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– Todos recordaréis – iba diciendo el Inspector con su voz grave y profunda, – todos recordaréis, supongo, la hermosa e inspirada máxima de Nuestro Ford: “La Historia es una paparrucha”. La Historia – repitió lentamente – es una paparrucha.

Agitó su mano, y parecía como si con un invisible plumero hubiese quitado un poco de polvo, y el polvo era Harappa, y Ur de los caldeos; unas telarañas, Tebas y Babilonia y Cnossos y Micenas. Un plumerazo, otro… ¿dónde estaban Odiseo  y Job, dónde Júpiter y Gautama y Jesús? Otro plumerazo, y las pellas de barro viejo llamadas Atenas y Roma, Jerusalén y el Celeste Imperio, desaparecieron. Otro plumerazo, y el lugar donde había estado Italia quedó vacío. Otro, y se hundieron las catedrales; otro y otro, deshechos el Rey Lear y los pensamientos de Pascal. Otro plumerazo, ¡adiós la Pasión!; otro, ¡adiós el Réquiem!; otro, ¡adiós la Sinfonía!; otro…

Este es el discurso de las clases superiores del mundo distópico de Aldous Huxley en Un mundo feliz (1932), en boca del personaje del Inspector, Su Fordería Mustafá Mond. El contexto en que dice todo esto – una visita de unos niños a la fábrica de personas de donde salen los seres humanos de ese mundo futuro – es tal vez más relevante por la constancia con que el mismo Mond defiende ese punto de vista. Veamos este otro fragmento:

– El retorno a la cultura. Sí, sí, a la cultura. Pero no se consume gran cosa cuando se pasa uno las horas muertas leyendo libros (…). Ochocientos que practicaban la Vida Sencilla, fueron segados por las ametralladoras en Golders Green (…). Sobrevino después la célebre Matanza del British Museum. Dos mil fanáticos de la cultura fueron exterminados con gases de sulfuro de dicloretilo (…). Por fín (…) los inspectores cayeron en la cuenta de que nada se lograba con la fuerza. Los métodos lentos pero infinitamente más seguros de la ectogénesis, del acondicionamiento neopauloviano y de la hipnopedia (…). Se emprendió al propio tiempo una campaña contra el Pasado: cierre de museos, destrucción de monumentos históricos (afortunadamente la mayoría de ellos habían sido destruídos durante la guerra de los Nueve Años); la supresión de todos los libros publicados antes del año 150 de la Era Fordiana.

No cito Un mundo feliz porque sí. Hay otras distopías e incluso ensayos que tratan temas recurrentes: el poder absoluto de una clase superior en base al control de las masas, el adoctrinamiento de las mismas, que lo hace posible, la supeditación del individuo al grupo y los intereses reales de la sociedad – entendiendo por tales los intereses de una clase en la cima de una pirámide, el 1/9 al que se refiere Su Fordería – , la feliz e inconsciente aceptación acrítica, y por tanto sin demasiadas condiciones, de esa vida aséptica, controlada, castrada. Existen claros paralelismos en ese sentido con la obra de Orwell, y no en vano Huxley y él mantenían una correspondencia más o menos regular: compartían cierta visión del mundo. En este momento histórico en el que vivimos, muchas de las situaciones que describen ambos se han hecho posibles, algunas de ellas ya llevadas a la realidad.

Fuente: https://es.pngtree.com

Pero cito Un mundo feliz porque de algún modo me transmite de una manera más vívida el cómo, el qué, y el por qué de la conversión del mundo en lo que quiere la élite – en este caso una especie de factoría consumista como en la que nos hallamos inmersos ahora – cualquiera que sea su naturaleza y porque el relato se centra en lo que a mi entender es una de las tragedias constantes de la Humanidad, el control absoluto de la cultura, en su sentido más amplio, como cúmulo de conocimientos globales provenientes de todo pensamiento, y su posterior eliminación en pro de una vida cómoda y sin preocupaciones. Ni que decir tiene que ya no hablamos de la posibilidad de análisis crítico de esas fuentes de información en tanto que son apartadas de nuestro alcance. Y quiero hablar de Huxley y de su novela aprovechando también la periódica aparición del mismo en redes, en una pequeña muestra de lo que se ha dado en llamar activismo de Facebook (o algo muy parecido): pontificar contra el mundo desde la Red sin hacer nada más que clicar y teclear. Seguro que habéis visto y leído esa frase de Un mundo feliz (solo que NO es de Un mundo feliz) acerca de la dictadura perfecta. Al margen de que la frase en cuestión sea más o menos acertada – creo que lo es – la cuestión es que la gente la copia y la comparte sin darse cuenta de que la cita es incorrecta, y una abrumadora mayoría no han leído ni leerán la novela: les basta la sinopsis apócrifa. La cosa no tendría más importancia si no fuera porque, siguiendo este mecanismo de copy-paste acrítico estamos, ya lo sabemos, en la línea de producción y puesta en circulación de bulos, fake news, pseudointelectualidad y pseudociencia. Vamos no obstante al meollo de todo esto, porque como introducción – pensaréis no sin motivo – ya está bien, ¿no?

Siempre he creído que la cultura es una de las herramientas (si no LA HERRAMIENTA) que nos permite entender los entresijos de la vida. Supongo, quiero creer, que no soy el único que piensa así. Saber ponernos en la piel del otro o qué ha hecho otra en situaciones parecidas a la nuestra. Descubrir y disfrutar sentidos estéticos diferentes aunque nosotros no participemos de ellos, a veces ni como artistas (si lo somos) ni  como espectadores. Conocer, comprender y defender, atacar o simplemente analizar como receptores un conglomerado, una armazón de ideas, hechos, causas, consecuencias, colores así o letras asá. Conocer, entender, comprender, analizar. El Coco. Para quienes aspiran a tener a la plebe bajo control, a dar menos cada vez o quitarnos lo que habían conseguido nuestros padres y madres, para el rácano o la avariciosa sociales, son cosas que los 8/9 del iceberg bajo la superficie, bajo ellas y ellos, deben quedar fuera de nuestro alcance. La cultura nos debe ser retirada, como decía el conde-duque de Olivares, mediante las providencias más templadas y disimuladas para que se consiga el efecto sin que se note el cuidado.

Los políticos – ese ente, entendiendo por tales reyes, nobleza, derechas, izquierdas y centros y otra gente de mal vivir, como decía el malogrado Ivà –, ojo, nunca han sido partidarios de acercarnos de verdad al conocimiento. Tampoco el clero, la burguesía ni nadie que estuviera en la cúspide. Lo de Todo para el pueblo pero sin el pueblo, ¿recordáis? Luego nos permitieron unas nociones mínimas de lectoescritura y cuentas para un mínimo de gente, pero la tasa de analfabetismo entre la clase trabajadora han sido históricamente elevadísimas. En nuestra II República se emprendieron las Misiones Pedagógicas, para llevar maestros y cultura (escuelas y bibliotecas móviles, cines, teatro, música, etc.) al entorno rural. Recordemos que en el conjunto de España esa tasa de analfabetismo superaba con creces el 40%, que se elevaba mucho más en el medio rural. Cuando la derecha llegó al poder en 1934 empezó a recortar drásticamente el presupuesto dedicado a las Misiones con vistas a su erradicación práctica. Cuando la derecha más derecha vino en el 36… bueno, pasó algo muy parecido – o mucho peor – a lo que hacen las élites de Un mundo feliz en su guerra de los Nueve Años. Pero claro, no puedes matar a todo quisque hasta conseguir que tu pirámide social de mierda quede invertida, así que, poco a poco – porque el frenesí asesino de los tiburones cuando huelen la sangre no se detiene en un segundo – los fachas dejaron de fusilar tanto. Y luego Franco, que tan cretino no era, pensó que si teníamos algo que perder nos costaría alzarnos en armas en su contra, y nos permitió tener cosas (coche, ¡casa en propiedad!…), entre ellas, progresivamente, el mejor acceso a la escuela. Sin pasarse, eh, pero el caso es que llegamos a la Transición con casi todo el mundo escolarizado e incluso se llegó a los 90 del siglo pasado con la que acordamos – más o menos – que era la generación mejor preparada de la Historia de España (que por cierto son los padres de ahora, y ahí lo dejo). La Historia como asignatura comenzó a ser librada de ciertos corsés y en las facultades de Magisterio nos podíamos formar en especialidades como Educación Musical (y otras que aportaban un plus también valiosísimo)  y bastantes asignaturas optativas o de libre elección brindaban un mínimo conocimiento artístico al/la futuro/a docente. Acabábamos de entrar en la CEE, aires nuevos nos refrescaban y la lucha de los profesionales por dar lugar a estas especialidades empezaba a dar sus frutos. Tampoco nos flipemos, eh, que Música (o Educación Musical, como a mí me gusta llamarla) y Plástica (o Educación Plástica y Estética) no dejaban de ser lo que eran para los poderes y el público en general, e incluso demasiados docentes: marías mal planificadas y peor dotadas horariamente, qué os habíais pensado.

No había razón objetiva para la tranquilidad: la guerra contra la cultura y el conocimiento crítico seguía ahí, larvada, durmiente. El monstruo utilitarista estaba esperando su oportunidad para volver a la carga, a lo conde-duque. Y con la complicidad de todas y todos.

Sigo en los 90. Las competencias – ese traje de la enseñanza hecho no obstante a la medida de los intereses de las grandes y medianas corporaciones – dejaban de enseñar la puntita del pie para mostrar toda su patorra metida entre el dintel y la puerta, señal inequívoca de que ahora sí, iban a entrar. Y te iba a ser difícil echarles. Además, iban a hacer un equipo imbatible con a) el pensamiento múltiple neohippie surgido de la cópula entre el nunca suficientemente denostado género de autoayuda, las ideas locas, loquísimas y peligrosas de gentuza como Bert Hellinger o Rudolf Steiner y el mindfulness como tercera pata del menage á trois; b), la degeneración moral e intelectual de unos medios de comunicación generalistas que han sembrado el mal gusto extremo y la gilipollez supina, estimulando los instintos más bajos, por un lado – el documental Videocracia es un ejemplo demoledor de todo esto: el ascenso de descerebrados como Berlusconi, aplicable al resto de nuestro entorno – mientras creaban una opinión pública favorable a través de unas tertulias supuestamente plurales o de artículos y columnas por el otro lado  – dad un vistazo a El País actual, comparadlo con el de los 80 y llorad –; y c) una población en plena burbuja económica, cada vez más despreocupada por lo que ve y lee (si es que ve y lee) porque todo va bien y en pleno proceso de gilipollización, cuesta abajo y sin frenos pero encantada de haberse conocido.

No sé contra qué factor hubiera podido ser más eficaz el entorno escolar en la lucha contra la estupidificación; probablemente el tema de la tele es el más peliagudo, seguro, porque cada cual ve y deja ver en casa lo que le da la gana, faltaría más. Pero sí que tengo seguras varias cosas, y disculpadme la espesura. Generalizando un poco a lo loco respecto al colectivo, las y los docentes siempre debimos leer más. De todo. Locuras e idioteces también, porque para rebatir ideas peligrosas o estúpidas también hay que saber de lo que habla  uno. Y porque la mejor defensa ante la infiltración de lo cretino y de lo espurio es siempre conocer las fuentes que nos dan también la razón: estudios – eso que llamamos papers –, libros, artículos. De hecho, no sólo deberíamos leer en gran medida obras sobre docencia o pedagogía, que es como una especie de tentación maximalista, sino textos científicos (y pseudocientíficos, pero ¡cuidao!), novela, poesía, diarios, recetas… En definitiva, todo lo que amueble la cabeza. Respecto a los papers y las publicaciones científicas, hay algo que me sorprende y que veo cada día: pretendemos infundir espíritu científico a nuestras pupilas y pupilos pero casi no leemos cosas sobre ciencia, y no me refiero ni al Muy Interesante ni a libros de ciencia para niños. Me refiero a esas cosas espesas que al principio entran muy mal per luego, como el jazz, a base de familiarizarnos con ellos los vamos entendiendo.

También por ese mismo ánimo de coherencia, claro, porque no vamos a estar dando la turra al alumnado con lo de la lectura para luego no leer. Porque para el dominio epistemológico que debemos tener sobre cualquier materia que pueda tener relación con nuestra práctica cotidiana, por difícil que parezca que acabemos impartiendo tal o cual cosa, debemos fundamentarnos en la práctica y en la lectura. Y es que no nos engañemos: la misión de una escuela – de Primaria, Secundaria, Música o Cocina – es enseñar unos conocimientos de carácter académico, si se les quiere llamar así, a través de unos contenidos concretos. Nunca es ni hacer feliz al alumnado, ni hacerle creer en la ciencia infusa, ni arreglar conflictos familiares; y para eso, apreciadas y apreciados, hay que leer. Sin conocimientos ni contenidos ya nos podemos poner como queramos, que nuestros alumnos y alumnas no van a ser demasiado competentes.

Finalmente, por enciclopedismo. Sí. No tiene sentido que un maestro de Educación Musical, por ejemplo, se encierre en su especialidad. Decía Ortega y Gasset (absteneros, por favor, de ESE chiste fácil con sus apellidos) en La rebelión de las masas que los especialistas, entendidos como la gente que se encierra en su parcela de conocimiento, son un exponente más de persona – masa, porque acaban desechando otros conocimientos y se hacen ignorantes de lo general para ser entendidos de un particular, con lo cual tampoco valen para explicar el mundo.

Y es que el profesorado debería ser culto. Muy culto. As-que-ro-sa-men-te cul-to (pero no pedante). La escuela debería ser el primer y más inexpugnable baluarte de la cultura en medio de la sociedad. Para irradiarla desde ahí, y para dar a las y los discentes herramientas contra engaños y emboscadas que se nos tienden a diario – desde discursos electoralistas o salva patrias a contratos hipotecarios o laborales, pasando por cualquier tipo de publicidad engañosa – y actuar en consecuencia. Ahí hubiera entrado un rechazo en conciencia del empeoramiento de nuestras condiciones de trabajo o la manipulación grosera de los objetivos de nuestra labor mediante tantas leyes o que, simplemente, haya leyes sobre enseñanza que no cuentan con los docentes como voz y voto. Pero por desgracia hay una porción demasiado grande para mi gusto que no es así. De otro modo no se entendería cómo nos venden una y otra vez humo, homeopatía educativa o, en muchos casos, veneno como la pedagogía sistémica o la Waldorf de las que, curiosamente, nadie – menos los facilitadores – sabe de dónde sale. Nadie sabe quién es Hellinger o Steiner (disculpadme la insistencia) y qué  dicen en sus libros; sólo han visto un envoltorio esotérico que les parece guay. No habría maestros y maestras que fueran, por ejemplo, a conferencias de Enric Corbera y su bioneuroemoción, ni irían a que un chamán de medio pelo les tratase de su cáncer poniéndoles una botella de agua sobre unas ecografías del tumor mientras uno canta mantras y la otra medita (caso real de una maestra real), aunque esto ya depende de cada cual y sus creencias y la manera que elija de morir. Sabríamos ver claramente que “programación” + “neurolingüística” = “lavado de cerebro”. No habría quien tratara como expertos en educación a gente que ni siquiera se dedica a enseñar ni entienden de más pedagogía que la que recibieron como alumnas o como hijos. Pero para qué me pongo tan exquisito: basta ver las faltas sangrantes de ortografía que tantísimas y tantísimos docentes cometen en foros y grupos de redes sociales diversas para ver que el listón de autoexigencia es bajo e indigno.

Sólo desde la propia culturización podemos pretender que el mundo mejore, que haya herramientas que nos empoderen como personas y como colectivo al alcance de todo el mundo, porque las habremos hecho nuestras y las habremos sabido – más o menos – transmitir. Porque es tamos en la primera línea y somos un recurso valioso para, por lo menos, ser una suerte de alivio de esta era de esclavos felices como  los Delta, Los Epsilones y los Gamma de Un mundo feliz que ya pueblan nuestra sociedad, atareados en sus distracciones, espectáculos de baratillo y su soma. En plena retirada del mercado (disimulada, como al final se hace en la novela) de la cultura y el conocimiento para que quede en manos de unos pocos que sí la tienen, la utilizan y la blanden contra nosotros.

Seguro que me dejo muchas cosas en el tintero pero creo que, objetivamente, me estoy poniendo pesado y espeso como el chapapote. Así que, como diría el apreciado Jordi Martí, que hoy me cede este espacio, ya si eso hablamos otro día. ¡Saludos y respeto!

Si al final va a resultar que ser un buen profesional de la docencia es mucho más sencillo de lo que parece. Las claves serían una buena formación académica, una ortografía cuidada y, una lectura crítica y constante. No creo que todo deba ser flipped, abp, gamificación o, simplemente, jugar a usar tal o cual herramienta. A veces, como repiten algunos de forma continua en sus discursos, menos es más… pero en este caso el menos no se refiere a la necesidad de disminuir el aprendizaje o edulcorarlo, para que lo importante sea el dulzor y no el propio aprendizaje. Y, por cierto, no estoy hablando de esfuerzos mal entendidos porque, al final, es que algunos entienden lo que les da la gana por motivos desconocidos. Bueno, son sobradamente conocidos pero no hace falta ir explicándolos a diario.

Fuente: Shutterstock

Este verano habrá docentes que ni tan solo habrán abierto un libro. Bueno, algunos hace años que, salvo el libro de texto, tienen una cierta alergia a ese producto. Y eso que, actualmente, se permite respetar ese sentimiento ecológico de algunos y proceder a la lectura en formato digital. Ya si eso hablamos de las bibliotecas donde, por lo visto, existen libros en papel que te puedes llevar a casa a coste cero. Es bueno recordarlo porque, en esos lugares, uno no se contagia de nada. Bueno, salvo de tener cada vez más ganas de leer. Un detalle, leer no consiste siempre en la lectura de determinados autores muy reconocidos por la crítica literaria. Leer es un simple ejercicio de placer. Más aún a ciertas edades. Tan válido es leer un cómico como revisitar un clásico. Creo que se me entiende perfectamente qué quiero decir.

Una de las preocupaciones que deberíamos tener a nivel educativo es ver la incultura de algunos que, supuestamente, se dedican a la docencia. Bajo el falso supuesto, tan vendido por algunos, especialmente pertenecientes a la ola innovadora, de la necesidad de elegir a los docentes por la praxis y no por sus conocimientos hay un discurso muy peligroso. Más aún el justificar errores ortográficos bajo el pretexto de no ser lo importante. Pues va a ser que sí. Escribir sin faltas de ortografía es imprescindible para ser un buen profesional de la docencia. Algo que no excluye que, en ciertos momentos muy puntuales, podamos cometer alguna errata pero, cuando lo que se hace es cometer esos atentados de forma continua es que, quizás hay algo que falla. Y lo de la autojustificación del delito tiene muy poco de admisible.

Hay discursos educativos que no se venderían si todos los docentes leyéramos más. Lo más grave del asunto es que, los que no se han leído ni un libro desde las lecturas obligatorias de su etapa como alumnos, ahora van de expertos en tal o cual tema por saber buscar en Google o apostar por la Wikipedia. Muchos ni tan solo han leído nada de lo que dicen que han leído porque, al final, si uno analiza qué dicen algunos que van de eruditos de la pedagogía, ve que no tiene nada que ver con lo que mencionaban los autores que postularon acerca de determinadas cuestiones. Y ahí entra el desparpajo. Un desparpajo que aumenta al aumentar la incultura. Con un darse garbeo por determinados canales de televisión hay más que suficiente.

No creo ser el único que defienda que los docentes debamos ser personas cultas y formadas. Otra cuestión es que también necesitemos una formación inicial de calidad que nos permita ejercer la docencia de la mejor forma posible. Además, ¿qué hay de malo con saber de metodologías y pedagogía como extra? Pues nada pero, al final, resulta que si uno empieza a leer ciertas cosas que publican algunos de forma crítica se empieza a preocupar. Hay ejemplos para aburrir.

Un docente debe ser mucho más que un transmisor de contenidos o uno que aplique una determinada metodología en el aula. Un docente debe ser una persona culta. Cultura que debe ir alimentando de forma continua porque, al final, es lo que acaba transmitiendo a sus alumnos. No olvidemos jamás que un docente acaba siendo un modelo para sus alumnos. Para bien o para mal. Ahí es donde uno libremente decide.

Estos últimos días he tenido la suerte de visitar -o más bien volver a hacerlo- algunas ciudades que, por determinados motivos, habían estado alejadas de mis objetivos más inmediatos los últimos años. Sí, debo reconocer que, a pesar de saber que en verano lo único visitable, por cuestiones obvias muy relacionadas con temas climatológicos, es todo lo que se halle por encima de los Pirineos, he optado por dedicarme a recorrer las Castillas. Entre gota y gota de sudor y sin, por desgracia, poder incorporar a Instagram o a mi Facebook, ninguna de las experiencias vividas para demostrar qué bien lo pasamos algunos de vacaciones, he podido disfrutar de algo tan fantástico como es aquello que, por cercanía, no le damos el valor que se merece.

Fuente: http://www.radiosegovia.com
Fuente: http://www.radiosegovia.com

Más allá de lo anterior he tenido, también, la posibilidad de pensar en una frase de Machado que, al visitar su Casa Museo en Segovia, me hace pensar acerca de si realmente no nos estamos equivocando en plantear un sistema educativo cada vez más personalizado y, descuidando la necesidad global de introducir algunos aprendizajes “a fuego” ya que lo que se nos vende ahora es la comprensividad, el hacer ameno cualquier tipo de materia y, cómo no, la necesidad de que nos vayamos, como docentes, adaptando en todo momento al nivel de nuestros alumnos. Y ello me lleva a dudar, después de escuchar, en una de esas infumables audioguías que venden como alternativa a la visita guiada por parte de profesionales -más económica para la empresa que las suministra y, por desgracia, bastante limitada para el usuario por la imposibilidad de hacerle preguntas- una frase que se me quedó marcada a fuego pronunciada por Machado…

Hay que elevar el nivel del público más que adaptarse a él

¿Y si Machado hubiera tenido razón? ¿Y si, en lugar de dedicarnos a adaptar la literatura a cosas facilonas para que a nuestros alumnos les interese leer, les obligamos, como antaño, a subir el nivel de las lecturas obligatorias? ¿Y si, en lugar de usar juegos para potenciar el aprendizaje a costa de contenidos, no tocaría ampliar esos contenidos y, por imperativo forzoso, hacer que a nuestros alumnos les surjan otras inquietudes superiores a la de un libro de lectura facilona sin ninguna dificultad -ni en su lectura ni en su interpretación-? ¿Y si en lugar de desterrar a la poesía porque no gusta, obligamos a que lean poesía? ¿Era Machado muy tradicional y lo que vendía en su momento era algo que, como se defiende por la corriente innovadora que nos rodea, no tiene ningún sentido? ¿Debemos adaptarnos a nuestros alumnos o debemos exigir que nuestros alumnos se adapten a nosotros?

La verdad es que, después de ver como ayer, a un centenar de chavales de una localidad valenciana -sí, uno pregunta muchas cosas- se les ofreciera la posibilidad de entrar en la catedral de León o de no hacerlo y ver como la totalidad de los mismos -de diez a dieciséis años- decían que no querían entrar, uno se plantea si realmente todo el aprendizaje debe ser tan facilón como nos están vendiendo o quizás, si convendría elevar la exigencia intelectual de nuestros alumnos hasta el extremo que, la decisión libre de optar por alguna actividad cultural o intelectual, fuera la elegida por la mayoría de ellos.

Sinceramente, a estas alturas de la película educativa dudo sobre qué es lo mejor. Más aún después de hacer un pequeño acto de contrición y descubrir que, ni he leído a Antonio Machado ni creo que lo vaya a hacer en un corto período de tiempo 🙂

Ahora que existe el boom por incorporar temas de competencia digital, tanto en la capacitación de docentes como en las aulas, creo que, por desgracia, nos olvidamos de un aspecto básico previo a lo anterior. Sí, me estoy refiriendo a la necesidad de incorporar los aspectos culturales y éticos de lo que representa dicha revolución tecnológica ya que, obviar lo anterior hace que el uso acrítico de la tecnología se priorice por delante de aspectos que, a la postre, son los más importantes.

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Fuente: http://tintadigitalpr.com

Los que conocemos algo lo que sucede en el mundillo de la tecnología educativa (sí, un mundo complejo con sus intereses y reglas de juego demasiado condicionadas por intereses alejados de lo que debería ser el ámbito educativo) sabemos que falta mucha formación en cultura y ética digital. No es sólo la necesidad de incorporar una visión global y temporal de la implantación de la tecnología, es también la necesidad de analizar las implicaciones éticas de usar una determinada herramienta en nuestras aulas o usarla de una determinada manera. Que algo sea lícito, no implica que sea ético y, en el uso de herramientas educativas hay mucho de falta de ética en su aplicación.

Coger materiales de la red y usarlos sin ser citados correctamente es incurrir en delito. Lo mismo sucede cuando algunos, dentro de la necesidad de buscar y usar recursos, cogen lo primero que ven para ser usado en las aulas. Algo que, no por habitual, deja de ser falto de ética. Igual que lo que supone el coste de determinada tecnología habiendo alternativas libres. ¿Es ético usar en el ámbito educativo programas privativos cuando existen alternativas cuyo uso es más ético? ¿Hasta qué punto comprar licencias de forma indiscriminada por la administración educativa o subvencionar libros de texto bajo copyright no es incurrir en una falta de ética en el uso de recursos públicos? Y si lo anterior es ejecutado de forma repetitiva por la administración, ¿no deberíamos incorporar algún mecanismo para que lo anterior pudiera ser cuestionado masivamente por los alumnos y docentes? ¿No valdría para lo anterior unos aprendizajes competenciales acerca de lo qué es y no es ético en el contexto digital en el que nos movemos. Sí, ya sé que los libros de texto que he usado anteriormente no vale como ejemplo de una supuesta falta de ética en su adquisición por parte de la administración, pero sí como ejemplo de lo que debería cuestionar esa ética tan minusvalorada a la hora de incorporarla dentro de las aulas.

¿Y la cultura? ¿Puede ser que a estas alturas de la película nos encontremos con que haya docentes que desconozcan qué se está haciendo en tecnología educativa? No es sólo la necesidad de usar la herramienta y usarla bien, es saber lo que ha llevado a la aparición de dicha herramienta. La cultura tecnológica y su evolución ha quedado reducido a unos párrafos donde los alumnos memorizan las fechas y no lo que supone esa tecnología que en un determinado momento se incorporó a determinadas profesiones. Lo mismo con los docentes… uso acrítico y sin base cultural de herramientas tan extendidas como Moodle. Sería interesante preguntar a los docentes que usan Moodle qué significan las siglas, quién lo creo o la ética que subyace tras su uso. Veríamos que el porcentaje de docentes que responden correctamente a las tres cuestiones planteadas sería muy bajo en proporción de los que lo usan. Y eso significaría que no tienen la competencia digital asumida correctamente porque, a pesar que nos lo vendan de forma diferente, la competencia digital no sólo debe darse en el uso de una herramienta, debe darse en los aspectos culturales y éticos que llevan a usarla en el aula.

Reconozco que es mucho más cómodo usar la herramienta que entender de dónde viene la misma, el interés que subyace tras su uso y las implicaciones éticas del mismo. Eso sí, que reconozca que es más cómodo no obvia la necesidad de que tanto alumnos como docentes sean capaces de conocer el valor cultural de la tecnología que están usando y analizar qué supone su utilización para no hacerlo por el simple hecho de usarlo.

El uso de herramientas digitales y saber usarlas para mejorar el aprendizaje de nuestros alumnos es importante pero no lo es más que saber de dónde proceden esas herramientas y comprender, a nivel ético, lo que implica que se usen. Por qué antes de empezar a introducir la robótica de forma indiscriminada, los lenguajes de programación o cualquier otra herramienta tecnológica no establecemos unas bases para entender el porqué de su uso. Quizás hacer lo anterior nos evitaría, en el futuro, muchos problemas.

Podemos sustituir fácilmente el titular por cualquier otro tipo de profesión y, el enunciado podría ser fácilmente extrapolable. La profesión de uno no tiene, a priori, mucho que ver con la cultura que se posea.

Hace unos días hubo una frase en una conversación que se me quedó grabada. La frase era… “es maestro, normal que sepa tanto de todo”. La verdad es que, una vez en frío, me puse a analizar la atribución de dicha frase. Una frase de la que se infería que alguien, por el simple hecho de pertenecer a una determinada profesión, ya se daba por hecho que tenía unas determinadas características. Una frase que, por desgracia, se atribuye a demasiadas profesiones o actividades profesionales que, a posteriori, pueden no resultar del todo ciertas.

Fuente: http://doggshiphop.com
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No creo en la extrapolación de una profesión para imbuir al profesional que la realiza de unas determinadas capacidades y/o habilidades. Menos aún me sirve otorgar desde un apriorismo facilón la cultura a todos los maestros que se hallan trabajando en nuestras aulas. No creo que pueda realizarse. Bueno, más bien estoy convencido de que dicha atribución, en parte, es totalmente falsa y no concuerda con más realidades de las que nos gustaría.

En mi vertiente profesional conozco a docentes (y ya, a diferencia del titular, amplio el ámbito laboral a todas las etapas educativas) que cuando escriben cometen multitud de atropellos ortográficos. Atropellos que, por desgracia, en ocasiones no son errores puntuales y son un simple reflejo de su cultura. Sí, hay docentes que no leen. Hay docentes que no han abierto un solo libro en los últimos años. Docentes que, por desgracia, también son incapaces de coger el periódico que llega a los centros o abrir una triste página de navegación para saber qué ha pasado en las últimas horas.

No estoy hablando de conocimientos excelsos. Estoy hablando de una simple base cultural porque, no es sólo la ortografía, es algo mucho más amplio. Desconocimiento de países europeos, incapacidad manifiesta de responder a cuatro cuestiones básicas acerca de la historia de nuestro país, problemas en la resolución de operaciones matemáticas sencillas e, incluso, imposibilidad absoluta de gestionar sus asignaturas sin la ayuda del libro de texto. Sí, por desgracia estoy convencido de que si elimináramos de la ecuación educativa el libro de texto habría algunos docentes en nuestro país incapaces de impartir su propia asignatura.

Podría seguir con la cantidad, más grande de la que parece, de docentes que se atiborran de Sálvames, Grandes Hermanos y similares, de docentes que creen en los peligros del wifi que les han vendido algunos tertulianos e, incluso, de los que defienden la homeopatía como solución a todos los problemas médicos. Bueno, y si ya entramos en el tema de creencias, realmente me gustaría saber cuántos docentes han llamado a programas del tarot o creen en seres mitológicos.

Me da la sensación que, en ocasiones, al igual que sucede con las máximas que aplicamos sobre nuestros alumnos de forma indiscriminada, hay una percepción social acerca de determinadas atribuciones, sin ningún tipo de comprobación empírica, que se aplican sobre colectivos profesionales como puede ser el de los docentes. Y, por desgracia, creo que, asociar profesión con cultura u otros aspectos, es algo totalmente falso.