. El grupo dijo que quería irse al recreo.
Al sonar el timbre, Manuel Rafael se quedó mirando el aula vacía. Había leído mucho sobre rúbricas, coevaluación, clima emocional, justicia curricular. No había pensado demasiado en ecuaciones.
En la sala de profesores, Carmen, con treinta años de experiencia, corregía exámenes mientras él hablaba del aula como espacio de emancipación.
-¿Les has explicado ecuaciones? -preguntó ella sin levantar la vista.
-Estamos trabajando el concepto de igualdad desde una perspectiva crítica.
Carmen asintió con una piedad fatigada.
-Mañana les explico yo. Aprovecharé que los míos se van de excursión.
Manuel Rafael volvió a casa y escribió en el canal de La Colectividad que el sistema era resistente al cambio, que había mucha inercia bancaria, que hacía falta más concienciación.
Al día siguiente, Carmen explicó las ecuaciones mientras Manuel Rafael, en el aula, no paraba de hacer publicaciones en las redes sociales haciéndose pasar por el artífice de todo. Los alumnos entendieron. Algunos incluso sonrieron. Manuel Rafael se sintió orgulloso de ver el número de likes que iban obteniendo sus publicaciones.
Esa noche, en La Colectividad, debatieron si explicar contenidos sin problematizarlos era una forma de violencia epistémica. Manuel Rafael votó que sí. Luego pensó en cómo hacer otra publicación que lo petara en las redes sociales.
Manuel Rafael descubrió algo que no estaba en los manifiestos ni en los documentos compartidos… que los alumnos no querían ser deconstruidos. Querían aprender y aprobar matemáticas.
Y eso, ideológicamente, era insoportable. Por eso prefirió buscar una salida para poder mantener su ideología y la de La Colectividad, aunque la misma fuera poco ética. Una salida que, al menos ese curso, iba a consistir en buscar a alguien que diera sus clases porque descubrió que la ideología no sabe dar clase de matemáticas. Ya estaba tan metido en La Colectividad que era imposible que pudiera aceptar esa premisa.
Recordad, como digo siempre que, a veces, escribo ficción educativa. Y este es uno de esos casos.
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