El presupuesto se gasta en el photocall de la administración educativa, no en enseñar a leer y sumar a nuestros alumnos
Si analizas con lupa las partidas presupuestarias de cualquier administración educativa en este país -ya sea el Ministerio central o las Consejerías regionales, me da exactamente igual el ámbito de actuación o el color de los que mandan-, descubres de inmediato dónde está la prioridad del sistema.
No está en las aulas. No está en la comprensión lectora. Tampoco en garantizar que un chaval de quince años sea capaz de resolver una ecuación elemental o interpretar un texto de tres párrafos sin colapsar. La verdadera prioridad de la política educativa en España se mide en megapíxeles, focos de plató, lonas publicitarias, agencias de comunicación y sesiones de photocall a precio de oro.
Han convertido la enseñanza en un gigantesco plató de televisión donde los políticos vienen a hacerse la foto de rigor, sonreír junto a tres alumnos colocados de atrezzo, vender el último eslogan sobre innovación disruptiva e irse en el coche oficial a comprobar los me gusta en sus redes sociales.
Mientras las partidas destinadas a publicidad institucional, folletos en papel couché, páginas web inútiles y jornadas de autoayuda pedagogista no dejan de aumentar, las competencias básicas de los alumnos se hunden en una caída libre vergonzosa. Los datos objetivos en lectoescritura, comprensión de textos y razonamiento matemático se desploman año tras año en todos los informes de evaluación. Se entregan títulos de Educación Secundaria Obligatoria a chavales que no saben redactar una carta de presentación sin faltas sangrantes o que son incapaces de calcular un porcentaje básico sin recurrir a la pantalla del teléfono.
¿Y cuál es la respuesta de la administración educativa ante semejante catástrofe cultural? ¿Refuerzos reales en Lengua y Matemáticas? ¿Inversión en desdobles para trabajar la lectura individualizada? ¿Volver al rigor de los contenidos y a la exigencia académica?
Qué va. Eso exige trabajo de verdad, presupuesto directo a pie de aula y la valentía de reconocer que se han equivocado de cabo a cabo.
La respuesta oficial es aprobar un contrato millonario con una agencia de publicidad para diseñar la siguiente campaña institucional y vendernos que el problema no es la falta de nivel, sino que el público no entiende los nuevos paradigmas del aprendizaje. Gastan más dinero en convencer a la opinión pública de que el desastre es un éxito que en enseñar a los niños a leer de verdad.
Siempre hay dinero para comprar pantallas interactivas de miles de euros que terminan acumulando polvo como proyectores caros para poner vídeos de YouTube. Siempre hay presupuesto para pagar a conferenciantes de salón que vienen a dar charlas de autoayuda sobre la felicidad en el aula. Y nunca falta la partida para contratar diseñadores que maqueten infografías cuquis redactadas en una lenguaje infame.
Para lo que jamás hay un solo euro es para…
- Desdobles de grupo en las materias instrumentales.
- Plantillas estables de especialistas que atiendan las necesidades educativas reales en el aula ordinaria.
- Programas de lectura basados en la evidencia científica y no en el dogma de algunos iluminados.
- Bibliotecas escolares con presupuesto para libros de verdad y no para licencias de software inservible.
Preferimos tener aulas masificadas y generaciones enteras desarmadas intelectualmente antes que suspender el próximo acto institucional con catering pagado por el erario público.
El político de turno necesita la foto porque vive de la percepción, jamás de la realidad. A un ministro o a un consejero de Educación no le evalúan en las urnas por si los alumnos de su territorio saben interpretar un texto complejo dentro de diez años. Le evalúan por el titular que abre el telediario hoy a las tres de la tarde.
Y como la foto es lo único que les importa, presupuestan para la foto.
Le regalan un título de Secundaria, que se ha convertido en un papel que no vale para nada en el mundo real, a todo el mundo, se le pone una birreta y una banda a alumnos de tres años en el acto oficial y se publica el tuit presumiendo del éxito de la inclusión. Mientras tanto, quienes pueden permitírselo pagan formación exigente fuera del circuito oficial, asegurándose de que sus hijos sí adquieran el conocimiento que le han quitado.
Gastarse el dinero de los contribuyentes en propaganda de imagen mientras la comprensión lectora se destruye no es solo una pésima gestión. Es una estafa moral que, especialmente repercute en las clases populares.
Seguid contratando agencias de comunicación, seguid inaugurando aulas del futuro vacías de contenido y seguid sonriendo a la cámara. A la ruina académica de las aulas no le podéis poner un filtro de Instagram. Pero, lo más grave del asunto, es que viendo el debate en las redes, parece que a muchos les da igual porque, por lo visto, ahora es el momento de los votos y no de la educación. Y cuando acaben las elecciones, al que gane, salvo que me lleve una sorpresa agradable (con los mismos o con otros), me da la sensación de que van a hacer exactamente lo mismo. Una foto, otra y otra… hasta que se acabe la batería del móvil.
Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.
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