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Me preocupa la necesidad de justificar el uso de determinadas herramientas o recursos bajo el mantra de la mejora de la praxis docente. No, no voy a discutir acerca de las potencialidades de esas herramientas digitales para la actualización de contenidos, el debate profesional y, cómo no, la difusión de prácticas más allá de las aulas de uno. Creo que son un valor añadido muy interesante pero, sinceramente, creo que quedarnos exclusivamente en su uso y en su no traslación al aula, desvirtúa en muchas ocasiones todo lo bueno que, de por sí, poseen esa ingente cantidad de recursos a los que podemos acceder con un simple clic. De ahí el aviso a navegantes sobre la “no imprescindibilidad” de la herramienta porque, al igual que sucede en cualquier otro ámbito vital, acumular herramientas o materiales no hace a nadie ser mejor (sirva como ejemplo el de uno al que le gusta practicar deporte y que va a correr con una camiseta de propaganda y unas zapatillas cuya máxima es la ergonomía a otro que, quizás no corre nunca, pero tiene en su armario unas mallas de última tecnología aderezadas con unas zapatillas de colores muy vistosos de la marca de moda).

Fuente: ShutterStock

Pero bueno, siempre mejor que sobre información que su déficit y, es por ello que recomiendo a los docentes -tanto a los que están en activo, como a los que piensan dedicarse profesionalmente a ello en un futuro- ciertas herramientas para ayudarles en su mejora profesional. No, no hay milagros en el ámbito educativo, pero sí lugares donde hallar esos recursos que, en algún momento, pueden ser de utilidad para nuestra praxis o, simplemente, reflexionar en voz alta contrastando dichas reflexiones con terceros.

La herramienta más potente a día de hoy sigue siendo un blog. Sí, sigo pensando que, por mucho que haya herramientas de interacción más rápidas, no es lo mismo reflexionar de forma propia en un blog personal o, simplemente, pasarse por algunos de esos blogs de docentes en activo, investigadores sobre docencia o, alumnos o padres, que pueden estar llenos de cosas interesantes para llevar al aula. Es imposible abarcar la gran cantidad de información sobre temas educativos que se publican a diario pero si uno hace una buena selección de lecturas, procura exponer las suyas -de forma más o menos coherente- en un blog creado para tal función y, adapta eso que le puede servir en su aula, ya hay un gran paso para la mejora profesional. Hay mucho vendedor de producto pero, por suerte, también muchas cosas interesantes. Por cierto, si os falta un listado de blogs para ir abriendo boca, os expongo un listado, siempre en clave personal, acerca de los que consulto habitualmente y que me han aportado muchísimas cosas en los últimos años. Mi recomendación, eso sí, que no os fijéis en los listados que publicamos algunos y os creéis vuestro propio vademécum de blogs educativos.

Para crearos un blog, en caso que ya queráis dar ese paso, os recomiendo encarecidamente que empecéis con WordPress en su versión gratuita. También puede serviros Wix u otro tipo de plataformas pero, la verdad, es que la relación calidad del producto-tiempo invertido-utilidad de mi primera recomendación es muy buena. No recomiendo Google Sites para la creación de un blog de reflexiones, donde ir recopilando cosas que sean de interés o difundir lo que hacéis en clase para que otros puedan daros consejos, porque lo veo más enfocado a ser usado como plataforma para uso con alumnos al permitir una mayor taxonomización y organización… pero es sólo mi opinión.

¿Redes sociales? Claro que sí. Considero imprescindible la presencia de los docentes en las redes sociales para hablar sobre temas educativos. El gran problema de lo anterior es mezclar la misma red para hablar de cuestiones personales como profesionales pero, al final tampoco es cuestión de crearse infinitas redes en la misma plataforma para tener diferentes perfiles de actuación y, ¿por qué no puede tener su interés compartir un hobby con los demás? Que no todo debe ser sobre temas profesionales ya que, entonces, ese intercambio en las redes sería muy aburrido. Y aburrirse cuando uno intenta mejorar su práctica docente no mola.

Queda claro, por si seguís este blog habitualmente, que tengo muy claras las redes sociales en las que deberías tener perfil. Sí, son Twitter y Facebook. Especialmente interesantes son los grupos de Facebook donde se habla sobre temas educativos ya que permiten, con el perfil personal de la red, tener conversaciones alejadas de lo que supone el uso principal de la cuenta. Sí, he dado por muerto Google Plus hace tiempo y eso que sigo pensando que es una de las redes más potentes para la mejora profesional pero, su uso tan residual entre docentes -por mucho que la mayoría tengamos cuentas en Gmail- hace que deba descartarlo. También tengo un listado de docentes tuiteros por Comunidades Autónomas y nivel en el que imparten docencia por si os puede interesar pero os vuelvo a repetir lo que decía antes; la necesidad de configuración personal de lo anterior porque no hay dos docentes iguales y no hay dos necesidades que sean las mismas.

Echo de menos para la mejora de la praxis educativa esos foros de opinión y reflexión tipo ForoCoches. He escogido ForoCoches no porque me guste el planteamiento de muchas de las noticias que se encuentran ahí pero sí el modelo. ¿No sería interesante tener un foro, a nivel nacional gestionado por la administración, donde los docentes y futuros docentes pudiéramos exponer nuestras dudas y fueran contestadas por la comunidad? La mayoría de este tipo de comunicación se ha movido a las redes sociales y, para un gran usuario de foros como yo en otros ámbitos, me parece que perdemos una gran herramienta.

Acabaré con la mejora de la praxis docente vía la visualización de vídeos que se cuelgan en internet. ¿Plataformas para encontrar vídeos educativos? Youtube y Vimeo. Eso sí, os recomiendo que antes de probar ciertas prácticas con vuestros alumnos tengáis en cuenta que todo lo que uno cuelga en vídeo se ha editado previamente y, por desgracia, no contamos con las tomas falsas que se han realizado porque, cuando estamos presencialmente frente a nuestros alumnos, explicarles algo no es tan bonito como nos lo cuentan algunos de esos docentes reconvertidos en youtubers (o youtubers reconvertidos en docentes).

Sé que me hago bastante pesado últimamente pero la imposibilidad de andar mucho por el postoperatorio y tener que guardar reposo relativo es lo que tiene. Que os suelto mucho más rollo del que me gustaría. Os pido disculpas por ello.

Creo que estamos perdiendo el norte en algunas de nuestras aulas. A veces da la sensación que se hayan convertido en un campo de pruebas de ideas que, por desgracia, han convertido al alumno en un simple conejillo de indias que sirve para un propósito muy alejado de su beneficio personal. No, no estoy escribiendo sobre ficción educativa. Estoy hablando de la realidad habitual de, cada vez más aulas, que está permitiendo a algunos vender lo que hacen más allá del simple hecho de dar clase. Vaya… he dicho dar clase y ya sabemos todos que es algo que, por desgracia, no vende nada bien.

Fuente: ShutterStock

Uno cuando entra a un aula debe tomarse un tiempo, más o menos largo, para pulsar el contexto de la misma. No pueden llevarse metodologías preconcebidas ni, mucho menos, estrategias basadas en una determinada herramienta porque, por mucho que en algún momento de nuestra vida profesional hayan funcionado, lo han hecho bajo unas premisas muy concretas, con un grupo de alumnos que no es el mismo y sujeto a una disponibilidad determinada de aquellas herramientas que, puede ser, que ya no tengamos. Y querer usar una determinada herramienta sí o sí es algo que no dice mucho del sentido común del que quiere aplicarla con sus alumnos. Bueno, eso y la necesidad, en determinados cursos de conseguir una determinada calificación para poder acceder a su carrera favorita. Que por experimentar, hay algunos que lo hacen en ese segundo de Bachillerato que viene tan marcado por una Selectividad, que puede gustar más o menos, pero que va a decidir el futuro de nuestros alumnos. Algo que debería preocupar más a aquellos que optan por las estrategias personales a cualquier precio. No son nuestras estrategias de aula lo importante, lo importante es el aprendizaje de nuestros alumnos o, el simple hecho de saber en qué lugar estamos y qué debemos hacer para que nuestros alumnos sean capaces de ir superando las etapas hasta llegar al objetivo final. Un objetivo que no va a ser único y que va a depender de muchos factores. Un objetivo que nos obliga a aplicar el sentido común en nuestra praxis.

Como he dicho antes, hay una deriva peligrosa envuelta bajo papel de diferentes colores. Necesidad de justificar la venta de determinados productos bajo la simple experimentación en las aulas. No hay nada malo en hacer cosas diferentes cuando algo no funciona. Ni tampoco es tan malo seguir con algo que sí lo hace aunque no sea tan vendible. A lo mejor hay ocasiones en los que la “innovación” es contraproducente pero eso es algo que, si uno es buen profesional, debería ser capaz de discernir. Bueno, si uno es buen profesional y tiene claro su objetivo. Un objetivo que tiene muy poco de figurar y mucho de trabajo silencioso. Un trabajo que, en muchas ocasiones no se ve, no permite obtener palmaditas en la espalda por las redes sociales y, ni tan sólo va a permitir que seas contratado como ponente de grandes eventos edumediáticos. El sentido común no vende y es por ello que, debe ser aplicado en el día a día teniendo muy claro que, pese a no vender, es lo mejor para los chavales que tenemos delante. No nos olvidemos que la clase de tercero de ESO B o de cuarto de Primaria A están conformadas por alumnos que necesitan a un docente que sepa adaptarse, que no tenga necesidad de vender milongas y que, a la postre, se preocupe por sus alumnos.

No todos los que prueban cosas diferentes en el aula han perdido el sentido común. En muchos casos, probar cosas diferentes es la constatación más fehaciente de la aplicación de ese sentido común. Eso sí, uno debe tener claro que, a lo mejor, ese sentido común te hace que en algunos momentos tus alumnos no se emociones, puedan sentirse puntualmente infelices y, a lo mejor, a lo largo del curso no entiendan muy bien por qué tienen que hacer ciertas cosas de determinada forma. Ya, el sentido común a veces obliga a hacer las cosas de forma difícil porque no hay camino fácil para llegar donde queremos porque, hablemos claro de una vez… ¿quién dijo que el aprender y el conseguir un futuro maravilloso fuera fácil? Porque no lo es.

A mí me quedan, con suerte, unos veinte años más de aulas heterogéneas. No sé si el sentido común prima en mi toma de decisiones en el aula pero, lo que sí que os prometo es que, lo que tengo muy claro es que mi prioridad es que mis alumnos consigan avanzar y que, su futuro sea el mejor posible. Algo que hacen la mayoría de docentes que están en las aulas de este país aunque ese sentido común no venda tanto como esos experimentos educativos con los que un día sí y al otro también nos venden los medios de comunicación. Unos experimentos que no son malos per se pero sí que obligan a poner un poco de sentido común a la hora de ser aplicados indiscriminadamente en nuestras aulas.

Ayer me surgió una duda en esos debates que, a menudo mantengo en Twitter con otros docentes. En este caso concreto acerca de la acepción que debería darse a la cuestión de “dar clase”. Dentro de un diálogo donde se empezó hablando de los libros de texto, pasando por la necesaria confección de los mismos por parte de los docentes (no, no es algo que defienda yo, ni mucho menos), llegamos donde se afirma tajantemente que algunos acostumbran a dar clase en el aula, de lo que se puede inferir que lo que, por desgracia hacemos algunos, no es para lo que nos pagan.

Fuente: Twitter
Fuente: Twitter

Eso me lleva a la reflexión acerca de qué supone dar clase. Dar clase, ¿es seguir una programación diseñada a principio de curso sin tener en cuenta las características del alumnado? ¿Es plantear la concepción de docente que imparte sus contenidos procurando preparar a los alumnos para ir quemando etapas -pasar exámenes- a lo largo de su escolarización? ¿Es usar unos materiales propios o de terceros y unas metodologías que permitan que sepan mucho de nuestra materia? La verdad es que da la sensación que algunos tengan esa idea de lo que supone dar clase. Una versión, para mí, tan válida como cualquiera del concepto.

Yo me pregunto… ¿los que movemos bibliotecas en nuestras horas lectivas, pintamos con nuestros alumnos un aula vacía porque no tenemos dónde ponerlos, pasamos cables, montamos elementos multimedia, montamos armarios e, incluso, nos permitimos el lujo de llevar a los chavales a que gestionen un huerto escolar, estamos dando clase? O, ¿quizás estamos cometiendo el grave pecado de considerar la docencia como una estrategia para que nuestros alumnos aprendan y que puedan desenvolverse en la sociedad al margen de tanto determinismo absoluto acerca de qué hacer y cómo hacerlo? La verdad es que después de dieciocho años no tengo ni idea de dar clase. Sí, puedo sentarme en una silla, dar vueltas por el aula, escribir en la pizarra o proyectar determinados PowerPoints y jugar a ser un buen docente que da clase pero, sinceramente, lo anterior que he hecho en ocasiones -y no pocas al principio de la profesión- me aburre. Me aburre soberanamente no poder pasar de las clases para hablar de cosas que están sucediendo en nuestro contexto, contar chistes malos e, incluso, no poder decidir cuándo y cómo hacer las cosas porque me lo marca una programación que a la semana de dar clases ya está obsoleta.

Creo que por suerte la acepción de “dar clase” es personal e intransferible. No creo que quienes están en el aula quieran o queramos hacer lo peor para nuestros alumnos; creo que todos nos adaptamos y configuramos nuestra actividad docente a lo que nos dicta la heterogeneidad de nuestros alumnos y a nuestra concepción educativa. No creo que sea malo dar clase de una manera u otra y, estoy convencido de que la inmensa mayoría de docentes lo hace con las mejores intenciones posibles. No sé si yo suelo dar clase, lo que sí que sé es que me lo paso bien y lo hago de esta manera por el bien de mis alumnos.

Vosotros, ¿qué entendéis por dar clase? Yo, como habéis podido comprobar, estoy muy perdido en la respuesta.

Al igual que no creo que la innovación educativa sea lo que nos están vendiendo como tal, tampoco creo que usar el concepto de “educación tradicional” sea el más adecuado. Quizás convendría más hablar de prácticas educativas y menos de contraponer tipologías globales para considerar todo lo que se está haciendo en nuestras aulas como algo homogéneo y monolítico. Menos aún cuando lo cierto es que, en la mayoría de aulas, lo que hace el docente es usar las estrategias educativas que le permitan sobrevivir y, de paso, intentar que sus alumnos aprendan. Y para ello no hay ni una única herramienta, ni una sola metodología. Hay algo mucho más importante que se llama adaptación al contexto. Una adaptación que es la clave para obtener buenos resultados y que, poco tiene que ver con innovaciones o tradiciones.

Pero bueno, lo que es de recibo hoy es comentar algunos de los errores de la mal llamada educación tradicional porque, por suerte, algunos tenemos claro que no hay maneras de dar clase buenas o malas pero sí que hay algunos errores que, por desgracia, hacen que esa clase se convierta en algo muy poco educativo.

Fuente: Fotolia CC
Fuente: Fotolia CC

El primer error de la educación tradicional es el sedentarismo docente. Encontrarte a docentes cuya máxima es procurar levantar sus posaderas lo menos posible de la silla que tienen en su aula es algo auténticamente demoledor. No es sólo el sedentarismo ya que, siguiendo con el concepto de docente artrítico, también es complejo entender cómo uno puede enseñar sin moverse de su silla o de su tarima. Sí, siguen existiendo tarimas en el siglo XXI. Y, sinceramente, más que preocuparme la posibilidad de tropiezos de alguno, lo que me preocupa es que el docente engorde por su posición estática. No es malo dar clase, en ocasiones, desde la pizarra. Lo malo es hacerlo exclusivamente desde ahí.

La mal entendida clase magistral también es un gran error. No se trata de saber mucho y tener estrategias que permitan capturar al auditorio (algo que, por desgracia, la mayoría de docentes no poseemos). Se trata de cuestionar a aquel que, al tener pocos recursos, se ve obligado a tirar de un libro de texto o un pdf para aburrir al personal recitando, hasta la mínima coma, una letanía de palabras que han escrito otros. Bueno, a lo mejor cuando era joven se hizo sus materiales pero, considerar que veinte años después se puede dar lo mismo y de la misma manera, debería llevar a reflexionar. Ojalá los docentes pudiéramos dar clase de forma magistral, con las manos en los bolsillos y con una oratoria impecable pero, después de años rodando por diferentes centros educativos, he de reconocer que es muy complicado encontrar a un docente con esas habilidades.

Ya tenemos al docente estático y al que usa magistralmente el libro de texto (ironía). Ahora queda el error que supone el uso del libro de texto como único material del aula. Su necesidad de acabarlo, la consideración del mismo como currículum y, ya no digamos la dependencia de su solucionario. Usar un libro de texto no es tan grave, usarlo como algo absoluto, recitando los ejercicios que salen en el mismo y, obligando a los alumnos a que lleven el mismo, es algo que, a mi entender, es un error. Si uno usa una herramienta, lo lógico es que la use para cubrir un aspecto de su trabajo, no que su trabajo se use para satisfacer a la misma. Y satisfacer al libro de texto parece que sea el leitmotiv de algunos docentes.

Seguimos con más cuestiones. Entre ellas la programación y burocracia que, en ocasiones, subyace tras la gestión de muchos centros educativos. No se entiende que en pleno siglo XXI se tengan que seguir haciendo programaciones a principio de curso y no programaciones continuas, tampoco que se sigan usando libretas del profesor para poner notas habiendo herramientas gratuitas para esa labor ni se entiende que los padres tengan la misma dificultad en ver lo que pasa en los centros educativos que la que tenían nuestros padres habiendo la posibilidad de articular una bonita página web o blog de centro.

Ahora cuestiones prácticas… no entrar en las aulas de nuestros compañeros (la política de puertas cerradas), considerar el aula física como algo personal y propio (hay algunos que aún no entienden que los espacios educativos de los centros son de todos -sí, hablo por docentes que tienen aulas específicas-), reuniones de trabajo donde se siguen las mismas dinámicas que no sirven de nada basadas en reducir el hablar de metodología educativa al cero más absoluto y, cómo no, el no articular proyectos que engloben a diferentes compañeros porque “mi asignatura es mía y me coordino con mis partes”.

No creo que se trate de tradición, creo más bien que se trata de malas prácticas que se habrían de cambiar. Por cierto, en el ámbito educativo deberíamos dejar de usar el discurso de enfrentamiento entre tradición e innovación porque, aparte de ser algo totalmente falso (nadie es tradicionalista o innovador en todo momento), es un binomio que, da la sensación que sólo interese a quienes viven de contraponer o usar cualquiera de las dos expresiones para descalificar a quien no piense como él. Un error que comparten tanto los “innovadores de salón” como los “diplodocus docentes”. Que haberlos, aunque sean una minoría muy mediatizada, haylos.

Enviar a la mierda a determinados profesionales no debería estar considerado dentro de lo políticamente incorrecto. Desde el momento en que, curso tras curso, hay docentes que, por determinados motivos que muchos desconocemos, se dedican a incorporar como máxima en su pensamiento ideológico la necesidad de joder a sus alumnos es que quizás, dicha tara se haya convertido en algo genético por haberse incorporado mediante técnicas que ningún biólogo sabría explicar a su cadena de adn. Más aún resulta paradigmático que esas desviaciones genéticas se den en docentes cuyo hábito principal consiste en tocarse potorros o testículos, según combinación cromosómica, en esos momentos en los que parte de sus alumnos están pasando los puentes o las vacaciones estudiando para sus exámenes o haciendo esa lista interminable de deberes.

Fuente: http://smaland.es
Fuente: http://smaland.es

Además, curiosamente, como he dicho anteriormente, la relación que se establece es, en la mayoría de ocasiones, tan clara que da miedo. A mayor cantidad de deberes mandados, exámenes al día de volver de puentes o vacaciones, la profesionalidad de los docentes que usan dichas prácticas decrece en función del grado en lo que realizan lo anterior. No me queda claro después de diecisiete años de docencia si esa estrategia educativa es para no tener que prepararse nada después de unos días de tocamiento y relax o por puro sadismo. Puedo suponer que sea por lo primero al saber de primera mano algunos que usan la estrategia anterior de forma repetitiva pero, como sádicos en nuestra profesión tenemos unos cuantos… prefiero dejar la puerta abierta a la consideración individual.

 No entiendo lo de las tareas indiscriminadas a peso según los días que los alumnos tengan puente. No entiendo que, por tener tres o cuatro días festivos, haya algunos docentes que, por no se sabe qué motivo, impidan que los alumnos descansen esos días que ellos sí que van a descansar. Aún menos comprendo a aquellos, por motivos que he expuesto anteriormente muy relacionados con partes íntimas y necesidades de sometimiento varias que, en el día de vuelta de esos días que deberían ser de asueto, les endiñan un examen a los alumnos. Sinceramente, no lo entiendo. Debe ser que quizás para algunos la docencia es otra cosa o quizás, pueda ser debido a que esas prácticas sean maravillosas y algunos seamos unos auténticos desviados profesionales por no entender las estrategias educativas que, para los que aplican esas estrategias, subyacen tras las mismas. Quién sabe.

Yo sí creo en las líneas rojas en el ámbito educativo. También creo en que determinadas prácticas, en lugar de mejorar el aprendizaje de nuestros alumnos, lo perjudican de forma clamorosa. Es por ello que, quizás con toda la mala educación del mundo, voy a permitirme enviar a esos profesionales que, a mis limitadas entendederas, las cruzan a territorios muy poco higiénicos. Espero que hayáis disfrutado de vuestros días de relax y, una vez delante de las hojas que vayáis a repartir a vuestros alumnos, os sintáis los grandes herederos de la fusta y el ensañamiento. Eso sí, ya os aviso por si aún no os habéis dado cuenta o no habéis querido entenderlo que, a nivel educativo, ese orgasmo evaluador, no aporta nada al aprendizaje más allá de haber jodido, curiosamente, siempre a los mismos, su necesario período de asueto.

Por cierto, yo no he mandado nada a mis alumnos este puente porque he aprovechado para disfrutarlo. Todos merecemos descansar. Ellos, también.