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Mañana empieza el curso de competencias digitales para docentes (nivel básico) que he montado en un Moodle instalado en mi servidor. Un curso al que he dedicado horas de búsqueda, adaptación, creación y remaquetación de materiales. Además, también me he currado un espacio para que, a nivel visual sea agradable para los participantes al mismo. Todo eso, como he dicho antes, con un coste ingente de trabajo y dispendio económico en mejoras necesarias (servidores, plugins, etc.).

Fuente: Desconocida

Después de más de 1000 inscripciones, por sorteo he elegido a los 50 participantes que podía permitirme. A veinticuatro horas de empezar el curso hay 13 docentes que aún no han asomado ni la patita. Cerca de un 25% de plazas, si no mejoran las cosas en el día de hoy (porque, a partir de mañana voy a borrar sus usuarios), van a quedar vacantes. Eso sí, con el agravante de que, habiendo tantas solicitudes, seguramente muchos hubieran deseado hacer el curso. Sinceramente, es muy lamentable que el personal se inscriba en ciertas cosas y, perjudicando a terceros, las deje colgadas. Sé que pasa habitualmente en muchos cursos de formación. Muchas inscripciones y, al final, abandonos por parte de más de uno. Es muy triste. Y, especialmente, si os dais cuenta, sucede siempre en las formaciones “gratuitas” que ofrece la administración educativa. Formación que jamás es gratis porque se debe pagar ponente y los espacios virtuales tienen su tiempo de configuración pero, como el docente no pone dinero de su bolsillo…

Lo mismo podemos extrapolarlo a la educación en su conjunto. Para algunos cuanto más pagues por el servicio educativo, mejor es la calidad de lo que se ofrece. Pues va a ser que no y, además, sería bueno que recuerden que todos los servicios públicos están financiados por todos los ciudadanos. O sea, que sí se está pagando. Pero bueno, como no hay pago directo, parece que nadie esté pagando nada. Y como da la sensación de ser gratis, ya le ponemos el sambenito de falta de calidad.

En un contexto en el que el precio, por lo visto, marca la calidad de los productos y/o servicios, no es extraño observar como gran parte del contenido educativo realizado altruistamente queda siempre en segundo lugar. Son cientos las experiencias y materiales, realizados de forma altruista por docentes que, por desgracia, quedan al margen del uso por ser considerados como un producto de ínfima calidad en un mercado regulado por el precio de venta. Al final no es la calidad, es el precio para su compra o consumo. Dinero que no hace las cosas mejores, pero sí que pervierte las mismas para dotarlas de un valor que no tienen. En un mundo donde un menú de trescientos euros, alabado por todos, después del cual uno se ve obligado a acudir a comerse un bocadillo en el bar más cercano por haberse quedado con hambre, vale más que una de esas comidas tradicionales que aúnan calidad y cantidad, no es raro ver dicha extrapolación a la educación.

Si un ponente cuesta miles de euros, se supone que dicho ponente es bueno. Si un máster sobre pseudoeducación cuesta un ojo de cara, agota sus plazas. Si un libro se vende a miles, a un precio de coste algo más caro de lo habitual, ya suponemos que es una obra fantástica de la literatura. Si uno crea un aparato con un determinado logotipo por el que cobra casi mil euros que le permite hacer lo mismo que uno que vale mucho menos de la mitad y que, curiosamente, genera colas en su salida al mercado, ya deberíamos sospechar que algo no va del todo bien. Menos aún cuando la calidad no es el producto o servicio y se convierte en una simple relación directa con el precio. Y mola. Mola pagar por los productos. Mola pagar por un libro de texto aunque tengas materiales mejores por la red. Mola pagar una cuota en un determinado centro educativo aunque sepas que, al lado, se va a ofrecer mejor calidad educativa. Mola comprarse una app o software para hacer ciertas cosas en el aula aunque sepas que complica la vida a su usuario o puedes encontrar alternativas libres. Que lo del precio marca el asunto.

Entre la falta del valor que se da a lo gratuito y al trabajo que puede haber tras lo anterior, hay mucho oculto. Especialmente un capitalismo salvaje que lo ve todo como un simple intercambio al mayor coste posible. Primero se hace una campaña mediática para desprestigiar lo gratuito y, finalmente, se acaba vendiendo algo de calidad bastante inferior a un precio astronómico. Y todo ello con el aval de la comunidad educativa. De toda sin excepción. Bueno, con honrosas excepciones. Excepciones que no incluyen a quienes no pueden acceder a costearlo pero sí a todos aquellos que pudiendo, deciden libremente optar por algo que, en ocasiones, puede ser gratuito.

Ser gratuito no consiste en vender tus datos. Ser gratuito no consiste en generarse una esclavitud con una determinada herramienta. Ser gratuito implica tener tantas alternativas posibles como se pueda. Lástima que no venda. Lástima que los docentes que hacen cosas gratis ni tan solo reciban una palmadita. Lástima que, al fnal, la concepción social de ofrecer determinadas cosas de forma altruista, se haya convertido en la única manera que algunos cojan ese servicio/producto, le añadan un logotipo y lo vendan como propio. Es el dinero. Es la concepción económica que subyace tras todas las decisiones que se acaban tomando.

Si uno puede ganar mil, ¿por qué ganar solo cien? Al final no es lo que uno haga. Es el precio que uno le ponga a lo que hace. Un precio que, por desgracia, hace que todo pivote en torno a él.

No todo lo gratis es bueno, pero tampoco lo es lo más caro. Y no, no estoy hablando de trabajar gratis ni de no valorar el trabajo de uno.

Finalmente un inciso. Si alguna vez vuelvo a montar algo “tipo curso” para ofrecerlo de forma gratuita (¡lo dudo mucho!), voy a pedir, tal y como me dijo alguien ayer en Twitter, una paga y señal que, en caso de no presentarse, me voy a quedar. O, simplemente, me pongo a hacer negocio de una vez porque, a día que pasa, más cara de tonto se me queda. Al menos así algunos dejarán de hacer ciertas cosas y tomarme por el pito del sereno, tal y como he contado en alguna ocasión porque, al final, hay muchos que hacen dinero del trabajo desinteresado de otros. O, simplemente, abusan echándole mucho morro.

Actualización

Como ya me he cansado de algunas cosas, he retirado la posibilidad de descargar mis libros y el primer volumen de propuestas “maquetadas” de forma gratuita. No es por hacer negocio. Es, simplemente, por dignidad. Por cierto, aquí los tenéis gumroad.com/xarxatic. Un inciso, si lo queréis seguir teniendo gratis, me lo podéis pedir (que no exigir). Si me lo justificáis, por mí ningún problema en mandarlo gratis por correo electrónico que me digáis. Creo que ya intuís el porqué de tomar esta decisión.

Llevamos dos días clamando al cielo ante lo que supone la existencia de becarios sin cobrar en las grandes cocinas de nuestro país. Sí, por lo visto, no se podría tener beneficios si no fuera por esos jóvenes -o no tan jóvenes- que, una vez acabados sus estudios de hostelería o procedentes de la restauración, se convierten en mano de obra gratuita en algunos restaurantes, según una determinada guía, de cierto nivel. Y, sinceramente, después de la crítica inicial a uno le entran muchas dudas acerca de ciertas cuestiones. Ya, es lo que tiene pensar demasiado y ponerse a extrapolar, por motivos obvios, dicha situación a otros contextos para descubrir que, curiosamente, es algo habitual en muchos lugares relacionados con la educación.

Fuente: https://www.tagoartwork.com

Resulta que, desde hace un tiempo voy a curas diarias a mi centro de salud. Curas que, habitualmente, me realiza mi enfermero o, en el caso de los días festivos como el de ayer, el que le haya tocado, por desgracia, estar de guardia. El otro día, sin ir más lejos, me curó un becario que está haciendo las prácticas de su grado en dicho centro de salud mientras el enfermero estaba tecleando, en el ordenador de al lado, los historiales de los pacientes para agregarles lo que les estaba haciendo. Un alumno de prácticas que, por cierto, tampoco va a cobrar esas curas porque está en período de aprendizaje. Un alumno al que he visto también sacando sangre y, por lo visto, haciendo gratuitamente tareas de enfermería. Ya, seguro que no es lo mismo para algunos pero estoy hablando de un caso concreto y además vivido en primera persona pero, si queréis, lo extrapolo a los médicos que están haciendo el MIR, o a los abogados que están haciendo pasantías. O, simplemente para hablar de cosas que conozco un poco más a aquellos alumnos de doctorado universitario que están haciendo las clases de los titulares. Algo que se sabe y que, curiosamente, se calla en muchas ocasiones o se defiende -incluso por los propios alumnos de doctorado- por las implicaciones futuras de dicho trabajo no remunerado.

¿Y si nos vamos a las aulas de los centros de Secundaria? ¿Y si introducimos en el pack a la formación profesional dual o, a las prácticas en empresas que obligatoriamente tienen que hacer nuestros alumnos? Sí, seguro que a todo el mundo le parece bien que los alumnos aprendan qué es el mundo laboral, traigan en ocasiones el café o, simplemente, procedan a limpiar la empresa. Ya, no tiene nada que ver porque, seguro, que esas empresas no son tan mediáticas o mediatizadas como la alta cocina ni los beneficios del empresario tan amplios pero, ¿en qué quedamos? ¿Denunciamos todas las situaciones de explotación laboral o sólo las que nos interesan porque las realizan determinados individuos? Pues da la sensación que algunas situaciones se obvien.

Por cierto, ¿nadie ha visto nunca a alumnos del máster del profesorado o cuando hacen prácticas los de Magisterio dar clase? ¿Nadie les ha visto hacer un trabajo no remunerado para aprender el oficio? Pues hay muchos que dan clase a solas en algunos momentos puntuales. Incluso, en caso de estar acompañados por el docente que da habitualmente la clase, acostumbran a ayudar a los alumnos a resolver determinadas cuestiones. Como si hubiera dos docentes contratados para dar clase, con la diferencia que uno de ellos, no sólo lo está haciendo gratis… lo está haciendo pagando. A propósito, imaginaros si algún docente de esos “top” (según los medios y que siga dando clase) o centros educativos “innovadores” hiciera una llamada para futuros docentes que quieren aprender esas prácticas educativas tan fantásticas… ¿creéis que no habría una avalancha de solicitudes? ¿Seguro que no?

También resulta curiosa la moda de algunas administraciones de poner a docentes jubilados a asesorar gratuitamente a los docentes en activo. Incluso, resulta curioso que no critiquemos la publicación de libros de texto o material gratuitamente realizado por docentes cuando se produce el efecto de reducción de trabajadores en otros sectores por culpa de dicho altruismo. No, no hay nada que no pueda defenderse de forma sesgada según nos lo vendan o, quizás, según lo somaticemos individualmente. Seguro que hay miles de justificaciones para cualquiera de los casos anteriores pero, ¿realmente son tan diferentes?

El mercado laboral es perverso y se basa, en demasiadas ocasiones, en trabajo no remunerado para maximizar beneficios (monetarios y/o sociales). Ya no es sólo lo comentado anteriormente, es el ir a ayudar desinteresadamente a una ONG repartiendo comida o yendo, en algunas ocasiones, a determinados países a dar clase u ofrecer servicios médicos gratuitamente. Todo muy altruista pero, no olvidemos que el altruismo cuando sustituye a una labor que podría ser remunerada se llama intrusismo profesional porque, ¿qué hay mejor que sustituir la necesidad de contratar por gente que hace las cosas sin cobrar?

Una cosilla final… ¿realmente creéis que el esclavismo está abolido en nuestro país? Pues va a ser que, lamentablemente, sigue habiendo esclavos. Esclavos que, curiosamente, defienden su condición de esclavitud bajo pretextos realmente kafkianos como pueden ser aprendizaje, futura empleabilidad en la empresa o, cuestiones de beneficio social.

Espero que me disculpéis por haber introducido determinadas comparaciones pero, creo que son necesarias para no descontextualizar y centrar el asunto en un solo modelo de "explotación" laboral.